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lunes, 8 de diciembre de 2014

Hipólito Yrigoyen: "Polemica con el Dr. Pedro C. Molina Segunda Carta" (noviembre de 1909)

Buenos Aires, noviembre de 1909.

Distinguido doctor:
Se imaginará usted si suponía la réplica, conociendo sus tendencias polemistas y sabiendo que las acciones humanas se esmeran tanto más en justificarse cuanto menos pueden hacerlo. Pero, como tenía que suceder, le ha resultado sumamente pobre y en todo desprovista de certitud y de verdad.
No quisiera, como no he querido ni lo he hecho nunca, distraer un momento de la vida en cuestiones políticas personales; porque en el mejor de los casos, me hacen el efecto de las vulgaridades de la existencia ante los superiores ideales del espíritu. Además a usted le sobra tiempo y a mí me falta; a usted le atraen y le fascinan esas discusiones y a mí me son fastidiosas y las he  desdeñado siempre.
De buen grado, pues daría por terminada esta rápida incidencia, que por más que todas las ventajas estén de mi lado ninguna, satisfacción experimento con ellas, si no hubiera hecho usted insólitas afirmaciones sobre la Unión Cívica Radical, que el silencio pudiera considerarlas como consentidas.
El mal paso que ha dado lo ha desconcertado políticamente, aun más de lo que le era habitual en los últimos tiempos, haciéndole caer en trivialidades, inexactitudes y contradicciones flagrantes.
Se admira usted de algunos párrafos de mi carta y la clasifica todo de corte radical, violento y divinizador del partido.
Pero si es usted tan radical como dice, en vez de hacer exclamaciones de despecho, que no demuestran sino mayor despecho, debía serle muy grata esa idealización, tanto más que a nadie daña ni perjudica:
En cuanto a la dicción radical, seguramente que no la aventaja usted con la suya, ni en el concepto ni en la forma; porque ella revela no sólo la convicción profunda que la anima, sino una preparación y una intelectualidad que en la hora presente nadie supera.
Y respecto de la violencia contra los adversarios, su celo y sus cuidados recientes son un verdadero contraste puesto que hace bien poco que usted la extremaba y ahí tiene la prueba:

 «Y, no serán esas agrupaciones cobardes, que van como bandadas de aves de rapiña siguiendo las huellas del gran felino, para tomar su parte en cada presa, ni mucho menos esos, en otro tiempo ilustres apóstoles de las reivindicaciones populares, que cohonestan con su silencio o amparan con los auspicios de su -gran nombre a los criminales reincidentes de la política, quienes pueden devolver al país esta libertad y esta justicia».

Yo he hablado con toda la verdad, la razón y la justicia, de los asuntos públicos, de las gestiones en ese orden y de las expectativas que entrañan, y si bien lo he hecho con el sentimiento que me inspiran las causas a que me he referido, sé también que me he expresado con toda la corrección de mi propio respeto y de la cultura y altura moral de mí país.
En cambio, vea lo que encuentro al correr de la vista en unos de sus discursos que acabo de recibir de Córdoba, junto con sus últimas publicaciones:

«Un radical, dice usted, y sobre todo uno de estos radicales que ha resistido catorce años en el ostracismo de todas las necesidades de la vida! Mientras que un pancista es un comilón de pan, del pan del presupuesto, del pan que nosotros producimos! Va a reconstituirse (la Unión Cívica Radical) dándose el gobierno que prescribe su carta orgánica y quedar así en actitud de llenar las funciones fisiológicas que una ley histórica le asigna! Pero señores, continúa usted, estos son valores y volúmenes de apreciación tan numerosos como sea el ejército de sus fieles (los del oficialismo) apenas alcanza a oscurecer el sol que debía iluminar la pureza del presupuesto y del comicio».

Esas frases fueron pronunciadas por usted ante el Comité Nacional y dirigiéndose a una manifestación pública, como explicación filosófica y política de la suprema protesta que en acción armada iba a realizar el pueblo argentino!
Decía usted entonces refiriéndose a la Unión Cívica Radical —que desde aquel momento ha sido el baluarte de las causas populares y la pesadilla de las oligarquías— que con la severidad de su intransigencia el Partido Radical ha evitado grandes males al país, y día más o día menos, nos hará palpar los inapreciables beneficios de la libertad y de la justicia —que tal es la misión que el radicalismo ha desempeñado con sus justas rebeldías—que el oficialismo se contiene en sus apetitos porque teme a esa fuerza fiscalizadora que observa y está siempre dispuesta a observar el fallo de la opinión pública— que le ha dado un ascendiente moral que nadie discute y que le coloca en el primer rango entre los partidos que más se han distinguido por su patriótica actitud en su lucha— que el Partido Radical está de pie sirviendo de último reducto a la resistencia, firme en sus propósitos, fiel a su programa de principios, aprestando sus elementos para terciar como lo requieran las circunstancias —que en tales momentos de descomposición, de imposición y de enervamiento, reaparece gloriosa e inmaculada la bendita .enseña de las reivindicaciones populares, como una protesta contra aquellos expedientes inmorales y estas vergonzosas claudicaciones del sentimiento cívico ; que podemos decir que el Partido Radical, ahora como en 1890 y como en 1893, está vivo y viable, dispuesto a demostrar a los conculcadores de la soberanía popular, que no le han abatido sus reveses, no postrado las fatigas ni doblegado la adversidad, a demostrarles que sus miembros tienen el brazo fuerte, el alma sana y vigoroso todavía el corazón, sí, vigoroso como para tentar una y muchas cruzadas más en la reconquista de este otro sepulcro de nuestras libertades, y no pretendáis pedirle cuenta o contenerla (a la dictadura), porque como, el Proteo de la fábula, tomará todas las formas, burlará todas vuestras previsiones y escapará a todos los recursos que os da la Constitución y las leyes protectoras del derecho y de las personas, si os proponéis disputarle el triunfo en los comicios, ella os burlará, amparándose en las cláusulas de la ley electoral, si le exigís una reforma de estas cláusulas, ella las substituirá con otras peores, si asimismo os resolvéis a cubrir todos los claros de la ley con vuestros elementos populares, ella provocará, encarcelará, humillará y perseguirá a vuestros elementos hasta conseguir que se intimiden o eliminen, si vencéis todavía esa barrera y vais a defender vuestro derecho en los comicios, ella os hará correr la suerte de los Ceballos en Córdoba o de Echeverría en San Juan: el puñal de un meritorio o de un comisario de sus policías os hará expiar este crimen con la muerte! etc., etc.».
Y ahora dice, que «la Unión Cívica Radical no actúa en la vida cívica del país, ni presta concurso al mejoramiento de las instituciones democráticas, que el Partido no debía limitar su acción a esperar que se le de la libertad para votar, que por la especialidad de su misión debería estar en los atrios para cumplirla persiguiendo a todas las subversiones y depurando los registros de las inscripciones falsas, que no ha hecho sino formular protestas innocuas y platónicas a que nadie les hace juicio, que no responde de ningún modo a los fines de su constitución, que no interviene en las cuestiones públicas, que no ha podido organizar comités de verdad y que el país está cansado de promesas y de mentiras, que quiere hechos y no palabras, ideas y no expedientes».
He ahí manifiestas las argucias e inventivas de las apostasías de hoy frente a los puros y sinceros acentos de los apostolados de ayer!
Con sus propios conceptos, con usted mismo, contesto a sus objeciones generales y le patentizo sus lastimosas incoherencias.
Y sería ingenuidad de mi parte detenerme más a explicar a quienes a designio, negando hasta la luz, o en su ofuscación llegan a no verla, la marcha cardinal y la acción correlativa de ese movimiento que está grabado en la República con caracteres de razón y de justicia supremas.
Son muy conocidos esos puentes que se utilizan para hacer distancias o acortar otras; y son también muy notorios los arúspices de todas las épocas que ignorando su camino quieren enseñar el de los- demás y contra los cuales es mejor darse de antemano por vencido.
Haciendo uso de ese estribillo común de las animosidades que no tienen en qué fundarse ni qué decir y que se repiten siempre y con todos, me atribuye que soy caudillo y jefe de la Unión Cívica Radical.
Si alguien ha soñado con serlo será usted que, según sus publicaciones, ha andado entre bastidores tratando de quebrantar la estructura de ese movimiento, y alterar su disciplina, sin apercibirse de cuán vana tenía que resultarle su tarea, porque si las personalidades más culminantes de la República no lo consiguieron y se fueron casi solas, menos podría alcanzar usted ni otro alguno.
No concibo qué faz de mi persona pueda presentar aspecto de caudillo, y séame permitida la franquicia de decir que tengo el más absoluto desprecio por todas esas ruindades y desmedros de la personalidad humana y que me valoro más a mí mismo que a todas las caudillerías juntas.
No soy tampoco jefe, ni lo sería nunca, por modalidades personales y porque creo que los movimientos de opinión no deben tener sino direcciones constantemente amovibles. Las jefaturas no condicen con los progresos -de la razón ni con la uniformidad de su desenvolvimiento, desde que no tienen explicación científica, ni aplicación armónica. Las instituciones sociales, de cualquier carácter que sean y mucho más si ellas representan a la opinión pública, como en este caso, deben amoldarse a los principios y leyes que rigen a los gobiernos libres, sin que esto quiera decir que no se aquilaten y juzguen justamente y en todas sus proporciones las calidades y condiciones colectivas e individuales que son vivos ejemplos de virtuosas enseñanzas y los signos reveladores de la perfectibilidad humana.
Agrega usted que hubiera sido glorificado en el Partido, si hubiese propuesto sus convicciones a sentimientos de afecto personal hacia mí. ¿Cuáles convicciones? ¿Las de las conversiones?
Nunca habrá hecho usted una afirmación más temeraria por lo notoriamente falsa y de mala fe y me parece imposible que venga de usted aunque cuando se da un traspié, se dan tantos otros!
Por otra parte, usted fue siempre muy afectuoso,- lo mismo en sus correspondencias que en sus conversaciones, sea porque lo sintiera o porque así es su manera de ser.
Y el Partido lo elevó a la cima y desde allí es que usted se precipitó, por más que se hizo todo lo que era dable para contener y evitar su caída. Le dio cuanto tenía que dar, sin pedirle nada y le hubiera dado todo en su hora de triunfo, porque demasiado sabe usted que la plena generosidad es una de sus peculiaridades.
¿Cuándo, en qué momento, y de qué manera usted ni nadie me ha visto descender de mis altiveces de hombre y de ciudadano para insinuarme en cualquier sentido personal que fuere?
Principiando por usted y siguiendo por todos los correligionarios de la República, no habrá uno solo que me haya oído, sentido o vislumbrado siquiera, en otra forma que en la de las absolutas integridades de la causa a que vivimos consagrados y con las autoridades de que estamos saturados, que son el ambiente de todas nuestras comunicaciones.
Hace veinte años que salí de mi recogimiento a la convocatoria de la opinión pública nacional y desde entonces no me ha sido dado volver todavía a la normalidad y a la regularidad de mi vida. He asistido a todos sus actos, deliberaciones y acciones y le he entregado todas mis fuerzas, íntimamente convencido de que cumplo con mis deberes de argentino, sirviendo a la Patria tal como corresponde en la situación por que atraviesa, y jamás he influido en el ánimo de ningún correligionario en nada que no fuera la visión fija de nuestra misión y de nuestro mandato, ni he hecho la menor indicación favor de nadie, no ya en las designaciones para cargos públicos, cuando el Partido iba a los comicios y cuya labor he presidido, pero ni siquiera para el más insignificante puesto en su régimen interno. He tenido siempre la lealtad y la franqueza de los principios y reglas de conducta que modestamente he contribuido. a trazar y la decisión de sostenerlos inquebrantablemente; y he guardado para la entidad política que constituimos todos los cuidados conducentes a su mayor- prestigio y autoridad, siendo ésta la primera vez que hablo fuera de su seno sin su representación, y lo he hecho, porque la justicia clamaba que lo hiciera.
A difundir enseñanzas benefactoras en todo sentido, nos hemos congregado, y de ahí no se ha de salir y no insista usted en pretender desconocerlo, porque no hará sino desautorizarse.
No veo en la Unión Cívica Radical sino conciudadanos identificados en los más augustos fines de alcanzar la reparación de la República, con todo altruismo y sin móvil propio alguno.
Por eso es que en ese holocausto he hecho uno de los sacrificios mayores, el de confundir mi autonomía con la de los demás, asumiendo y aceptando juicios y responsabilidades comunes; y si esto debiera tener compensación ella está colmada por todas las gentilezas y delicadezas que enaltecen al hombre y a las sociedades.
Durante tan larga contienda hemos sido y somos el blanco de la generalidad de los que se van, lo que no nos sorprende, porque bien sabemos que cada actitud en la vida tiene sus lógicas consecuencias; pero, Dios mediante, hoy como ayer, mañana como siempre, así como los vendavales de la lucha, se estrellarán en nuestras frentes, también las maldades se destrozarán a sí mismas sin rozar siquiera la entereza de todos nuestros respetos.
Condigo con usted y así lo he pensado siempre, que muchas circunstancias pueden hacer que uno o más ciudadanos dejen su puesto de prueba cívica o lleguen a creer que esa no es la más indicada o la mejor; pero deben hacerlo guardando, la misma circunspección que requieren para ellos. Nunca he podido explicarme la propensión a pretender descalificar a la Unión Cívica Radical o a sus adeptos por casi todos los que dejan de serlo, si es que se van con sana intención o sincero motivo.
No esperaba eso de usted, y a los correligionarios que presentían su retiro, les dije siempre que si así sucediera, estaba yo seguro de que lo haría, por lo menos, con público reconocimiento de justas consideraciones.
He dicho ya que por haberme encontrado enfermo, no conocí a tiempo sus publicaciones y las que ellas promovieron, pero también que sepa que si yo le hubiera dado mi opinión, habría sido más o menos como lo hizo y lo transcribe el diario «El Porvenir» de Nueve de Julio, provincia de Buenos Aires:

