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lunes, 28 de julio de 2014

Enrique Mosca: "Discurso en la Plaza de los dos Congresos" (8 de diciembre de 1945)

Señores y señoras: Vivimos instantes de categóricas definiciones.
Por un lado la inconsciencia de esclavitud y la vuelta a la subversión de los valores humanos y el derrumbe de todas las conquistas de la libertad y el derecho. Por el otro la salvación de la soberanía pública, la resurrección de la dignidad ultrajada, la tumba eterna de las ambiciones enfermizas y el triunfo del pensamiento sobre la furia de la delincuencia y sobre la ignorancia y la perversidad.
Está en peligro el acervo histórico de esta nación que es nuestro crédito y nuestro orgullo y para nada cuentan los secundarios planteos que solo contemplan la convivencia de un partido, las ventajas de un núcleo o los estrechos intereses del problema individual. Por sobre todo ello y para honra de todo ello queremos una masa compacta hermanada en la angustia esperanzada en la victoria de la causa digna que funde sus fervores y conjunciones sus energías para destruir la emboscada fatídica de los falsos apóstoles que pretenden burlarse de las leyes de la conducta y de la historia para satisfacer sus bajos apetitos y el sueño de sus ambiciones patológicas. Tenemos el deber de mostrar al mundo de entero que en esta actitud de entereza cívica no prende el brote de la tiranía ni hay clima fecundo para el culto del cinismo de la falsía y de la mentira lucrativa y contumaz. Tenemos el deber de dignificar nuestra propia conciencia, aportando a la luz de la idea la contundencia de la acción y hacer incorruptible esta lucha de las comunes inquietudes, si quisiéramos honrar el recuerdo de aquellos inmortales próceres que se fueron al reino de la eternidad confiados en que dejaban el destino del país a hombres capaces de custodiar su fama y dispuestos a arrancar de cuajo las malezas que comprometen la integridad de su gloria.
Dejarse arrastrar por la telaraña de la indiferencia cívica es una forma de complicarse en la corrupción desdorosa y fatal; sacudir la modorra del espíritu y alistarse en las huestes altivas y responsables es servir a un imperativo de la propia conciencia y enaltecer los tributos de la nacionalidad. En la vanguardia están los ejércitos aguerridos y pundonorosa; el de las mujeres, dignas emulas de aquellas defensoras de nuestras libertades primigenias, y el de esos estudiantes modelados con esencia de heroísmo imbatible custodias de la altivez ciudadana y mártires integérrimos de una doctrina sin mácula cuya sangre volcada en la refriega significa un baldón para la historia sombría de la barbarie ensoberbecida, pero que también ha de ser abono milagroso en la afloración esplendente de los supremos ideales. Para esa juventud y para esas mujeres indómitas y aherrojadas, la gratitud justiciera de la patria ha de levantar en horas venturosas la estatua aleccionadora de la guapeza modelada en el mármol del estoicismo y apoyarla en el pedestal de la admiración.
La Nación que se honra con tales mujeres y que cuenta con una juventud de esa bizarría y de ese temple, no puede dejarse arrebatar la limpidez de su honorable ejecutoria ni puede entregarse sumisa al arbitrio de la delincuencia puesta al servicio de subalternas y desnaturalizadas pasiones.
Recordemos con Mitre que “la vida no merecería la pena de ser vivida si ella no fuera lucha y trabajo en Pro del bien”. Por eso en el nombre sagrado de la Patria yo acuso en este acto por el delito de lesa argentinidad a todos los hombres enfermos de indeferencia o atacados de claudicación moral que en esta hora obra decisiva de la ciudadanía mezquinan su apoyo y fomentan la desarmoniza, permitiendo que la pasión bastarda de las tiranías oprobiosas empujen al Estado hacia el precipicio del bochorno, del descrédito y de la fatalidad. Tenemos un mandato que obedecedor y una moral que servir y yo todavía tengo fe en las fuerzas potenciales de la patria. No pueden ser legión los que venden su dignidad para complacer el goce efímero y subalterno de su hambre física y en su vanidad engañosa por una postura desfigurada por cuatro dineros conquistadas merced a tan deshonesto precio; no pueden ser legión los mercenarios de la idea, incapaces de encuadrar en defensa de una doctrina o de servir las demandas de las consecuencias; poco valor tiene la desmonetizada independencia moral al calor de menguadas especulaciones; no pueden ser legión los huérfanos de razonamiento y los afectados de miopía mental, que sin noción de la altivez y del decoro se entregan a las comparsa de la desvergüenza y del ridículo bajo el comando de los profesionales del servilismo, que así solazan el animo deforme de sus histriónicos patrones. Unos y otros ya tienen suficiente desventura con ser células negativas en el organismo social.
Pero lo doloroso y entristecedor es que pueden ser legión los que sin pensarlo ni quererlo obstaculizan esta armonización nacional que pregonamos demorando la suma de los esfuerzos y la unificación de los valores para asestar el golpe de gracia a todo intento absurdo y vandálico que pretende alterar la voluntad ciudadanía y burlar las determinaciones de la soberanía popular.
Los hombres del radicalismo que dentro del partido hemos definido categóricamente nuestra firme posición a favor de esta cruzada de la salvación nacional obramos en razón de una profunda coacción espiritual pero también lo hacemos porque somos disciplinados y acatamos respetuosamente las resoluciones adoptadas por la convención nacional ----la mas alta autoridad del partido--- que en sus sesiones de enero, abril y mayo de 1943 ha sellado la unificación de las fuerzas democráticas como una exigencia impostergable “al defender nuestras instituciones y los principios democráticos que son su esencia para cimentar la solidaridad argentina con la naciones que luchan por la democracia y para adoptar las previsiones conducentes para superar la crisis futura en el orden político, social y económico”
Lo lógico pues, y lo cuerdo es servir al partido para el ejercicio de la disciplina y de la lealtad.
Por otro lado la unión de fuerzas democráticas es hoy una exigencia del patriotismo y yo me siento más radical y creo servir mejor a mi partido cuando sirvo a los altos intereses de la Nación, porque el radicalismo es precisamente eso; sacrificio personal altruismo y dorado, abnegación sin limites y culto del heroísmo en holocausto de la autentica argentinidad.