«Perdiendo la serenidad. El distinguido ciudadano, Pedro C. Molina, uno de los ex del radicalismo, hace días nos dio prueba de haber perdido la fe, con su retiro del Partido donde tan buenos amigos cuenta. Ahora nos está demostrando con sus cartas y reportajes, recibidos con indisimulada fruición por la prensa contraria, a nuestro credo político, que ha perdido la serenidad.
No otra cosa ha de creerse leyendo esas cartas y esos reportajes, en los que a la legua se percibe el despecho de que es víctima por la soledad que le rodea después de su renuncia.
Vano afán el del distinguido compatriota, de responsabilizar de sus desdichas a determinadas personas, que en nada han contribuido a la pérdida de su fe o al debilitamiento de sus energías».

Pasando a otros puntos de su réplica, le diré que si existió algún claro en la organización del partido, fue el suyo, por más que se le incitó a la labor; si hubo gobierno clandestino, fue también el suyo que anduvo en las encrucijadas haciendo grupitos y si tenía disidencias con la dirección, nadie lo ha sabido y menos yo, puesto que en todas las cuestiones que eran de nuestra preocupación, se expresó usted condiciendo satisfactoriamente.
Sin menoscabo de usted mismo y de la investidura que tenía no puedo pretender que formuló esas disidencias, por una epístola que dirigiera a un amigo suyo y una referencia que le hiciera a otro, tanto que era usted el Presidente de la Unión Cívica Radical, y la más elemental noción de ese cometido, le marcaba los procedimientos.
En todo caso, debió esperar la Convención y en esa escena de la imponente representación nacional que vendrá a deliberar con la autoridad de casi treinta años de infinitas consagraciones patrióticas, someter sus opiniones al debate y a su sanción y después del juicio de toda la República.
¿Por qué no procedió así demostrando que en usted estaba la más alta nota del bien público y en la que debieron inspirarse los demás?
Dirá que sabía que no iba a prevalecer; pero, admitiendo la hipótesis, eso le imponía el .deber de sostenerla con tanto más ahínco. Por mi parte más de una vez he estado solo en medio de la dirección y muchas otras con pequeñas minorías; pero por eso no dejé de dar mi voto y rebatir con todo el calor de mi alma las opiniones opuestas y especialmente en los casos en que peligraba la integridad del Partido.
Persiste usted en que la Unión Cívica Radical no tiene orientación.
A semejante sarcasmo, que no lo debió escribir nunca, ni por usted mismo, le responde la historia de treinta años de sucesivas, múltiples y superiores manifestaciones!
. Pero, cuando menos, le pregunto: ¿Quién la tiene aquí que no sea ella, y quién la tiene fuera de aquí con más alto concepto, con mayor firmeza de ánimo, más patriótico desinterés y más recta acción? No ve usted que desde esos treinta años la característica en nuestro país de gobiernos, agrupaciones y hombres, es una continua cambiante, confusión y mezcla en pos de protervas y menguadas ambiciones y que al frente de toda esa masa informe hay un pensamiento que, como faro fijo y luminoso orienta, precisamente todos los deberes morales, políticos y sociales?
Esa es la única garantía y levantado resguardo que la República tiene en el presente; su verdadera promesa reparadora y su fundada esperanza de transiciones que le restauren su perdido pasado.
No es posible pretender que un movimiento de opinión que tanta savia contiene y que tanta fortaleza ha demostrado, concluya con resultados contraproducentes. Todo juicio que así se haga, será contrario a la lógica de la razón y a la naturaleza misma de las cosas.
Pasaré ahora a lo que propiamente me ha inducido a contestarle. Me refiero a la aseveración de que el Partido o la dirección consintiera en que los correligionarios tomaran participación en los gobiernos de San Luis y Salta, y aunque ella es tan incierta e infundada como todas las demás haré la debida aclaración.
El doctor Adaro no estaba en las filas de la Unión Cívica Radical cuando aceptó la designación que le hicieron sus comprovincianos.
Después de un tiempo hizo saber a nuestros correligionarios su deseo de gobernar con ellos y con ese motivo vinieron los señores Flores y Concha, a quienes fácilmente hice comprender la imposibilidad de que eso sucediera.
Concordando desde luego, llegaron a decirme que en su consecuencia caería el gobierno del Dr. Adaro, y les observé que preferible era que cayera cien veces pero que se salvara incólume la integridad del Partido y el respeto de todos y cada uno de ellos, que habían pasado veinte años caracterizando sus personalidades para bien de la República.
Más tarde el mismo doctor Adaro me pidió una conferencia, e insistiendo en aquel pensamiento le di igual contestación agregándole que sólo la Convención Nacional tenía autoridad para resolver favorablemente esa proposición, y que por mi parte opinaría dentro de ella misma en contra, porque seríaun grave error. Esto mismo le manifesté al doctor Nicolás Jofré, que también se encontraba aquí y en seguida a ambos juntos.
Así se retiraron, pero días después el doctor Adaro insistió con ellos diciéndoles que si no le prestaban su concurso dejaría la renuncia de gobernante y se retiraría de San Luis y ofreció al doctor Jofré la dirección del ministerio, y éste se dirigió en consulta.
Reunida la mesa directiva, estando presentes los doctores Crotto, Saguier, Gallo, Melo, Moutier, Schikendanz y yo, opinaron estos señores uniformemente en el sentido de que el doctor Adaro no era un gobernante de origen espurio que buscara su salvación en la Unión Cívica Radical, sino un ciudadano honorable de antecedentes puros, que había ido al gobierno llevado por todas las agrupaciones actuantes; y teniendo en cuenta las razones de bien público que los correligionarios aducían, así como el temor de que viniera algún gobernante atrabiliario que les hiciera -retornar a las inquietudes y agitaciones que habían soportado tantos años, los inclinaba a resolver por la afirmativa. Hice presente entonces que- reconociendo las premisas sentadas, llegaba a conclusiones opuestas porque no teníamos facultades, y aunque las tuviéramos, deberíamos inspirarnos en Otro juicio que el fundamental de nuestros principios, por los cuales tantas veces habíamos declinado gobiernos y poderes oficiales de todo orden.
A esas consideraciones se adhirieron todos, y unánimemente se acordó que el señor Horacio A. Varela se trasladara a comunicarlas; pero cuando llegó allí, ya había aceptado el ministerio el doctor Jofré, por haber transcurrido los tres .días que él pidiera para contestar.
Cuando el Presidente de la República derrocó al Gobernador y se propusieron algunos correligionarios concurrir a los comicios, vino otra delegación en consulta. La mesa directiva volvió a pronunciarse negativamente, haciéndoles muchas y detenidas observaciones para que desistieran de esos propósitos, e igual cosa hice yo con el doctor Adaro, diciéndole en resumen que se mantuviera con altura en la situación en que aquel atropello lo había colocado.
Todos ellos reconocieron que no debían  mezclarse en tales actos, pero ante aquel temor de que recayera el gobierno en manos de alguno de esos mandones agresivos que los pusiera en situación de tener que emigrar de la provincia, vacilaban y acaso esto, decían, podía arrastrarlos aunque con toda repugnancia.
El doctor José Saravia, de Salta, no consultó a la dirección para ocupar el ministerio, pero tampoco hizo publicaciones ni vertió juicios contra el Partido ni sus miembros. Asumió una actitud personal, cargando con las responsabilidades consiguientes y quedando de hecho separado.
Algunos meses después me hizo una visita de mera atención amistosa, y con toda discreción no me habló nada de política, concretándome yo a seguir el giro de su conversación.
Se ha tenido en los casos de San Luis y Salta la misma visión orientadora hacia el bien público que fundamenta la austera trayectoria de ese movimiento de opinión de imperecedera gloria a base exclusiva de desprendimientos y con ideales esencialmente redentores, desdeñando cuantas ventajas positivas le hayan salido al camino o hayan podido alcanzar.
Fue en nombre de todas esas bienhechoras aspiraciones que resistimos al acuerdo a que nos quisieron arrastrar los mitristas con su jefe a la cabeza, al día siguiente de las jornadas del Parque, no obstante de que eso nos hubiera dado asiento prevalente en el dominio oficial de toda la República, en vez de tener que sobrellevar una lucha diaria e incesante en el seno mismo del Partido y soportar las procacidades de la prensa, que han seguido siempre a nuestras rectitudes por todos cuantos quieren hacerse una composición de lugar acomodaticia.
Lo mismo nos opusimos a que se diera por terminada la contienda que nos llevó al Parque y arriando su bandera se levantase la personal del General Mitre, proclamándolo candidato a Presidente nada más que por el Comité del Partido, que ni representación nacional tenía entonces; y después de prolongado debate conseguimos convertir esa tentativa en la convocatoria de la Convención General que se realizó en Rosario.
Libres ya de tan desleales correligionarios, no aceptamos tampoco la participación que se nos ofreció en el gobierno del doctor Luis Sáenz Peña, y ni siquiera cuando entró a presidir el ministerio el doctor Aristóbulo del Valle, por más amplios que fueren los ofrecimientos que nos hiciera, desde que nuestra misión no es la ocupación de los gobiernos sino la reparación cardinal del origen y sistema del ejercicio de ellos, como el único medio para restablecer la moralidad política, las instituciones de la República y el bienestar general.
Fue igualmente desechada la proposición que nos hiciera la situación de la provincia de Buenos Aires, en los momentos en que se libraba la contienda armada, confirmando en la contestación que dimos al doctor Bernardo de Yrigoyen, que fue el intermediario, lo que habíamos dicho en el manifiesto revolucionario: que antes de desviarnos en lo más mínimo, preferíamos caer vencidos al amparo de la virtud, el patriotismo y el honor.
Cuando triunfante la revolución e intervenida la provincia, la dirección nacional del Partido resolvió que concurriéramos a los comicios, y los gubernistas y mitristas unidos nos hicieron malograr la mayoría absoluta que teníamos contra ambos, por las irregularidades que cometieron; también dejamos que se nos arrebatara el gobierno, que en legítima acción nos correspondía, antes de hacer ninguna connivencia.
En el período siguiente y en antagonismo entonces esas dos agrupaciones, al ofrecernos el doctor Carlos Pellegrini el gobierno sin restricción ni comisión alguna, lo rehusamos terminantemente, puesto que era incompatible con nosotros; y habiéndolo aceptado después el doctor Bernardo de Yrigoyen, aunque en esa hora era el jefe de la Unión Cívica Radical, excusamos toda solidaridad, no pudiendo condecir con sus deseos de que formáramos parte o al menos le diéramos el prestigio de la opinión y la autoridad del Partido, porque no se decidió siquiera a hacer declaración pública de que gobernaría con sus principios y programa, argumentando que no podía hacerlo, porque era amigo del general Roca y del doctor Pellegrini. La incorporación al gobierno nos habría dado eficiencias reales, pero desdorosas a nuestro credo y contrarias a los anhelos generales y a la causa reparadora.
Por la misma incompatibilidad política, nos privamos también en la revolución que estalló el 4 de febrero, del poderoso concurso de las fuerzas armadas de esa provincia que el gobernador doctor Marcelino Ugarte nos ofreció reiteradamente y sin ninguna limitación ni exigencia.
Y por igual razón declinamos también el de un núcleo del Partido Nacional que representó ante nosotros al doctor Roque Sáenz Peña y en el cual figuraban el doctor Pellegrini, el mismo gobernador Ugarte y otros ciudadanos.
Por las mismas patrióticas inspiraciones resistimos en oportunidad la acción conjunta con los mitristas, para combatir la segunda presidencia del general Roca, que si bien nos hubiera dado influencia y figuración personal, porque ellos nos colocaban al frente del movimiento, habría significado un desconcepto político y un engaño a toda la Nación; porque no era más que un simulacro. de lucha, desde que el general Mitre procedía solo, porque la forma electoral del gobierno era absorbente y excluyente, y declaraba válidos y legítimos todos los comicios, lo que importaba entregar al general Roca el gobierno federal y dividirse entre los mitristas y la Unión Cívica Radical, la Capital y la Provincia de Buenos Aires.