Quien me atribuye personales ambiciones o me sospeche un cultor de mezquinas  o menguadas intenciones ofende a la verdad y salpica de miserias su propia hidalguía. Nada busco si quiero para mí, personalmente. Sólo me apasiona el bien del país y me inflamo de emoción ante el espectáculo edificante que en esta jornada están ofreciendo los partidos democráticos al aunarse sin miramientos ni reservas, con un gesto de desprendimiento y de ejemplar patriotismo que los enaltece ante el juicio público. Quien regatee su adhesión y su impulso se basa en cálculos de especulación electoralista, reduce el problema a términos mezquinos, traiciona la ventura nacional.  No ha de fatigarme la reiteración de un concepto que estimo fundamental y supremo dentro del plan armónico de las postulaciones nacionales. Por sobre el triunfo en los comicios ha de preocuparme el triunfo de la gestión constructiva del gobierno. Arduas y compleja tareas esperan a los futuros poderes públicos en el esfuerzo por restaurar las organizaciones que están tan dislocadas; por tonificar la Republica y por recuperar la forma ante el consenso universal. Nuevas e imperiosas exigencias y una transformación fundamental en los principios y los procedimientos, demandan la atención de los mejores y el aporte de todos los que anhelan la restauración de nuestra existencia armónica y el goce de la ponderación internacional. Se impone el imperio y el ejercicio de éticas menos declamatorias y más realistas y humanas.
Partidario decidido sincero y fervoroso de la superación y la felicidad de las fuerzas productoras y proletarias que enaltecen esta jornada brillante de civismo, no solamente se han de mantener las conquistas legitimas logradas por la familia obrera sino que han de superarse pero ordenándolas y legalizándola por el resorte de sus organismos competentes y naturales. Se tergiversa la verdad histórica si se niega que los partidos políticos democráticos y tradicionales no velaron por siempre por la superación del hombre que elabora y en Pro de las relaciones equitativas y armónicas del capital y el trabajo; pero sin especulaciones catequísticas, y al influjo de un sentimiento de limpia ecuanimidad, para que el hogar del hombre que trabaja no sufra la angustia de la insuficiencia y la pesadumbre de la necesidad. Y para esta pesada faena de restauración social, política y económica, será menester la fusión de todas las energías, la solidaria comunión de todas las buenas intenciones y la coordinación de todas las posibilidades, para que no se malogren las capacidades ni los alientos creadores por luchas antagónicas, de funestas derivaciones, que perturbaran la obra efectiva necesaria para el progreso de nuestra grandeza potencial. Estemos en guardia ante la estrategia solapada de los bravucones y los derrotistas. Se esgrime la amenaza, se siembra el terror, se fomenta el escepticismo, se juega la mentira, se esparce la intriga y se infunde el desaliento. Ante esas armas innobles y ante esos duendes de lóbregas intenciones hay que reaccionar con confianza y entereza, conviniendo con Ingenieros que dice: “De esas sensibilidades, ninguna grandeza esperan los pueblos”. Pero lo grave y delictuoso es que los claudicantes y los audaces explotan con pasión demagógica el nombre de nuestros gloriosos lideres para dividir al radicalismo y desmembrar el frente democrático favoreciendo la burda treta de aquellos desiguales adversarios que se empecinan en escamotearnos los nombres de Alem y de Yrigoyen y el suplantar con desgraciado acierto el de Alvear para sembrar la confusión y la anarquía.
Tenemos una historia que respetar y una misión que cumplir, invoquemos los manes de la liberación de Mayo y de la emancipación de Julio, polarización de las épocas luminosas, pero necesitamos a quienes pretenden esconder su nazi fascismo bajo el simbólico uniforme de las pundorosas milicias el derecho para invocar con triste ventura el augusto nombre del gran libertador mientras en el alter de su veneración queman incienso sombrío al “restaurador de las leyes”, al que endiosan en sus arrebatos instintivos de desviaciones morales. Son un feliz consuelo saber que salvan del apostrofe militar a patriotas austeros que han sabido sustraerse a la desviación dolorosa. Para ello las simpatías de un que execra a sus judas pero que sabe consagrar a sus leales servidores.  Entendamos de una vez que el país vive distantes de trágicas personalidades. Están en pugna dos ideologías antagónicas excluyentes e irreconciliables; la democracia tiene honda raigambre espiritual y pierden su tiempo los sicarios de la regresión y el totalitarismo si ambicionan hacernos descender el camino andado en el desarrollo de la cultura política y del progreso de nuestras instituciones republicanas
Nos ampara una tradición y nos da eternidad de gloria una Constitución sabia, humanista y libérrima que repele todos los absolutismos y que abre sus liderazgos y que abre sus brazos con fraternal espíritu cristiano a todos los hombres del mundo sin otro requisito que si del a buena voluntad y sin otras credenciales que la de ser gente de paz y trabajo.
Nuestra tierra es un regazo prodigo y llama perenne de concordia y fraternidad. Empañan nuestra fama y amenguan nuestra grandeza los que nacieron en esta patria por una aberración del destino y se empecinan en trasplantar a nuestro suelo los crímenes fascistas y de abominable factura nazi, que descubren la deformación mental de sus ejecutores y que niegan la siembra fecunda de la civilización. Solo la obra del desequilibrio psíquico o un resabio de animalidad primitiva puedan envalentonar a esas turbas enceguecidas en esa campaña de odio y de embriaguez. Fue otra la predica de Cristo y es muy distinto expresar el sentimiento de hombre que ha asimilado los preceptos de la cultura que no se ciega de la razón humana y que lleva en el corazón y en la mente un halito de altivez espiritual.
Que el juicio sereno ilumine a los ciudadanos de esta tierra para que la patria salga airosa de esta encrucijada traicionera que le esta tendiendo la audacia y la irresponsabilidad.




