También desestimamos en la administración actual, siempre por iguales motivos, el ofrecimiento insistente que sin ninguna pretensión y aun previendo que eso nos daría el éxito en toda la República, nos hizo el doctor Benito Villanueva para derribar las situaciones de Buenos Aires y Córdoba, cuando aquélla todavía no estaba rendida y ésta avasallada, asegurándonos la legalidad del Presidente en la consumación del acto.
De la misma manera dijimos en su hora, «que la revolución la realizaba únicamente la Unión Cívica Radical, porque así lo marcaba su integridad y lo exigía la homogeneidad de la acción; prometiendo a la República su rápida reorganización en libre opinión de contienda ampliamente garantizada, a fin de que fueran investidos con los cargos públicos los ciudadanos que la soberanía nacional designara, cualesquiera que fuesen, y los únicos que no podían serlo, en ningún caso eran los directores del movimiento, porque así lo imponían la rectitud de sus propósitos y la austeridad de su enseñanza».
Así también lo hicimos en la provincia de Buenos Aires, no asumiendo el gobierno los que habían dirigido la revolución triunfante.
Las mismas reglas de conducta han sido observadas en todas las adversidades, soportando las consecuencias impuestas por los gobiernos con todo el rigor de su salvajismo y la tolerancia cuando no el aplauso de la prensa infiel a los sacrificios comunes, sin pedir nunca nada, ni siquiera prestarnos a la suposición dudosa, ni a la más leve suspicacia para prometer lo que no sintiéramos o pensáramos.
Hemos rechazado pues, colectiva e individualmente, la dirección de gobiernos, la coparticipación en otros y las jefaturas de oposiciones falaces y engañosas y consecutivamente importantes puestos en todas las administraciones de la República.
Con estos altísimos preceptos morales y políticos y con procedimientos siempre leales y francos, hemos consagrado el credo que profesamos en holocausto a la Patria.
Medite en esa síntesis de tan magna obra y dándose cuenta del monumento cívico que ella ha levantado, no dude de que cuando más pretenda desconocerlo, mayormente se destacará.
Tengo entonces que decirle que ha sido usted el desorientado y sigue siéndolo, por lo que su acción le resulta encontrada a cada paso, coma creo dejarlo demostrado, y lo evidenciará más la breve reseña de sus actos.
Así, por ejemplo, niega haber estado usted en el republicanismo y en seguida lo reconoce, confirmándolo con testimonios y explicaciones aclaratorias, de las cuales resulta que aceptó formar parte de esa agrupación, porque, según usted, iba a sostener la intransigencia radical.
No puede haber mayor ironía por la suerte de la República, sus instituciones y su moral política, que la de identificar el republicanismo con la Unión Cívica Radical; lo que me hace el efecto de confundir la banderola de la cantina con la bandera del regimiento.
Volvió usted a la Unión Cívica Radical a invitación nuestra, y poco tiempo después, apenas llegó el gobierno del doctor Quintana, consumándose el atentado de su imposición, el más descarado y audaz hasta entonces y en medio a la labor a que el Partido estaba entregado, venciendo diariamente dificultades y persecuciones, mandó usted su renuncia desde Córdoba, considerando terminada la contienda, no obstante que poco tiempo antes había dicho en unos de sus discursos, que estábamos listos para tentar una y muchas cruzadas más en las conquistas de nuestras libertades, que a eso íbamos y que no hacía mucho que una de las policías de cosacos disolvía a latigazos a un grupo de ciudadanos que se congregaban en una de nuestras calles públicas a protestar contra esa truhanesca substitución de las convenciones de notables a la soberanía popular para la elección de Presidente. Esta es la hora psicológica de las grandes redenciones, decía usted, «y si queréis aceptar esta condición de servidumbre, romped filas e id como los pueblos degenerados y cobardes a disputaros los favores y comodidades de que os colmará en cambio de vuestra sumisión servil a la dictadura».
Fue necesario que en tales circunstancias se le hiciera comprender todo el error que significaba esa actitud, la sorpresa que produciría y el desconcepto personal que habría de traerle, para que, ante tan atinadas reflexiones, usted retirase su renuncia; pero haciendo presente que llegada la hora de la prueba, no deseaba estar en Córdoba, sino en esta Capital, como así sucedió.
Después de la adversidad revolucionaria, la primera vez que nos vimos, cuando regresó usted de Montevideo, es a mí a quien propuso la disolución del Partido. Me pareció tan extraño eso, que le respondí que se apercibiera que no era patrimonio nuestro para resolver como a cosa propia, sino un glorioso movimiento de opinión representativo de la Nación misma en sus esfuerzos reivindicadores y consagrado para siempre hasta por los mayores sacrificios, vicisitudes y amarguras; que lo que correspondía era que nos apartásemos los que no nos sintiéramos con ánimo para continuar y qué por mí parte estaba más dispuesto que nunca. Y a esto repitió usted varias veces que tenía yo razón.
En esa misma conversación me preguntó usted cuál era el juicio que me había formado de las cartas que desde Montevideo dirigió al Presidente, doctor Quintana, y le contesté que si hubiera sido posible que me las hubiera consultado, le habría dado mi opinión negativa, porque creía que como Presidente de la Unión Cívica Radical, que tan altísima significación tenía ante el país, debía no hablar sino oficialmente en su nombre y como intérprete de sus decisiones. Además le manifesté que esas cartas juzgaban en parte al doctor Quintana en forma incompatible con su actitud, por la cual había ido al gobierno violando todos los principios y leyes de la representación nacional, viéndose obligada la Unión Cívica Radical a tener que renovar la protesta armada.
También en esto me encontró usted razón, pero poco tiempo después reincidió en las cartas, que aparecieron en los diarios de esta Capital y refiriéndose entonces al doctor Quintana en términos muy distintos, llegó a tratarle de «cadáver blanco» si mal no recuerdo.
Después del retorno a la Patria, de los jefes y oficiales emigrados, reunido aquí el Comité Nacional, resolvió encomendar a la mesa directiva la reorganización -del Partido en toda la República, y usted, en vez de ponerse al frente de esa labor, como presidente- que era afrontándola en todos sus consiguientes esfuerzos, se alejó a su estancia, donde permaneció en silencio cerca- de dos años, en tanto que todos los correligionarios de la República habían iniciado y seguido la tarea reorganizadora.
Al fin reapareció usted en la Capital de Córdoba y habiendo aceptado la presidencia en el comité de allí, renunció con ese motivo la de la dirección nacional, sin que hasta ese momento hubiese usted prestado en tal cargo concurso alguno- al Partido. Así pasó otro tiempo, renunciando también aquella presidencia, para desistir después, por varias veces, hasta que al fin lo hizo definitivamente.
Durante ese período, y a pesar del empeño de los meritorios correligionarios que colaboraban en la dirección, no llegó usted ni a terminar la reorganización de dicha provincia, pues recién después de su, retiro del Partido, se hicieron importantes instalaciones, se llevaron a cabo manifestaciones de opinión imponentes y se realizó la Convención General.
Quedó también de manifiesto en una forma claramente significativa, que a pesar de su actitud que asumiera, nadie se retiró con usted, y en cambio hubo públicas y notorias incorporaciones, y fue el comité que presidía que pronunció su desacuerdo, en los considerandos del documento con que le aceptó su renuncia.
Anteriormente, se comprometió usted con algunos correligionarios del Rosario para ir allá a dar una conferencia contra la adquisición de los armamentos, pero en seguida se apercibió usted mismo de la ligereza con que había procedido, y deseando desistir se trasladó al Rosario; pero como se encontrara con que los correligionarios persistían y le requerían el cumplimiento de su compromiso, tuvo usted que venir aquí para que yo les convenciera de la inconveniencia de llevar a la práctica su pensamiento.
Así lo conseguí por medio de una conferencia telegráfica, presentándole las causales que usted había olvidado y que vinieron después espontáneamente a su reflexión.
Con ese motivo recordará usted que pasamos mediodía juntos y tuve ocasión de renovar en la conversación los fundamentos por los cuales usted había comprendido que no debía dar esa conferencia y que son los que constituyen la razón de ser y el carácter de la Unión Cívica Radical; y entonces como siempre condijo usted en todo, pues conste otra vez que nunca hizo ninguna objeción, y si pensó de distinta manera, omitió usted demostrarlo, y al contrario, manifestó siempre su asentimiento.
Pocos días después en forma de reportaje, en esta Capital, hacía pública usad la conferencia que habría dado en el Rosario a no haberse suspendido a petición suya.
Más tarde, en uno de sus viajes a esta Capital, y sabiendo usted que había una pequeña disidencia, en vez de conservarse en una actitud ecuánime y propia de la representación que tenía en el Partido y de todo buen correligionario, la estimuló concurriendo a sus reuniones, salió a la calle en plena Avenida de Mayo, con treinta o cuarenta ciudadanos, y se hizo vivar por ellos, menoscabando así la autoridad del Partido y la significación que tenía usted en él.
Tuve como siempre la franqueza de decírselo, y convino usted con lo justo de mis observaciones, diciendo que lo había hecho por civilidad.
Recordará usted que en esa misma conversación, pasando otra vez a generalizar sobre lo que correspondía a la acción del Partido en el momento presente, llegó espontáneamente a la conclusión de que de ninguna manera debía ir a probar en los comicios la legalidad del gobierno, desde que era indudable de que no había que contar con ella.
Quince días después, nada más que ese tiempo, departiendo usted con los doctores Ernesto Celesia y José P. Tamborini, que habían ido a Córdoba en delegación para asistir a un acto cívico, les decía que el Partido debía ir a las elecciones en la Capital Federal; lo que importaba otra inmediata contradicción, la abdicación total de nuestros principios y dar la espalda a toda la República, dejarla abandonada a su mejor suerte y expuestos los correligionarios a todas las contingencias, cuando fieles a la solidaridad nacional, sufren las consecuencias que ello reporta.
Pocos días después hizo usted publicaciones sosteniendo que la asamblea en que se constituyeron las autoridades directivas del Partido en Mendoza, se había celebrado con elementos y en connivencia con aquel gobierno, infiriendo un agravio a los correligionarios de esa provincia, a la delegación altamente representativa que había ido de esta Capital a presidir aquel acto, y en consecuencia, a la mesa directiva nacional y propiamente a todo el Partido que lo consentía.
Mi primer impulso fue enviarle un telegrama preguntándole con que título se consideraba usted más íntegro que todos nosotros; pero conociendo ya su manera de ser impresionable, como fácil de ser sugestionado, y con el juicio superior con que justa y acertadamente juzgo a nuestros correligionarios, y sabiendo cuán capaces eran de tal acción, desistí de mis propósitos.
Pero ellos le dirigieron telegramas pidiéndoles explicaciones, que usted dio por carta, diciéndoles que privadamente debieron esclarecerse esos asuntos, no obstante de que pública había sido la pretendida descalificación.
Creo haber abarcado toda su réplica — hecha en términos tan inusitados, por más que para dilucidarla he tenido que vencer naturales resistencias, y siendo ésta la primera vez espero también que será la última.
Sólo me propuse, haciendo una excepción con usted, demostrarle cuán injustificadas eran sus opiniones sobre la Unión Cívica Radical y emitir las mías respecto de la política en general, y usted no ha sabido apreciar el móvil que me ha guiado, ha estado a la altura de mis juicios.
No he deseado, ni deseo molestarlo, porque no tengo disposición alguna en ese sentido, y así se lo reitero, declarándole que me congratularía de que no quedara en su espíritu la menor prevención para mí, como no queda en el mío absolutamente ninguna para usted. Y así, de -Usted por eliminado todo lo que a juicio suyo pudiera afectarle.
Lo saluda muy atentamente.

Hipólito Yrigoyen

































Fuente: “Ley 12839. Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado Cívico – Obra de Gobierno – Defensa ante la Corte”, Talleres Gráficos de la Dirección General de Institutos Penales, Bs. As 1949.-
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domingo, 7 de diciembre de 2014

Ricardo Balbín: "Homenaje a José Batlle y Ordóñez" (16 de octubre de 1980)

Tengo la emoción de los que saben dónde están: un hombre para no equi­vocarse, tiene que saber siempre dónde se encuentra. Y yo estoy aquí como en mi propia casa. Honrado por una invitación que enaltece por su jerarquía, Por la importancia del acontecimiento y fundamentalmente por la trascendencia americana del hombre que estamos recordando. Resulta demasiado importante su personalidad como para que yo sea, con mi sencillez, quien tenga que adherir a su homenaje.
Por eso, como reverenciándolo de la mejor manera yo he querido unir a su recuerdo el nombre de Yrigoyen, su contestatario, su hermano en la lucha por la democracia de los americanos. He querido vincular estos dos nombres trascendentes, que prestigiaron el Río de la Plata y le dieron brillo dentro de América a esta parte donde nació la prédica que se extendió en todo el continente. Ambos pertenecen a la década del 50, en el siglo pasado: Yrigoyen nace primero y Batlle después. Van realizando sus vidas en ámbitos distintos. Sus antecedentes son diferentes, sus orígenes son diferentes.
El que nació primero, muere después; el que nació después muere primero. Pero los dos llenaron un tiempo trascendente en la vida de sus países. Tan trascendente, que podríamos decir que fueron padres de nuestras convicciones. Entonces yo digo:

¿Cómo se rinde mejor esta recordación? ¿Hablando de lo que hicieron? ¿O comprometiéndonos nosotros a recuperar lo que ellos hicieron y nosotros perdimos?

Yo creo que decir, aquí y en mi país, que queremos luchar por la recuperación de la democracia, no es molestar a nadie, sino servir al destino moral de nuestros pueblos. Debemos poner de manifiesto que recuperar una democracia no es reclamar un gobierno: ello es su consecuencia. Reclamar una democracia es tener un estilo de vida que permita el desarrollo integral de todos y cada uno en la medida de sus capacidades. La democracia significa igualdad en todo. Ya veremos cómo lo hicieron Batlle e Yrigoyen, para sacar en consecuencia cómo la debemos hacer nosotros. El vuestro, tenía un importante ori­gen; el nuestro, nació en la sencillez de un pobre hogar. Pero los dos estaban iluminados por el mismo ideal.
Habían nacido para eso: eran dos pensamientos vitales, que recogieron en su propia tierra el sabor de lo que es el hombre libre. Alem dijo:

“Nuestra causa es la causa de los desposeídos”.

Y Batlle, sin conocerlo, afirmaba que la injusticia social es la causa de todos los males. No hay que igualar en el hambre. Hay que igualar en la justicia, en colmar las necesidades de cada uno. Batlle dijo que la educación era la base esencial de un pueblo que se cotizara a sí mis­mo. Y antes que la reforma universitaria de Yrigoyen se concretara, abrió el cauce de la enseñanza en el Uruguay.
Cauce al que no temía, porque el viejo sistema sólo daba instrucción a los que el régimen permitía. Llamaba la atención la iniciativa, sin darse cuenta los opositores, que estaban poniéndole vallas al porvenir de los uruguayos. Impul­só los postulados de la justicia social, alivió de las angustias y los dolores. Y ubicó en la mano del educado, el instrumento electoral limpio y claro. En mi país, se registraban hechos semejantes, pero distintos. En el tiempo de Yrigoyen, allí había instituciones que no se habían alterado desde 1853, pero la famosa y valiosa “generación del 80” había organizado un país para una minoría: el pueblo era un paria, un desconocido.
La República de los argentinos era una opulenta colonia, de cuyas riquezas disfrutaban un grupo de familias. Yrigoyen y Batlle comprendieron que aquello había perimido: sin pueblo con jerarquía, no habría República con dignidad, y era falso al sentido de la soberanía. Buscaron el comicio, sobre la base de instrumentar al ciudadano para darle el sufragio. Y cuando Batlle llegó al gobierno de su país, se inicia aquí la democracia de los uruguayos, la que por mucho tiempo fuera un ejemplo para el continente. Se decía entonces: Uruguay, la Suiza de América. Pero sin desmerecer a Suiza, allí iban los que escondían, y en la Suiza de los uruguayos se ponía la vida a la vista de todos. Yrigoyen busca afanosamente esta instancia: cuando en 1903 estaba Batlle en el gobierno, él intentaba hacer la revolución de 1905. La última. Le ganaron, pero los venció. Porque quedó abierto lo que quería: el diálogo. El que, cuando se niega: entristece a los pueblos. Cuando encuentra a Sáenz Peña, otorgó al país la ley electoral, y empezamos nosotros lo que ustedes ya tenían casi totalmente realizado. En 1916 vota por primera vez, en la República de los argentinos, el pueblo. Y lo consagra su presidente. “No vengo a castigar”, dijo. “Vengo a reparar nada más”. Es decir, que desde el comienzo fue perfilando el mismo contenido que Batlle había conquistado aquí. Corrían los años difíciles de 1916. Yrigoyen tuvo un inconveniente que aquí no existió. El sistema legislativo argentino hacía que el Senado de la República, cuyos integrantes tienen un mandato de nueve años --se renuevan por terceras partes cada tres años- era totalmente vinculado a la oligarquía vencida en los comicios. Como en una trinchera de cobardes, allí moría todo el proceso social que se lanzaba desde el gobierno. Qué razón tenía Batlle cuando decía:

“Lo importante es la colectividad política y dentro de ella, el sentido de responsabilidad de quienes la conducen”.