Fuente: Discurso del Dr. Enrique Mosca en el Acto de la Unión Democrática en la Plaza de los dos Congresos en la Ciudad de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1945
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Gabriel del Mazo: "Betancourt y la Generación del '28"

Cuando publique en 1927 mi compilación sobre la Reforma Universitaria, prologada y anotada, en 6 tomos, costeada por el Centro Estudiantes de Medicina de Buenos Aires, a iniciativa de su presidente, Horacio Trejo, lo primero que hice fue conseguir fuese enviada a todas las Federaciones de Estudiantes de nuestra America. Y resulto que, cuando en 1945 visite por primera vez Venezuela, invitado por el Ministerio de Educación, con vistas al proyecto de Ciudad Universitaria que tenia entre manos, fui recibido en la Universidad Central, en Caracas, por Jovito Villalba, aquella brillante figura del Movimiento reformista inicial, quien, al saludarme, en nombre de la Universidad, relato que en 1927, Raúl Leoni, actual Presidente de la Republica, y en ese entonces presidente de la Federación de Estudiantes, Federación que en ese 1927 acababa de ser reorganizada, se le allego un día entusiasmado diciéndole:

"Mira este libro de del Mazo sobre la Reforma. Aquí esta todo lo que andamos buscando, y, además, con la experiencia de los ensayos en la Argentina y otros países. Tenemos que asimilar eso conforme a lo que nos es igual y decidir sobre aquello que en nosotros deba ser diferente".