Intuía que los pueblos eran buenos: en la Argentina postergaron al país aquellos hombres que estaban en el Senado de la República. Iniciativa que nos liberaba, iniciativa que se detenía. Solamente había un margen para los presidentes que nacían en la democracia: las relaciones exteriores que manejaron con responsabilidad y las que les imprimieron un sello americano. Bajo Yrigoyen, los estudiantes lanzaron al mundo la consigna de la reforma universitaria. Hasta entonces, las universidades habían estado al servicio de las élites, que otorgaban los títulos profesionales a quienes salían de allí para servir los intereses de la dependencia, y no de la liberación de los pueblos. La reforma universitaria abrió las puertas al servicio de los que querían cultivar su inteligencia, e ingresó una juventud que tenía un sentido profundo de la soberanía de su país y del destino libre de toda América. Ese grito de emancipación fue recogido más allá de nuestras fronteras: de inmediato repercutió en México, llegó al Perú.
Se inició el proceso extraordinario de la democratización total del continente. Yrigoyen realizó una política de integración latinoamericana. No la hizo con discursos. Pronunciaba muy pocas palabras. Las actitudes eran los mensajes. Las actitudes. Y América vio de qué forma y de qué manera se pueden definir las grandes lecciones. Cuando Batlle dio cuenta en el Parlamento uruguayo en una oportunidad, de un gesto honroso que, había tenido Yrigoyen, un aplauso cerrado recibió sus palabras. ¡Nada de medallas ni de condecoraciones! Una lágrima, una emoción, eran los premios que buscaban aquellos gobernantes. Así fueron luciendo todo cuanto da prestigio a un hombre. Una revolución injusta termina con Yrigoyen en 1930, un movimiento igual sacude la democracia de Brasil el mismo año, y tres años después cae, como empujada por la barbarie, la democracia de los uruguayos. ¡Qué cosa curiosa! En la década del 30 se ponen en quiebra todas las democracias latinoamericanas, y un patronazgo absurdo asoma conduciendo los pueblos de la región.
¿Tenía o no tenía valor aquella tarea realizada por estos dos hombres? ¿Era importante o no era importante?
Desde aquí, un halo misterioso iba sembrando su credo. Y sostenía la dignidad de los pueblos. Cuando naufragan aquí las democracias, naufragan en Latinoamérica.
Nosotros, desde el 30, andamos a los tumbos con el destino. Soy un mal testigo pero soy un testigo vivo. Tenía 26 años en 1930, y sumados los que hay que agregar para llegar a los 75, los he regalado a mi país. La pérdida de la democracia determina la pérdida a las generaciones, y entonces hay mucho que pensar. Nuestra América, ahora, es la de los libertadores. Es aquella América en que San Martín dijo:

“Nuestra causa es la causa del género humano”.

Un mensaje similar brindó Bolívar. Y los dos vivieron un mismo destino: uno se fue a vivir al extranjero y el otro murió en la pobreza, Batlle e Yrigoyen siempre tuvieron en la mente los mensajes de los libertadores.
Yo no he venido a complacer su recuerdo. He venido a honrarme con el recuerdo, para ponerle al viento mi voluntad. Para ponerle fuerza a nuestro deseo vital de ser dignos sucesores de ellos. Y si no alcanzamos a recuperar las democracias perdidas, mucho me temo que otras generaciones tengan que llorar el destino de Latinoamérica.
Está dicho en el tiempo. Cuando hablamos de organizar democráticamente nuestros pueblos, no pedimos el poder. Pedimos el ámbito para que se abra el gran debate de nuestras propias ideas y las ideas de los otros. Para que estas puertas se abran grandemente en todas partes, y penetre una juventud que está ahora desorientada y que con exceso ha sido infiltrada, por la cobardía de quienes desatan combates de sangre y luego van a refugiarse a Europa. Si estos hombres que estamos rememorando lo supieran ¡Qué indignación! ¡Hablarles a los muchachos de monedas! Hay que buscar otra vez los cambios de la convivencia. No distanciemos nunca más nuestros pueblos. Con vuestro recuerdo, con vuestro ejemplo, vamos a empezar de nuevo. No habrá combates. Ya se derramó demasiada sangre. No habrá discrepancias odiosas. Hemos aprendido. No desafiamos. Esto es sencillo: es un grupo de hombres y de mujeres que nos estamos conversando de nuestras cosas. No estamos gritando en la calle para buscar un tumulto fácil. Estamos hablando de nuestras responsabilidades para que no se mueran nuestras esperanzas. Busquemos la convivencia de nuestros pueblos, pero vivamos la convivencia con otros pueblos.
Traje apuntes que no pude utilizar. Me venció vuestro aplauso, y me cubrió la emoción. Hablé con honradez. Así siento nuestra causa. Así siento vuestra causa.























Fuente: Discurso del Dr. Ricardo Balbin en el Homenaje en el Salón de Honor a José Batlle y Ordóñez, edificio del diario “El Día” de Montevideo, República Oriental del Uruguay, 16 de octubre de 1980.
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lunes, 1 de diciembre de 2014

Santiago H. del Castillo: "Discurso del Gobernador electo de Córdoba en el Comite Nacional" (5 de mayo 1940)

Señor presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical:
Señores:

Asisto conmovido al honor de este acto que tributáis –por sobre mi persona- al radicalismo triunfante de Córdoba. Comprendo así la vasta significación de este homenaje, en la inteligencia hoy más firme que nunca de que los hombres sólo existen y valen en la medida de sus ideales.
Quiero aludir, señores, a lo permanente y profundo que hay en este acto, al espíritu que lo anima y cuyo noble latido muestra su relieve en la fiesta que pasa. Quiero aludir a esta poderosa unidad moral del radicalismo, unidad que está por encima de personales homenajes y que se revela en todos los hechos del partido como la causa histórica capaz de explicar la proyección nacional que el radicalismo tiene. Esa es para nosotros, esa es para Córdoba, la mejor expresión de este homenaje en el que vosotros, hombres de Buenos Aires, estáis rindiendo el alto ejemplo y el mejor tributo de solidaridad. Nuestro radicalismo se siente grande y confunde su ideal con los de la patria misma, precisamente porque ve aquí y en la provincia de Buenos Aires, y en los hombres del norte y en toda la dimensión del suelo argentino el mismo hecho histórico de un gran partido que está haciendo posible el destino de una gran nación.
Esta es mi inteligencia en estos momentos y esa es la virtud superior que ofrecéis a la conciencia cívica, en un acto que sin embargo no alentaba otro designio que el de las formas cordiales y las emisiones de vuestra cumplida caballerosidad.
No podía sentir y pensar de otra manera, cuando veo aquí reunidas las grandes figuras del radicalismo esforzados hombres por cuya previsión y por cuya conducta cívica se está ejerciendo la alta responsabilidad de gobernar al pueblo desde las bases mismas de su discernimiento político e institucional. Y entre todas ellas, la figura del eminente ciudadano, conductor de un pueblo en las horas inciertas de su destino, que ha rendido hasta sus merecidos descansos para mantener en alto la bandera del radicalismo a cuya sombra hallaría seguro refugio la soberanía popular. Hablo del Dr. Marcelo T. de Alvear, toda una vida puesta al servicio de la nación, sin más ambiciones que la causa pública que ha hecho tan suya hasta convertir su trayectoria personal en símbolo de ciudadanía.
Aún tengo presente sus palabras llenas de vigor, maduras de reflexión patriótica la noche en que el pueblo de esta capital consagraba a sus futuros representantes. Alvear entregaba entonces, como en cien actos más de su vida las grandes líneas conductoras de nuestro civismo, líneas que sólo él arranca enérgicamente de tanta experiencia, de tanta lucha y fervor republicano.
Dejo en su mano tan generosamente abierta en este acto, mi cordial saludo para vosotros, y con la misma efusión quiero rendir también para vosotros, radicalismo de la capital, mi lealtad inquebrantable.

Señores: 
hoy que la República reingresa en el camino de su dignidad institucional, ahora que es una consagrada virtud el ejercicio de la soberanía, por la gravitación moral del radicalismo, quiero decir también mi saludo al señor presidente de la Nación Dr. Roberto M. Ortiz, que ha hecho posible contra la turbulencia de sentimientos extraños a la Nación, la paz del pueblo, y por sobre todas las cosas, la confianza del pueblo en ejercicio y goce de sus derechos ciudadanos. El radicalismo rinde merecido honor al presidente de los argentinos, como lo denomina ya la voz de sus contemporáneos.
Córdoba, la provincia de nobles tradiciones, en cuyo seno se cumple como en un vasto laboratorio humano el choque y el equilibrio de diversas corrientes ideológicas, ha conquistado ya el merecido orden en su vida institucional, afirmando un clima de libertad y consagrando los grandes principios rectores de su vida pública. Desde la expresión más íntima del hombre hasta los complejos fenómenos de la vida social, todo encontró adecuada satisfacción. En tan difícil arte, el gobierno de mi provincia no tuvo más virtud que la de obrar en función de la historia, firme en la ruta de sus instituciones, dando el ejemplo con el deber cumplido, y sobre todo, escuchando al pueblo de quien era su auténtico mandatario. No habrá jamás error en un gobierno que toma su autoridad del pueblo, y que no reniega nunca de su filiación democrática. Esa es la gran virtud y prestigio del radicalismo como expresión de la nacionalidad.
Las bases están enérgicamente consolidadas. Un esclarecido hombre público, el Dr. Amadeo Sabattini, ha surgido en horas inciertas como el ejecutor de tanto ideal inescuchado. Su voluntad se había templado en amargas experiencias; tuvo la conciencia de su deber ciudadano, y abrazando la causa pública con fe en el pueblo y con disciplina en el partido, dio en Córdoba la gran batalla inicial con un gobierno que pondría de manifiesto las ingentes reservas de la democracia en acción. La obra realizada bajo su gobierno es extraordinaria, y sin embargo apenas era para los mandatarios del pueblo el mero cumplimiento de su deber. Reintegrado el pueblo al ejercicio de su soberanía y llamado de nuevo a la renovación de los poderes dio en las urnas la merecida recompensa, consagrando en cifras nunca vistas a los hombres que de un modo u otro habían integrado un gobierno de orden. Ese es el camino simplemente recto del radicalismo de Córdoba.
Cuando digo estas cosas en su mayor significación; cuando descorro como en un vasto panorama la obra del Dr. Sabattini, es porque quiero activar el sentimiento de mi responsabilidad y deciros cuál es la ley por la que seré juzgado. Aspiro a continuar su trayectoria de buen gobierno en el que tuve el honor de colaborar. Desde mi juventud decidí toda mi vida por la causa del pueblo y de sus instituciones; recién ahora se brinda para mi necesidad de realización, el momento de poner a prueba mi fe y mi amor por la democracia. Si el gobierno del Dr. Sabattini se midió contra toda la adversidad hasta alcanzar la meta propuesta, mi gobierno se iniciará en las condiciones bien exigentes para hoy y lo futuro, de lo que ha de entenderse como función de gobernante.
Aspiro a que mi gobierno sea por voluntad de una democracia, el gobierno que merece un pueblo libre. Para ello es indispensable discriminar la diversa función que corresponden al gobierno y al partido. Como lo tengo proclamado desde el primer acto de la campaña electoral en Córdoba, quiero repetir este concepto inalterable: Partido y comité cumplen sus funciones encauzando el ejercicio de los derechos cívicos, para reintegrarse luego a sus disciplinas como el soldado de nuestra épica cuando ha satisfecho su consigna. Entonces no se escuchará más autoridad que la del gobierno, ni más sugestión que la del pueblo en ejercicio de sus derechos y por órgano de sus representantes. Porque tan peligrosa es la usurpación del poder y el menosprecio de las leyes como la gravitación del comité en las funciones de gobierno.
Aspiro también a gobernar bajo el contralor de una oposición fuertemente organizada. La voz de sus representantes desde la banca legislativa o la tribuna pública colmará el sistema de la democracia: no me arredra la crítica que tiende a mejorar métodos y depurar los conceptos; creo en la oposición como en la fuerza que realza el equilibrio en lo social; ella sola es la mejor garantía de un buen gobierno porque contiene los excesos como el vivo reclamo de una conciencia siempre alerta. Pero entiéndase bien: hablo de una oposición organizada en función de ideas de valoración política y social y no en la que se cierra en mezquinos propósitos traicionando al pueblo que delegó en ella la integración de un gobierno. En este sentido el radicalismo en Córdoba cuenta con un adversario inteligente y con larga experiencia en la función pública responsable de su tradición democrática.

Señores: 
Las provincias esperan de vosotros, hombres de la capital, los frutos del sacrificio realizado para la organización política nacional. En vosotros confluye la savia de la República como en un corazón que ha de forjar el ritmo de un vasto organismo. Corazón y cerebro de la República representando las más nobles sustancias. De vosotros debe irradiar entonces la luz que alumbre nuestro destino para que realicemos la patria soñada por Moreno, Alberdi y Sarmiento.
Hago fervientes votos por la grandeza de la Nación, por la felicidad del pueblo en la libertad, el trabajo y la paz y por vuestra ventura personal.





























Fuente: Discurso pronunciado por Santiago Horacio Del Castillo en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical como gobernador electo de la provincia de Córdoba, 5 de mayo de 1940. Aporte de Marcos Funes de la Fundación Sabattini.
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viernes, 28 de noviembre de 2014

Fernando de la Rúa: "El incidente de la Misión Shackleton" (17 de marzo de 1976)

Sr. De la Rúa: Pido la palabra.
Creo que, como bien se ha dicho, los puntos que comprenderá el informe del señor canciller, según el dictamen de la Comisión son de gran trascendencia.
A nadie escapa que las legítimas reivindicaciones argentinas sobre las Islas Malvinas y el problema del Canal de Beagle tienen una importancia singular.
La presencia del Sr. Canciller en el recinto servirá no solo para que se informe sobre este aspecto, sino también para que nos suministre antecedentes sobre estas cuestiones fundamentales de nuestra política exterior.
En este sentido, con los señores senadores León y Angeloz presentamos el 17 de febrero último una iniciativa por la que se invita al Sr. Canciller para que explique el estado de los proyectos sobre la construcción de la presa de Corpus y las negociaciones relativas con los gobiernos de Paraguay y Brasil. El precipitado requerimiento fue complementario de otro anterior que había suscrito también el Sr. Senador Perette. Además el 24 de febrero próximo, pedimos la concurrencia del Sr. Canciller para que informara verbalmente sobre los alcances y consecuencias que atribuye el poder Ejecutivo al reciente acuerdo entre Brasil y los EE.UU. de América y explique como aprecia este acuerdo el gobierno argentino.
Por eso Sr. Presidente, remitiéndome a los procedimientos de ambas iniciativas y a los que en ocasión de solicitar su pronto despacho formulara en este recinto, pido a este Honorable senado que se agreguen al dictamen de la comisión como puntos f) y g), estos dos aspectos tan fundamentales también de nuestra política exterior, de modo que en esa sesión secreta podamos examinar no solo el trascendental problema de las Malvinas y del canal de Beagle, sino también estos otros sobre los cuales el Sr. Canciller, en el mismo acto de su presencia en el senado, podrá darnos importante información y las reflexiones que al respecto podamos hacer los miembros de este cuerpo.
Hago entonces, moción concreta de que el dictamen de comisión sea aprobado con el agregado que propongo, con lo cual quedarían refundidos en una sola resolución todos los proyectos, y en una sola sesión de trabajo podrían considerarse todos los temas de información ministerial.



























Fuente: Diario de Sesiones de Congreso de la Nación, 17 de marzo de 1976, copiado de Biblioteca Popular Juan Álvarez, Rosario Santa Fe.
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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Luis León: "El incidente de la Misión Shackleton" (17 de marzo de 1976)

Sr. León: Pido la palabra.
Nuestro bloque, que ha participado promoviendo esta interpelación, va a apoyar la invitación al Sr. Ministro. Esa es nuestra aspiración, porque interpretamos que este tema de las Malvinas –una vez más- sacude el sentimiento de la Nación. Tal vez este no sea el momento de hacer un debate a fondo sobre este problema y, por otra parte, la historia del Parlamento argentino es una reclamación permanente, pero creo que esto hoy se justifica mucho más porque el Reino Unido últimamente ha adoptado actitudes que contradicen resoluciones de las Naciones Unidas, que incluso habían sido aceptadas –no en la votación- , pues Inglaterra votó en contra de las resoluciones 2.065 y 3.160 –cuando vino a Bs. As. el canciller Stewart, quien en alguna medida aceptó la tesis de la resolución 2.065.
Sin embargo, ahora se han producido algunos hechos: la misión de relevamiento comercial, la intención de explorar la existencia de hidrocarburos y últimamente esta nueva creación perturbadora para nuestras relaciones y para la posible solución pacífica ensayada por la Cancillería del Reino Unido al estipular que las conversaciones sobre la solución de los habitantes de las Islas si se desean lograr las condiciones para un entendimiento.
La Argentina tiene una típica actitud tradicional de buena voluntad, como lo muestran incluso los (…) desde 1971 en adelante al cumplimentar una parte de la resolución 2.005, con respecto al cuidado de no perturbar la disposición de nuestro país hacia los habitantes de las islas.
Todos los argentinos conocen bastante bien este problema de las Malvinas y es muy justo que venga el canciller. Como la sesión va a ser secreta, tendremos la oportunidad de dialogar más ampliamente sobre la forma de encarar la estrategia que permita la definitiva integración del territorio usurpado por la prepotencia inglesa lesiva de la Soberanía del país.
Nos sentimos felices por la sensibilidad del conjunto del Honorable Senado sobre este asunto trascendente, que sirve para manifestar la unidad del país en los grandes temas. En nombre de nuestro bloque dejo sintéticamente expresada nuestra posición favorable a la interpelación, que está alentada por la propia presentación de nuestra requisitoria.

























Fuente: Diario de Sesiones de Congreso de la Nación, 17 de marzo de 1976, copiado de Biblioteca Popular Juan Álvarez, Rosario Santa Fe.
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jueves, 20 de noviembre de 2014

Eduardo S. Rosenkrantz: "Petróleo y Congreso en 1958" (1992)

Desde antes de su acceso a la Presidencia de la Republica, el doctor Arturo Frondizi modifico sus puntos de vista sobre la enseñanza universitaria estatal o privada, la vigencia de la legislación de los gobiernos de facto, la explotación comercial petrolera y eléctrica, etcétera. No hay objeción a una evolución de las ideas ante un cambio de circunstancias que entornan una problemática determinada. Pero en este caso ello ocurrió sin ese cambio, con graves sospechas de corrupción entre sus colaboradores y sin conocimiento del partido oficialista ni de sus bloques legislativos. Además, con un esfuerzo patético por su hipocresía, para demostrar que se estaba cumpliendo el programa electoral con el que se triunfo el 23 de febrero de 1958.
Frondizi fue el adalid del monopolio estatal en el rubro petrolero. Combatió a Perón cuando este firmo unos contratos con compañías norteamericanas y denuncio que su campaña anticlerical era una cortina de humo para ocultar la entrega        ;
En julio de 1958 Frondizi anunció por televisión la firma de una serie de contratos petroleros con empresas del rubro y con otras, simples financieras. Eran iguales a los que había combatido antes. Años después, en 1960, reconoció ante un grupo de legisladores que eran meras concesiones (Diario de Sesiones de Diputados, 1964, IX, p. 6030), cosa que había negado en una primera instancia. Y siguiendo el ejemplo de Perón, introdujo la cuestión de la universidad estatal o privada, dividiendo a la ciudadanía con una nueva cortina de humo que la distrajo de la cuestión petrolera.
Los contratos del petróleo no fueron enviados al Congreso Nacional. Pero el tema se trató en el debate sobre nacionalización de los yacimientos de hidrocarburos. Las bancadas de la UCRI y de la UCRP sostuvieron tesis encontradas sobre la propiedad nacional o provincial de aquellos, pero coincidieron en adjudicar a los entes estatales el manejo de la política energética  (Diarios de Sesiones de Diputados, 1958, VIII, pp. 5797 y ss ), la discusión verso sobre los contratos, pero la votación se ciño al proyecto en consideración. La mesa directiva de la UCRI retiro su lista de oradores para impedir una crítica a los contratos por los diputados del propio bloque partidario.
Se había cometido un crimen de lesa democracia, cuando un partido político recluta el voto ciudadano, obtiene un mandato que debe cumplir, en los aspectos esenciales de la gestión gubernamental. Si no es así, la democracia pierde vigencia, pues el elector opta por grupos de personas, que una vez llegados al poder, ha ran lo que estimen conveniente, aunque no se conforme con la orientación general del voto popular Entonces, puede sostenerse validamente que tanto da un partido político como otro y un gobierno elegido democráticamente como uno elegido autoritariamente. De ahí en más, no hay democracia.





