Y expreso a continuación como el clásico movimiento de la generación llamada del 28 (sucesos del 6 a 12 de febrero de 1928), en cuanto a sus ideas sobre la Universidad y el problema de la popularización de la cultura, era hijo del que nació en la Córdoba argentina de 1918. Esa generación venezolana de 1928, puede decirse, es la que inicia la quiebra del feudalismo gubernamental y, correlativamente, del feudalismo universitario.
De los activantes de ese movimiento generacional venezolano, conocí en aquel entonces, por carta, a Rómulo Betancourt, que había sido secretario de la Federación, ya deportado por los mencionados sucesos. Después, en Buenos Aires en 1941, lo conocí personalmente. Venia desde Chile. Lo primero que hizo fue comunicarse conmigo y  quedar en que iría por casa a las 9 de la noche y que cenábamos juntos. A eso de las 8 recibí otro llamado de el, preguntándome si no podía esperarlo un poco después de las 9, pues a las 8 tendría que cenar con el doctor Repetto, que le acababa de invitar para hacerlo en su casa. Así quedamos.
Llego muy poco después de las 9, sin poder ocultar su risa. No nos conocíamos personalmente, como he dicho, pero el hecho fue que no alcanzo a sentarse para exclamar: "Pero dime, ¿esa es la vanguardia política argentina?" "Esa es la que ustedes consideran que es la vanguardia". "Si es así, yo no tengo nada que ver con eso". "Esta sorpresa mía sucede porque en nuestra America no nos conocemos". Y agrego: "Vengo muerto de hambre. Creía arreglarme el doctor con una presita de pollo y una sopita. El seguía su régimen de noche, yo no. Así que, “¿vamos a cenar?". Así lo hicimos. Contó que la entrevista fue para el incomoda, pues el anfitrión estuvo hablándole de la inexistencia entre nosotros del problema imperialista" tal como los jóvenes lo planteaban". Pero mas aun, venia tomándole examen sobre Venezuela, y de pronto, le dijo: — "Pero dígame señor Betancourt, cual es la posición étnica. . . (y según su modalidad fonológica, repitió "étnica") del pueblo venezolano? " "¿Y tu que dijiste?" "Yo considere que había llegado el momento de cortar por lo sano y le conteste: "¡Café con leche, doctor, café con leche; todos somos mulatos!".
Betancourt estaba de buen ánimo y me dijo por que. Habían asumido la tarea de fundar Acción Democrática y querían que Rómulo Gallegos fuese su presidente. Al final de varias negativas, tenia ahora la noticia de que había aceptado. Y me contó una observación políticamente interesante: Gallegos, que para toda la nueva generación era "el maestro", había sido profesor en el Liceo donde estudiaron todos ellos, pero allí se desempeñaba como profesor y ahora se necesitaba un orador político, y don Rómulo Gallegos se acomplejaba en la tribuna mayor por falta de habito; y eso, desde el punto de vista popular, no andaba. Años después, en 1948, estuve en la asunción presidencial de Gallegos. Poco antes se llevo a cabo un acto de homenaje de los escritores y universitarios que concurríamos invitados, acto que se llevo a cabo en el Hotel Ávila. Arciniegas ofreció la demostración y, cuando se dispuso a contestar Gallegos, acreció la expectativa. Pues, señor, estuvimos en presencia de un gran orador, de preciso y precioso lenguaje y de intencionadísimo concepto de circunstancias. Le transmití' esas impresiones días después a Betancourt y, riéndose como a saltos, según su modo, me dijo: " ¡Ah, si, chico! Muy bueno nos resulto en oratoria nuestro maestro, pero ahora me parece que esta hablando muy bien, pero demasiado". El discurso se llamo en los periódicos "De las armas y de las letras. . .". A fin de año, Gallegos caía dignamente por no ceder a las armas.
Betancourt, en sus años mozos, junto con otros jóvenes de la pléyade estudiantil deportada o perseguida, enseño con su vivir y su conducta a los hombres de su generación en todos nuestros países, y dejo un ejemplo para las generaciones sucesivas. Rómulo Betancourt lega en vida, con propias características una actitud moral de luchador que nunca contradijo, un paradigma de cuanto es el deber de la juventud, y hasta un derrotero de comienzos dramáticos, resultante de una generación sin maestros. Esa generación tuvo que encontrar a tropezones y sufriendo, su camino, es decir aquello que los comunistas llamaban despectivamente "la formula criolla de liberación". Pero, la explicable imantación marxista en aquellos jóvenes que salían al exilio, sin relaciones y con solo "la literatura prostituida y genuflexa de los estilizadores de la dictadura”; mas aun cuando ofrecía programas sociales a quienes no los tenían y los deseaban, obro su parte en los años del destierro de Betancourt.
Pero el reacciono inteligentemente, sin duda por su innato sentido nacional, que obligaba a aplicarse a las cosas nuestras, sin anteojeras ideológicas, ni cartabones impuestos. Su espíritu ágil, crítico, libre lo volvió a los cauces autonómicos proclamados desde 1918, o sea, al de aquel Movimiento que señalo a las futuras generaciones continentales, su destino: realizar las grandes aspiraciones colectivas, según nuestros factores históricos, y marcar con claridad las rutas que en consecuencia, correspondía seguir a nuestros países. Los jóvenes enseñarían a concluir con las tendencias de supeditación imitativa y ciega al ejemplo europeo, que significaba nada menos que entregar la dirección mental y, en consecuencia, política, económica y espiritual. Así, Betancourt pudo decir en ese entonces: "Somos demasiado realistas para importar el socialismo marxista con el mismo criterio servil y colonialista de los abuelos del año 10, cuando trasplantaban a America las constituciones jacobinas, sin previamente adaptarlas a nuestra realidad, distinta de la europea".
Rómulo Betancourt recorrió varios países durante su exilio, siguiendo la política afirmativa de "apunar nuestras verdades", como gustaba decir. Puso una subyugante e infatigable capacidad animadora y organizadora. Poco a poco, su figura joven, con la de sus grandes compañeros venezolanos, fue encarnación del pensamiento y acción renovadores, ejemplo tanto mas valioso cuando después sobrevivió en su vida, con admirable continuidad. Cuando en 1941, según relate, me visito en Buenos Aires, ya tenía en su haber las experiencias del Movimiento de Organización Venezolana y del Partido Demócrata Nacional, primeras aunque insuficientes manifestaciones del despertar político de Venezuela. Estaba a punto de entrar nuevamente a su tierra, donde, como dije, se fundaría Acción Democrática.
Venia en lo inmediato de Chile, donde en un gran acto público, acababa de formular el programa americanista que señalo como opuesto "al criterio con que los gobernantes administraban sus fondos, considerando las fronteras alzadas entre una nación y otra como trasuntos de la alambrada latifundista que separa la gran hacienda de la del vecino y enemigo". En ese acto, refirmo nuestro destino político: "Sin desconocer que formamos parte de una comunidad mundial, y que la forma con que se resuelvan los problemas colectivos en otros continentes repercute sobre el porvenir de nuestras 21 patrias, tenemos el deber irrenunciable de afirmar nuestra personería política, económica y cultural, y luchar por que America sea para los americanos, como etapa insoltable hacia el momento de poder actualizar la aspiración del estadista argentino, de que America sea para la humanidad".
Cuando 4 años después viaje a Caracas, pude comprobar el titánico esfuerzo del notable grupo de hombres que rodeaban a Rómulo Betancourt bajo la egida moral del maestro Gallegos, para reconstruir una Nación y levantar un nuevo Estado, sacando fuerzas de la nada, aunque si de sus sueños y de la progresiva conciencia sobre los grandes problemas nacionales. Conocí esa promoción, muchos de los cuales me visitaron ni bien llegue, pero principalmente en las tertulias del diario "El País" dirigido por Valmore Rodríguez, mientras Betancourt escribía el editorial cotidiano, que iba con el clisé de su firma y se caldeaba el comentario político en ese piso alto de Palma a Municipal, con la participación, entre otros, de Andrés Eloy Blanco, Raúl Leoni, Luis Alberto Figueroa, Gonzalo Barrios, Alberto Carnevali, Luis Troconi Guerrero, Luis Lander. . .
Luego, con Betancourt recorrimos el valle hasta Carabobo, pasando por Mérida, y, desde ya, por La Victoria y Maracay. Ahí pude valorizar más el esfuerzo de creación y organización. Solamente un puñado de hombres, aunque esforzados y fervorosos, iban fundando y acreciendo el nuevo partido nacional y social, democrático y revolucionario, en todo el país. Vi con emoción como eran los mismos cuadros de la Reforma, que habían pasado al campo político para cumplir con el deber correlativo, y vi ahora en Venezuela, como esta hermandad en todos nuestros países, nos daba conocimiento personal, sin jamás habernos visto, y como era posible de inmediato comprenderse recíprocamente con medias palabras.
Al pasar por Maracay, de regreso, entramos a la casa que fue del tirano que dirigió por décadas aquel país, —como apunta Picón Salas, "convertido en potrero rural donde engordaban, mordían pasto y procreaban los sementales amansados de la dictadura gomecista". La casi presencia virtual del dueño de casa, y de Venezuela, en medio de sus increíbles cachivaches, chafalonías y otros abalorios de mal gusto, como grandes diplomas que exaltaban su genio benemérito, me produjo repugnancia, pero también una triste impresión rememorativa ahora avivada, de lo que habían sido los sufrimientos de ese gran pueblo. De ese pueblo que, con el nuestro, habían hecho de sus capitales los dos focos irradiantes de la revolución de nuestras naciones por la libertad. Betancourt estaba profundamente impresionado. Nos quedo fuerza, e instados por mi amigo Juan Antonio Cova, que nos acompañaba y políticamente era como nuestra contrapartida, visitamos la  tumba del Tirano Gómez. En el camino, riéndose cordialmente, Cova le dijo a Betancourt: "Va a tener que descubrirse ante la tumba del ultimo de nuestros grandes caudillos". Betancour sonrío y, al descubrirse, nos dijo: "Claro que me descubro porque este ni ordena ni mete miedo...; ¡A los muertos hay que respetarlos...!"
Cuando me dispuse a regresar a Buenos Aires, Betancourt estaba en Carúpano, en plena campaña política. Me escribió una carta (9 de marzo de 1945), despidiéndose. Me decía:

"Mi querido Gabriel: En esta ciudad donde estoy, con sus 25 mil habitantes, puerto importantísimo del oriente, no hay muelles ni agua potable y el hospital es una vieja casa de bahareque. Traigo en estos momentos la angustia clavada en el espíritu después de recorrer sus salas sucias y destartaladas, y en ellas hacinada una humanidad doliente. Los Estados petroleros visitados -Anzoategui, Monagas- han confirmado el juicio que ya tenía sobre ellos. Lo "americano" suplantando a lo criollo. Carreteras negras, como aquí se las llama, asfaltadas, las carreteras de los "americanos", coexistiendo con pésimas vías de trocha construidas por el Ministerio de Obras Públicas. Pueblos de millares de habitantes construidos con los materiales mas precarios -el cartón sirve aquí para hacer paredes- frente a las organizaciones gringas con sus "bungalows" y sus campos verdes y sus escuelas de coqueta arquitectura. Letreros en ingles sobre las paredes de los mabiles (versión venezolana y dantesca del cabaret). Pero frente a esto, lo negativo y adventicio, lo desvenezolanizante y desamericanizante, la gran fe intacta: de este pueblo, el fervor de la juventud, el ánimo valiente de resistir. Regrese a Caracas con ricos reservorios de confianza. El contacto directo con las multitudes desnutridas fisiológicamente, pero con soterradas energías espirituales, me ha hecho mucho bien. Me ayudara a resistir la tentación de callar, eso que acecha a cada paso a quienes hemos asumido una responsabilidad social.
"No te imaginas cuanto lamento que este viaje inevitable mío me ha restado dos semanas de cordializacion contigo. Si antes te estimaba intelectualmente, ahora te valorizo en tu calidad humana. La gente viene a Venezuela y se las gana lo caraqueño, ese ambiente amable de ciudad frívola y confiada que tiene nuestra pequeña versión "porteña".
"Ojala pudieras dejarme con Carmen copia de tus observaciones. Quiero saber los cambios que señalas para afrontar nuestro problema de educación. Ahondar en el, estudiarlo a fondo, es una de mis aspiraciones mas vehementes. Tengo confianza plena que llegaremos a ser gobierno. No importa el tiempo que se requiera para alcanzar el poder; pero lo cierto es que lo tendremos algún día en nuestras manos. Y entonces será hora de realizar todo esto que es hoy un mundo de sueños y de anhelos.
"Recibe un abrazo de quien te estima y quiere, Rómulo".

Ya estaba presente el estadista en formación plena y el animador encendido de un partido, de un pueblo y de la organización del nuevo Estado. La dura realidad formando parte del idealismo, consustanciado y comprometido con ella para elevarla. Pero el estadista, en la transformación de las estructuras feudales, sin ira ni mesianismo, venciendo el colonialismo económico sin separar de la política de sus valores éticos y humanos. Sentido democrático, hondo convencimiento de que para nuestros hombres y para nuestros pueblos, la dignidad es la libertad o la justicia con libertad.
Me he detenido en la figura joven de Betancourt, que surge del halito de la Reforma, con independencia del enriquecimiento posterior de su personalidad, para mostrar el aspecto señero del estudiante que cumplió su parte en el programa común imperativo de las nuevas generaciones universitarias continentales, que no partieron de nuestra supuesta inferioridad, y combatieron aquello que impedía nuestra autentica expresión: las estructuras de dependencia interna e internacional de nuestras naciones. Inclusive, al futuro Presidente, dio el personal ejemplo, hecho de equilibrio y honradez, de liberarse del consabido infantilismo tremendista que busca realizar prontamente los programas que aparecen como perfectos, desviación tan propia de las iniciaciones políticas juveniles que terminan en el escepticismo, en el descastamiento o en lo que no quisieron, el daño social. Tal cosa pudo ser en Betancourt porque hubo en el un pensador centrado en el quicio de su pueblo, y que enseño que la realidad mas opuesta no resiste la voluntad que revoluciona con el pensamiento creador y la acción ordenada y tesonera.
Al final de ese mismo año, octubre de 1945, Betancourt presidía Venezuela como presidente de la Junta Revolucionaria, y en 1947 se realizaron, por primera vez, elecciones libres y universales, y por primera vez en nuestra America, con voto de hombres y mujeres, dictándose la nueva Constitución democrática. Era yo Ministro de Defensa en el Gobierno argentino y fui designado como Embajador Extraordinario a la toma del cargo. Muchos representantes de otras naciones me preguntaron después de la ceremonia, por que el Presidente, fuera del protocolo, me abrazo. En 1964, cinco años después, según los términos constitucionales, asumió el gobierno como Presidente de la Republica, Raúl Leoni (la primera sucesión normal de jefes de Estado en Venezuela en toda su historia), y lo mismo ocurrió cuando también en el acto oficial lo salude. Es que uno y otro eran el secretario y el presidente, respectivamente, de la histórica Federación de Estudiantes reformistas de 1928. 




