Fuente: Historia de la Argentina "La Democracia Débil" Hyspamerica, 1992
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viernes, 14 de noviembre de 2014

Eduardo R. Saguier: "Resistencia Radical a la Dictadura en Argentina" (1966-68)

Capítulo I

Resistencia Radical a la Dictadura en Argentina (1966-68)

En la resistencia a la dictadura de Ongania en Argentina (1966-70), se registraron numerosos acontecimientos en ocasión de efemérides caras a la historia del Radicalismo argentino donde se puso en evidencia la voluntad de combatir a la misma. A continuación hemos recogido algunas de dichas expresiones, que quedaron estampadas en los periódicos de la época.

Incidentes-Efectuóse el sepelio de la señora Silvia E. M. de Illia
(La Nación, jueves 8 de septiembre de 1966)

Crecida concurrencia asistió al acto del sepelio de la señora Silvia Martorell de Illia, realizado ayer en la Recoleta.
Cuando en las primeras horas de la tarde, después de una ceremonia religiosa en la iglesia del Pilar y dos discursos ante la tumba de Alvear, en la entrada de la necrópolis, el ataúd cubierto de orquídeas fue depositado en la bóveda de la señora Marcelina Alem de Irigoyen, la gente colmaba la zona del cementerio. En repetidas ocasiones saludó el paso del cortejo con pañuelos en alto y, concluídas las ceremonias fúnebres, cuando el doctor Arturo Illia se retiró del lugar, fue ovacionado al grito de “¡presidente! ¡Presidente!”.
Toda la plana mayor del gobierno del doctor Illia, desde ministros a funcionarios, y desde jefes partidarios hasta numerosos simpatizantes, estuvieron presentes en las ceremonias. Poco después de retirarse el ex presidente, a la salida de la Recoleta, parte de la gente inició una manifestación que circuló hasta las inmediaciones de Callao y Santa Fé, donde fue dispersada por las fuerzas policiales de un carro de asalto.
Los manifestantes en los primeros momentos calculados en unas trescientas personas, agitaban pañuelos y gritaban estribillos como Illia presidente!, Gobierno civil! Y Militares al cuartel!”. Entre los manifestantes se vió al yerno del ex presidente Gustavo Soler, y a muchos dirigentes de las organizaciones juveniles de la disuelta UCRP.

El cortejo fúnebre
Una docena de carrozas repletas de ofrendas florales y un coche fúnebre conduciendo el ataúd inició a las 10.40, desde el domicilio del doctor Nicolás Romano, donde fueron velados los restos de la señora de Illia, en Uriburu 1020, la marcha hacia la Recoleta.
Inmediatamente detrás del coche fúnebre se ubicaron el doctor Illia, sus hijos y otros familiares, ex ministros y dirigentes de la UCRP; todos iniciaron la marcha a pie hacia el cementerio, seguidos por un público que colmaba aproximadamente la extensión de dos cuadras. Un patrullero policial y algunos motociclistas encabezaban el cortejo abriéndole camino entre el numeroso público.
Desde las 5 de la mañana la afluencia de gente al lugar del velatorio se había renovado, repitiéndose largas filas para tener acceso al lugar. A las 9 había ya un denso gentío en la zona y el tránsito estaba cortado. A las 9.30 el doctor Illia, acompañado de sus hijos y otros íntimos se dirigió hacia la capilla donde se velaban los restos de su esposa y poco después se clausuraron las puertas del recinto y se procedió a sellar el féretro.
Con dificultades debido a la densidad del público, el cortejo fúnebre tomó por la calle Uriburu y luego por Juncal, Ayacucho, hasta desembocar en la avenida Quintana, frente a la iglesia del Pilar.
La inhumación
Concluidos los discursos, y con las mismas características de confusión, el cortejo se dirigió por la avenida principal de la Recoleta y luego por una de las laterales hasta el frente del mausoleo de Marcelina Alem de Irigoyen. En el mismo, luego de una corta ceremonia, se colocó el féretro de la señora de Illia. A continuación descendieron para despedirlo el Dr. Arturo Illia, sus hijos Emma, Leandro Hipólito y Miguel, y el profesor Ricardo Illia. Leandro salió del mausoleo con una orquídea, que entregó a su hermana Emma, y luego los dos, junto con el doctor Illia, se dirigieron hacia la salida tomando diferentes calles internas para evitar al público, pero sin poder escapar a numerosos apretujones y empellones de los que al grito de “Presidente”, trataban de estrechar la mano del doctor Illia.
Al llegar el cortejo junto a la salida, los jóvenes comenzaron a saltar y agitar pañuelos blancos al grito de “Gobierno civil”, o “Illia presidente”, mientras algunos trataban de imponer silencio y los menos entonaban el Himno nacional.
Finalmente, una avalancha acercó al doctor Illia a un coche del cortejo, donde entró con sus dos hijos, despedido por aclamaciones.

La manifestación
Al partir el doctor Illia y sus familiares, quedaron en el lugar recibiendo el saludo de los asistentes, los ex integrantes de su gabinete, doctores Palmero, Solá y los hermanos Leopoldo y Facundo Suárez.
Al mismo tiempo, eran ya las 13.30, alrededor de 200 jóvenes que habían asistido al sepelio marcharon en manifestación por la avenida Quintana en dirección a Callao reclamando reimplantación del gobierno de Illia y estribillos como “No nos puede gobernar un gobierno militar”. Al llegar a Callao, dos coches patrulleros cruzaron la manifestación, a la cabeza de la cual aparecía el doctor Gustavo Soler, yerno del doctor Illia, pero también el resultado fue negativo. En Las Heras, con otro carro de asalto, logróse dividir a los manifestantes en dos grupos. El más reducido y exaltado siguió por Callao hacia Santa Fe, quebrando el vidrio de un camión estacionado chapa 771.351, y profiriendo insultos contra la policía. En la esquina de Callao y Santa Fé, de este grupo se destacó un joven rubio, de barba recortada, y que luego de insultar a los policías desde corta distancia, mientras agitaba un pañuelo rojo, fue detenido.
Al obligarlo a ascender a un camión de la Guardia de Infantería, que se encontraba en el lugar, el joven propinó una trompada en la cara al oficial que realizó la detención, lanzando el casco del mismo a regular distancia. Al mismo tiempo, con singular encarnizamiento, repartió puntapiés y trompis en la cara de los servidores del orden que se encontraban en el interior del vehículo. Estos respondieron con sus bastones, y luego se procedió a lanzar una bomba lacrimógena para dispersar a los que se encontraban en el lugar.

Detenciones
La jefatura de Policía informó que el joven detenido en el incidente se llama Eduardo Ricardo Saguier, argentino, de 23 años, soltero, estudiante, y que además fue detenido Rodolfo Banclari, argentino, de 40 años, soltero, empleado.

Fuente: La Nación, jueves 8 de septiembre de 1966

Rindióse homenaje ayer a Yrigoyen y Sáenz Peña (La Nación, jueves, 13-X-1966)
Con asistencia del ex presidente Illia se ofició ayer al mediodía una misa en la basílica del Pilar, con motivo de cumplirse cincuenta años en que Hipólito Irigoyen alcanzó la primera magistratura del país.
Estuvieron, además, presentes en el homenaje, que fue organizado por la comisión nacional de la disuelta UCR del Pueblo, que preside el doctor Ricardo Balbín, el ex vicepresidente de la Nación, doctor Perette; los ex ministros Miguel Angel Zavala Ortiz, Leopoldo Suárez, Carlos Aleonada Aramburu, Fernando Solá y Juan Carlos Pugliese; el ex Intendente Rabanal; los ex presidentes de la Cámara de Diputados y Senadores, respectivamente; señores Arturo Mor Roig y Eduardo Gamond, y muchas figuras vinculadas a la administración anterior. El doctor Illia llegó a la iglesia a las 11.40 en compañía de su hijo Leandro Martín y de su hermano, el profesor Ricardo Illia. La llegada del ex mandatario hasta la entrada del templo se hizo con mucha lentitud debido al crecido número de personas congregadas en el lugar. En la oportunidad se escucharon expresiones como éstas: “¡Viva el presidente argentino!”, “¡Viva el hombre de América!” y “¡Viva el doctor Illia!”.
Al término del oficio religioso se renovaron las expresiones de adhesión al presidente depuesto. La concurrencia se dirigió luego hasta la tumba de Irigoyen, donde se guardó un minuto de silencio y fue depositada una ofrenda floral que tenía la siguiente inscripción: “Homenaje del radicalismo del Pueblo”. Terminó la ceremonia con el Himno Nacional y la marcha “Adelante, radicales”. Frente al sepulcro se oyeron expresiones como “¡Viva la UCRP!” y “¡Viva la Democracia!”.
Acto seguido, se dirigieron hasta la tumba del ex presidente Roque Sáenz Peña, donde también las autoridades de la comisión nacional de homenaje colocaron una ofrenda floral. Nuevamente se volvió a entonar la marcha que distingue a la agrupación y a la salida del cementerio una nutrida concurrencia gritó a viva voz: “¡Presidente, presidente, presidente!”. El público se disgregó luego en perfecto orden.

En Santo Domingo
Por la tarde, en la Iglesia de Santo Domingo se efectuó otro oficio religioso en memoria del ex presidente Irigoyen, acto que contó con la asistencia del ex presidente Dr. Arturo Illia, el ex vicepresidente, doctor Carlos Perette y numerosos dirigentes de la UCRP.

Incidencias
Finalizado el oficio religioso, a las 20.40, diez minutos después salió del templo el ex presidente Illia, rodeado de correligionarios, mientras se agregaban a la comitiva unos cincuenta jóvenes que habían entonado cánticos alusivos al derrocamiento del gobierno Radical del Pueblo.
El ex presidente ascendió a un automóvil estacionado en Defensa, que lentamente se puso en marcha rodeado de numerosos jóvenes, entre los cuales había algunas mujeres.
Mientras tanto en la intersección de la avenida Belgrano y la citada calle se habían apostado efectivos de un carro de asalto del Cuerpo Guardia de Infantería, y como se extendiera en demasía la despedida del doctor Illia comenzaron por dispersar por la fuerza a aquellos.
Produjese entonces una refriega que en algunos instantes fue violenta y uno de los jóvenes que resultó herido en la cabeza fue llevado al carro de asalto.
Esta situación enardeció a los que permanecían aún en el atrio de la iglesia que comenzaron a gritar contra la policía, hasta que la intervención del R.P. Defalconioni hizo que las cosas se apaciguaran.
Durante los hechos resultaron varios agentes con contusiones, así como también Eduardo Saguier, argentino, de 23 años, soltero, estudiante.
Este fue detenido juntamente con Marcos Antonio Di Caprio, argentino, de 23 años, soltero; Oscar Raúl Di Filippo, argentino, de 34 años; y Andrés Viajeras, argentino, de 22 años.
A los cuatro mencionados se les instruye sumario por atentado a la autoridad, lesiones y desacato.