Fuente: “Grandes Amigos Americanos” en Vida de un Politico Argentino del Ing. Gabriel del Mazo, Editorial Plus Ultra, 1976
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sábado, 26 de julio de 2014

Emilio Gibaja: "Estaba Preso" (26 de mayo de 2010)

Días atrás pude ver por televisión un programa conducido por la señora Nara Ferragut, en el que se formulaba la siguiente pregunta: 

¿Qué estabas haciendo cuando murió Evita?

Me sorprendió la pregunta, pero decidí contestarla públicamente.
Estaba preso en el cuadro 10 de la cárcel de Villa Devoto (desde mayo de 1952 hasta enero de 1953). Eramos más de cien los detenidos en ese cuadro: socialistas, radicales, estudiantes de la FUBA (la de entonces), anarquistas del Sindicato de Plomeros, independientes y los «eslavos» procesados por la ley 4144, que llevaban 3 años presos.
Yo lo estaba en mi doble condición de radical y universitario que me oponía a la dictadura de Perón, desde ese día «viudo de Eva Duarte».
Durante 30 días debimos rendir un «espontáneo» homenaje diario, parados delante de nuestras camas a las 8.25, hora fijada para que «la señora pase a la inmortalidad».
De no hacerlo, éramos enviados por 30 días al «triángulo de castigo», por orden del director de Institutos Penales, señor Pettinato, a quien Kirchner rindió homenaje hace pocos días.
Eso hacía yo y muchos en el país ese 26 de julio de 1952 en «honor» de quien era admiradora de Hitler, Mussolini, Franco, etcétera, y protegía a los nazis llegados al país.




















Nota:  (*) Emilio Ariel Gibaja Abogado. Presidente de la FUBA en 1954. Director de Prensa y Relaciones de la Presidencia de la Nación durante el gobierno de Illia. Secretario de Información Publica de la Presidencia de Raúl Alfonsín hasta mayo de 1985.


Fuente: Emilio Gibaja: "Estaba Preso" en Carta de lectores del Diario La Nacion del (26 de mayo de 2010) 
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viernes, 25 de julio de 2014

Amable Gutierrez Diez: "Repudiamos el Frente Popular" (14 de septiembre de 1936)

El fruto mas característico del confusionismo que pervierte la política argentina es, sin duda, el vergonzante frente popular. Para que las direcciones de la Unión Cívica Radical se dejen llevar de la nariz, a tirones, por el doctor Repetto, es necesario que hayan perdido toda sensibilidad radical. El radicalismo, mayoría incontrarrestable de la población y del electorado argentino, constituye de por si el único frente popular autentico. Y como fuerza nacionalista, intransigente y reivindicatoria, es algo mas que un frente de ocasión, porque es la nación misma pugnando, desde lo mas intimo de su ser, por la realización de sus destinos.
Desde luego, hay un fenómeno de imitación. Hay frentes populares en Europa. Es imprescindible que tengamos nuestro frente. Lo mismo ocurre con el fascismo y con el comunismo. Este es un asunto de moda, como cualquier otro...
El frente popular del viejo continente ha nacido para hacer frente al fascismo. Y, por lo mismo, nuestro frente popular tiene el mismo objeto. Solo que aquí el fascismo, de momento, es un fantasma. Para simular beligerancia, nuestros frentistas se debaten en contra del conservadorismo, de la Concordancia y, con todo genero de disimulos, en contra del general Justo.
El blondinismo de esta politiquería en nada se manifiesta tanto como en esta situación beligerante. Los conservadores, para sobrevivir en el presupuesto, para continuar usufructuando el obsequio que les hizo el general Uriburu, han inventado el peligro del comunismo. Pero, como aquí el comunismo también es un fantasma, califican de comunistas a todos sus adversarios políticos y especialmente a los radicales. En cambio, para los radicales son fascistas todos los conservadores. Veamos un poco la realidad. Tres factores completan el problema práctico argentino, en procura de una sola solución: el Radicalismo, el Régimen y el Poder Ejecutivo nacional, obsesionados por la futura presidencia. Buscarle, de momento, otro significado a la lucha política es complicar las cosas entupidamente. Es innecesario probar que, de estos tres factores, sólo uno tiene gravitación efectiva: el Poder Ejecutivo. Por donde toda lucha, toda agitación, toda dialéctica, toda propaganda, no conduce a otro objeto que al de convencer o captar al general Justo, a efectos de sucederle en la Presidencia de la Nación. Este propósito lo han confesado paladinamente los concordancistas... Y los radicales no necesitan confesarlo porque todas las actividades de las direcciones partidarias, desde que se salio de la abstención, se dirigen angustiosamente en persecución de tal propósito. Dentro de este cuadro ¿que es el Frente Popular, así con mayúsculas?...
El frentismo europeo es un invento producido por la conjunción de dos maquiavélicas tendencias de alcance internacional: la soviética y la francesa. El Soviet ruso paulatinamente ha ido abandonando el terrible lastre de la Tercera Internacional, o sea la propaganda y la acción tendiente a promover la revolución universal comunista...
De tal manera, la Unión Soviética, como expresión internacional, debía entrar en la política europea, siguiendo el «modus» de esta política: su diplomacia secreta, sus alianzas y «ententes», su armamentismo, etcétera. Dos caminos le quedaban a Moscu al liquidar su política revolucionaria en el exterior: licenciar a los partidos comunistas de las demás naciones o utilizarlos a los efectos del nuevo imperialismo paneslavista soviético. Adopto este último.
Como consecuencia de ese cambio fundamental de la ex revolución proletaria, comunista y soviética vino la alianza francorrusa, reproduciendo la clásica política de Paris para contrarrestar el poderío alemán. Renace la política del «equilibrio europeo», de la «hegemonía francesa en el continente, condicionada por el imperialismo británico, de la tendencia a un nuevo «statu quo» que garantice a Francia el libre goce y usufructo de las ventajas obtenidas en el tratado de Versalles...
Los comunistas de entrecasa toman la iniciativa. Siguiendo instrucciones de Moscu, iniciaron una campana profusa, en la que participa gran parte de la prensa, contra el fascismo y en favor de la paz. Ligan estas consignas, con elogios a la democracia, con alabanzas a los partidos democráticos, por más burgueses que sean, con una permanente infiltración en gremios obreros y partidos políticos...
Vese claro el confusionismo de este malhadado frente popular...
Traslada, o mejor dicho pretende trasladar el verdadero problema argentino, sacándolo de su significación real, problema que solo consiste en que el pueblo retome la soberanía por sus mayorías electorales, o sea por la Unión Cívica Radical.
¿Cómo han caído las direcciones del radicalismo en la colaboración contubernista del frente popular?  ¿Ignoran su verdadera significación, sus deliberados alcances? Posiblemente, no. No ignoran nada. Lo único que ocurre es que las direcciones del Partido Radical son ineptas, carecen de orientación, de definición, de heroísmo. Y esto ocurre porque desgraciadamente, el radicalismo, en lugar de ser tornado por sus líderes como la expresión de la voluntad reivindicatoria de la Nación, ha sido tornado como un medio puramente electoral para regresar a la presidencia, o al presupuesto.


































Fuente: FORJA Boletín N°1 "Repudiamos el Frente Popular" escrito por Amable Gutierrez Diez, 14 de septiembre de 1936
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miércoles, 23 de julio de 2014

Gabriel del Mazo: "Carta al Presidente de la FUA Nestor Grancelli Cha" (22 de julio de 1943)

Buenos Aires, 22 de julio de 1943

Señor Presidente de la Federación Universitaria Argentina Don Néstor Grancelli Cha Rosario
Estimado señor Presidente:

Acabo de recibir su nota de julio 15, acompañada del texto de la resolución que tomo el día 10 la Junta Representativa, comunicándome la creación del Archivo y Bibliohemeroteca de la Federación y mi designación como director honorario con el titulo de Guardasello de la Federación.
Acepto el importante encargo y el titulo de pública confianza que se le añade; y quedo reconocido a la distinción que implica, distinción de grado extraordinario, no solo por si misma sino por los fundamentos que trae.
Estimo la creación del Archivo y Biblioteca de la Reforma, de importancia fundamental, creación que quedara afianzada y a cubierto de contingencias, cuando se provea la conducente a lograr que la Universidad Nacional de La Plata sea su depositaria, custodiando aquellos documentos y publicaciones con el carácter de sección de su Biblioteca Central.
Saludo al señor Presidente y miembros de la Junta Representativa con muy afectuosa consideración.


Gabriel del Mazo




























Fuente: Gabriel del Mazo: "Carta al Presidente de la FUA Nestor Grancelli Cha" (22 de julio de 1943)
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Hipólito Yrigoyen: "Día de Fiesta el 1° de Mayo" (28 de abril de 1930)

Siendo universalmente tradicional consagrar el 1° de mayo como descanso del trabajo.

El Poder Ejecutivo de la Nación;

Decreta:

Art.1: Declárase día de fiesta en toda la República el dia 1° de mayo próximo.
Art.2: Comuníquese, publiquese, desé al Registro Nacional y archívese 

Hipólito Yrigoyen (Presidente de la Nación)

Elpidio Gonzalez (Ministro del Interior)




























Fuente: Boletín Oficial de la República Argentina
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martes, 22 de julio de 2014

Gregorio "Goyo" Pomar: "Baja del Ejercito por estar en contra del Golpe de Estado" (22 de marzo de 1976)

Córdoba, 22 de marzo de 1976

Al Comandante General de Ejército (EMGE – Aytia General)

De acuerdo a lo establecido en la Ley para el Personal Militar, Capítulo V Artículo 20 Inciso 1º solicito a SE el señor Comandante General ordene mi baja de las filas del Ejército.

Baso la presente solicitud en el hecho que considero que:

-La toma del poder por parte de las FF.AA. es adoptar una actitud política ajena a todas las funciones y misiones de las mismas.

-La interrupción del proceso institucional que se inició con el apoyo  de la FF.AA., fuerzas que desde un principio fueron conscientes de que dicho proceso tendría serias dificultades, y a pesar de eso le dieron su respaldo, seguros de que era la única solución, es perjudicial para la Nación, por lo tanto no responde al logro de los más altos objetivos de la Patria.

-La Nación necesita a su ejército cumpliendo con las misiones específicas para las que ha sido creado, respaldando el poder civil sin distinción de partidos, apoyando los dictámenes de la Constitución, que es de donde emana el poder de todas las instituciones democráticas, incluidas las FF.AA.

-La fuerza con que hasta este momento contó el Ejército para combatir a la subversión con el éxito que lo hizo, emana justamente del hecho de estar combatiendo en defensa de un sistema democrático, que lo encuadra legalmente en esa lucha y que evita que se lo vea enfrentado en la misma a un pueblo oprimido. No sería así en un gobierno de fuerza, donde se le daría a la izquierda armada argumentos reales y bandera que hace tiempo busca para captar al pueblo en su favor.