Desorden
También a las 20.40 en la esquina de Lavalle y Esmeralda, un grupo de personas, intentó organizar una manifestación relámpago.
Inmediatamente intervinieron agentes de las comisarías 3ª y 1ª, dado que el lugar mencionado es el deslinde entre ambas jurisdicciones.
La policía intimó a los componentes del grupo a disolverse, y detuvo a cuatro de ellos que no acataron la orden.
Los detenidos son Roberto Asisa, argentino, de 23 años, Leopoldo Raúl Vivas, argentino de 20 años, y dos menores de edad.
A los detenidos se les instruye en la comisaría 1ª un sumario por desorden, estableciendo las autoridades que se trata de personas de tendencia Radical, que arrojaron algunos volantes –los cuales no pudieron ser secuestrados—en los que se formulan alusiones y severas críticas al gobierno.
Los menores, una vez que se proceda a su debida identificación, serán entregados a sus padres.

Fuente: La Nación, jueves, 13-X-1966

Le fueron aplicados al Dr. Raúl Alfonsín 30 días de arresto (La Nación, 4-IV-1968)

La Plata.- El jefe de policía de la provincia, en su condición de juez de faltas, dispuso ayer la libertad de cinco de los detenidos a raíz de un acto político realizado en esta ciudad. Al mismo tiempo aplicó 30 días de arresto no redimible por multa al ex presidente del comité de la provincia de la disuelta Unión Cívica Radical del Pueblo, doctor Raúl Alfonsín.
Como se informó en una edición anterior, con motivo de un acto relámpago realizado el martes último en la intersección de las calles 7 y 50, fueron detenidos lo señores Alfredo Camarlinghi, ex Ministro de Acción Social durante el gobierno del doctor Anselmo Marini; Edgardo Carlos Ferrari, José Fontán y Fulgencio Romero, ex senadores provinciales y Eduardo Saguier.
A raiz de esta situación, los doctores Carlos Aleonada Aramburu, Antonio Troccoli, y Miguel B. Zselagowski interpusieron ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia un recurso de Habeas Corpus a favor de los mencionados, en cuya nómina no se incluyó al doctor Alfonsín por considerarse que su situación era distinta frente a los hechos.
Así planteadas las cosas, ante un pedido de informes sobre la situación de los
nombrados a favor de los cuales se interpuso el recurso, el juez de faltas comunicó al titular del alto tribunal, doctor Amílcar Baños, que una vez notificados de la falta que se les imputaba, ayer había dictado sentencia absolutoria, disponiendo la libertad de los nombrados.
En cuanto al doctor Alfonsín, continúa detenido en la comisaría 3ª de esta ciudad, sin que existan, según se informó, restricciones en torno de visitas, de familiares y amigos.
Al respecto pudo conocerse que el doctor Alfonsín, una vez notificado de la resolución de arresto, decidió presentar apelación, a cuya redacción se encuentran abocados los profesionales ya mencionados anteriormente.

Fuente: La Nación, 4-IV-1968

Hubo incidentes en la Recoleta al prohibirse un homenaje a Yrigoyen (La Prensa, Domingo 13 de octubre de 1968
Fue impedido por la policía el acto de homenaje al expresidente Hipólito Irigoyen, que se había anunciado para ayer a las 11, en el cementerio de la Recoleta. Había sido organizado por el disuelto Comité de la capital de la Unión Cívica Radical del Pueblo, y consistía en la colocación de una palma de flores en la tumba que guarda sus restos, ceremonia que según manifestaron dirigentes de aquella agrupación, debía realizarse en silencio y en forma ordenada. Se hallaban presentes entre la concurrencia los doctores Arturo U. Illia y Ricardo Balbín, y el señor Francisco Rabanal.
Cuando la columna se dirigía al lugar donde se halla la tumba al ex presidente, la policía, encabezada por el comisario de la seccional 19 impidió su realización. Hubo protestas y varias personas fueron detenidas. El público fue alejado a empellones y
gritos por la Guardia de Infantería y cuando las protestas arreciaron, algunos de los asistentes fueron golpeados por los soldados. Para dispersarlos intervino el camión hidrante Neptuno, que mojó, inclusive a miembros de cortejos fúnebres, que eran ajenos a los sucesos. Fue desalojada la plaza y los alrededores, mientras que los detenidos eran trasladados por automóviles patrulleros a la sección 19.
Posteriormente, en la Plaza San Martín, los organizadores del acto colocaron la palma de flores destinada a Hipólito Irigoyen en el monumento a San Martín. En esta oportunidad, pronunció una breve alocución el doctor Angel Beiró.

En la Recoleta
Como el acto que se pretendió realizar en la Recoleta había sido prohibido por la policía. Ésta en previsión de que lo intentaran, situó en las inmediaciones del
cementerio un camión Neptuno, dos carros de asalto de la Guardia de Infantería, dos automóviles patrulleros de la sección 19, y numerosos agentes de uniforme y de civil. Previamente se colocó una guardia de agentes uniformados rodeando el monumento al ex presidente, ubicado a 150 metros de la puerta del cementerio, que alejó a las personas que trataban de acercarse a él.
Cuando algunas personas habían comenzado a ponerse en movimiento en dirección al sepulcro, el comisario de la sección 19 señor Roberto Estéban Pidal, dispuso que cinco agentes uniformados formaran una valla en el camino de acceso a pocos metros de la entrada principal del cementerio, maniobra que obligó a los concurrentes, cerca de 150 personas, a agruparse en la entrada. En ese lugar los asistentes, fueron advertidos por el comisario mencionado de la prohibición del acto, lo que originó protestas entre la concurrencia. El doctor Angel Beiró trató de disuadir al funcionario reclamando por lo que consideraba “un abuso y una injusticia”.
Igualmente, el señor Rabanal, apeló ante el policía, éste mantuvo su actitud porque se produjeron entonces diversas manifestaciones de protesta por parte de los asistentes. En esos instantes en medio del tumulto, se vio caer al comisario, quien era tenido por las manos por un joven mientras otras personas trataban de prestarle apoyo. Al ver esto, los cinco agentes que formaban la valla se lanzaron entre el público y se llevaron detenido al joven que lo había sostenido, después de aplicarle algunos golpes en el cuerpo.
Actúa la policía
Mientras esto ocurría, numerosos hombres y mujeres aclamaban a la libertad y arrojaban volantes con leyendas como estas:

“Pese a los golpes militares, defendiendo ideas y no hombres” y “UCRP siempre en la lucha junto al pueblo”.

Varios policías uniformados llevaron a empujones al detenido hacia un vehículo policial donde lo introdujeron a viva fuerza, entre las protestas del público y el llanto de varias mujeres que “pedían que no lo golpearan más”. En su defensa corrió el doctor Ricardo Balbín y junto al automóvil mantuvo una discusión con el sub-comisario Santiago Vilas.
Este se hallaba visiblemente exasperado y repetía: “Doctor, le pido que se retire”, mientras que el doctor Balbín, también en alta voz, hacía oir sus protestas. Pudo saberse que el detenido era Eduardo Saguier, estudiante de sociología, de 25 años de edad.
Este hecho distrajo un tanto la vigilancia policial, oportunidad que aprovecharon los manifestantes para encaminarse hacia la tumba. Advertido el hecho marchó hasta allí una columna de la Guardia de Infantería, junto con policías en traje civil, entre los que se hallaban el comisario Pidal y el sub-comisario Vilas.

Bastones y gritos
Ya junto a la tumba, hasta donde había podido llegar parte de la concurrencia, intervino la policía y, mientras los soldados de la Guardia de Infantería rodeaban el monumento esgrimiendo sus bastones y carabinas, el comisario Pidal se dirigió al ex presidente de la Nación Arturo U. Illia, que en esos momentos avanzaba con varias flores en la mano.
“Doctor –dijo—usted que es sensato, pida a esa gente que se retire. El acto no se puede realizar y yo cumplo ordenes”. El doctor Illia inició el regreso rodeado de varias personas y en esos momentos una señora expresó a gritos su protesta “ya estamos cansados de tanta policía”. “Basta de injusticias” expresó, y entonces fue sujetada entre dos agentes y trasladada hasta un vehículo policial. Se trataba de la profesora Ana Rivero Almagro de Paz. En el ínterin los asistentes eran desalojados del lugar a empujones entre los gritos de los soldados de la Guardia. También, utilizaron los bastones y las culatas de las carabinas, que portaban. En estas condiciones, parte de la concurrencia fue obligada a marchar hasta la puerta de entrada del cementerio.

Otros Incidentes
Al llegar a ese lugar, el joven Gabriel Salas Oroño, argentino de 17 años, fue arrojado contra una puerta, produciéndose la rotura del vidrio de la misma. El joven fue tirado al suelo y entre los restos de vidrio castigado a golpes de bastón y a culatazos por 5 o 6 soldados de la Guardia de Infantería. Arreciaron sobre él los bastonazos y puntapiés que en forma sostenida le propinaban los agentes produciéndole una herida cortante en la cabeza. En esos momentos, el padre del menor, José Salas Oroño, argentino de 51 años, se lanzó sobre los policías tratando de castigarlos con el mango de un paraguas. Esta reacción irritó aún mas a los soldados y mientras unos lo sostenían tratando de reducirlo, otros le aplicaban golpes en la cabeza con los gruesos bastones. Cuando el hombre cayó al suelo, atontado por los golpes, varios agentes continuaron con su acción violenta. Luego fue arrastrado por la acera y al querer incorporarse le aplicaron un golpe que lo arrojó de espalda sobre el cordón de la acera, entre aguas estancadas. Luego se lo tomó e introdujo en un vehículo policial.
Agua y nuevos detenidos
En el exterior, mientras la Guardia de Infantería se aprestaba a desalojar la plaza vecina, el camión Neptuno ejercía su acción contra las personas que se hallaban en la acera del cementerio. Con su potente chorro de agua fueron empapados puesteros de flores, periodistas, asistentes al acto y otras personas ajenas a lo ocurrido. Allí fue detenido Rubén Extinguí, argentino, de 25 años, soltero.
Acto en la plaza San Martín
A las 12, varias personas que descendieron de automóviles se dirigieron hacia el monumento al general San Martín. A su frente marchaba el doctor Angel Beiró y el profesor Antonio Caputo, quienes llevaron la corona que no pudo colocarse en el sepulcro del ex presidente Irigoyen, y que finalmente fue colocada al pie del monumento al Gran Capitán.
En esa oportunidad, habló el doctor Beiró para expresar: “Esta palma, que representaba al homenaje de la UCRP a Hipólito Irigoyen y que por obra de la violencia no pudo ser colocada en la Recoleta, ha sido puesta ahora en el monumento al Libertador, como un homenaje imperecedero al espíritu civilista de don José de San Martín”.


Fuente: La Prensa, Domingo 13 de octubre de 1968


























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