-Las naciones donde se practica efectivamente el sistema democrático, donde ese sistema es realmente eficaz y fuerte, son naciones que llevan largos años de práctica en el mismo y desde un comienzo, las crisis, sea cual sea su magnitud, se han superado dentro del marco político y sin la intervención de las fuerzas armadas. Ese ejercicio de la democracia, y la superación de las crisis dentro del sistema, es justamente lo que les da la fuerza que hoy tienen.

Asimismo, de acuerdo a lo que fija la Reglamentación para el Ejército del Decreto Ley Nº 19.101/71 en su Artículo 70 informo que ya he iniciado los trámites correspondientes al cumplimiento del Inciso 1, y que me encuentro bajo sumario en el Artículo 316.


Gregorio Pomar
Teniente Primero.





















Fuente: "La Ruta de la Tirania" por Oscar Muiño para el Diario Perfil de su edición del día 9 de octubre de 2011.
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lunes, 21 de julio de 2014

Ricardo Rojas: "Epílogo sobre la Restauración Nacionalista" (1 de enero de 1922)

La primera edición de este libro apareció en 1909, y en el prólogo de la misma expliqué el origen de la obra. Doce años han transcurrido desde entonces, y habiendo cambiado tanto las circunstancias ambientes, creo necesario nuevo prólogo para esta segunda edición. Dejé pasar el tiempo sin reimprimir el libro, desoyendo incitaciones de lectores y libreros, porque aguardaba para hacerlo una ocasión propicia, que tal vez ha llegado. El editor D. Juan Roldán se propone reimprimir todas mis obras, y en la serie debía necesariamente entrar La restauración nacionalista, cuyos viejos ejemplares suelen andar de mano en mano gracias al préstamo amistoso, o aparecer de tarde en tarde a un alto precio en las librerías de lance. Entre mis obras, ésta es una de las que han alcanzado éxito más sostenido, ruidoso y extenso; de ahí que sea menester, al reimprimirla, informar al lector sobre su discutida historia. Nació este libro de una misión que me confió el Gobierno argentino para estudiar el régimen de la educación histórica en las escuelas europeas. Cumplí el encargo, regresé ami país, presenté el informe y, bajo el título de La restauración nacionalista, dicho informe, impreso oficialmente, fue repartido gratis a los maestros y publicistas de la República. La doctrina de esta obra venía a herir tantos prejuicios e intereses en nuestra sociedad, que de todas partes surgieron voces apasionadas para fustigar al autor. Entre esas voces, no fue la menos mortificante la que en Tribuna (periódico de tradición) se deslizó bajo la forma de una displicente bibliografía, poniendo en duda mi sinceridad, y diciendo que acaso yo defendía a la patria porque el Gobierno me había pagado para que la defendiera. Soporté en silencio la injuria porque me propuse desde el primer instante no polemizar sobre este libro, dejando que él solo se abriese camino entre la discusión pública, pues estaba seguro sobre el destino que lo aguardaba. Años más tarde vino a mi casa, para pedirme un servicio, cierto periodista extranjero aquí avecindado (que yo sabía era el autor de aquella bibliografía anónima) y, cuando lo hube servido, le hablé del ingrato asunto; él se excusó, respondiendo que no había tenido la intención de ofenderme, y que su suelto era una de esas cosas a vuela pluma, sin meditación ni información, que a veces publican los periódicos. A pesar de ello, quiero contar en este prólogo lo que a mi glosador le dije entonces. Sobre la apasionada sinceridad de mi doctrina nacionalista, no necesito defenderme; el resto de mi obra revela en qué fuentes morales se ha nutrido mi predicación. Pero en cuanto a La restauración nacionalista, que nació de un viaje a Europa y fue en su origen un informe oficial, deseo contar toda su historia. Yo era funcionario del Ministerio de Instrucción Pública cuando realicé mi viaje a Europa; el Gobierno me dio licencia para el viaje, pero sin goce de sueldo; no cobré un solo centavo de honorarios por mi trabajo; y ni siquiera fue puesto en venta mi libro. Cobrar honorarios del Estado, aun por trabajos oficiales que no se hacían, era la tradición de nuestro país, sin embargo; y para mayor contraste nos hallábamos en vísperas del Centenario cuando los millones corrían de mano en mano, a nombre del más desinteresado patriotismo. Diré todavía más: la iniciativa de mi comisión no fue del Gobierno, sino mía, y la pedí porque siendo yo entonces un autor novel, buscaba una ocasión de resonancia para decir mis verdades. No se comprende de otro modo aquellas palabras que estampé en el prólogo de la primera edición: «Este informe no podía ser documento que holgando esfuerzos en burocrática inepcia comenzara por el “vuestra excelencia” ineludible y terminase con el “Dios guarde” sacramental. Autor, no habría podido circunceñirme en ello, ni por la índole del asunto, ni por mi idiosincracia, que gusta de una pasión personal en las obras de la inteligencia…». Confesaré, finalmente, que mi informe manuscrito no fue leído por nadie en la Casa de Gobierno; el ministro de entonces lo guardó en un cajón de su escritorio; y acaso allí hubiera quedado, a no ser mi súplica de que me lo devolviera, y me permitiese imprimirlo en los talleres de la Penitenciaría Nacional, para que los maestros pudiesen conocerlo. Así se hizo, y durante varias semanas trabajé a la par de los presos, que me tomaron gran simpatía, consiguiendo de sus manos un volumen estampado con amor y con elegancia. Dado ese carácter precario de La restauración nacionalista por su origen ocasional, había en su forma primitiva dos materias visiblemente yuxtapuestas: una de simple información objetiva, puramente didáctica, sobre los métodos de la enseñanza histórica en las escuelas de Europa (capítulos II, III, IV y V), y otra de crítica personal, acentuadamente política, sobre nuestra educación frente a la crisis de conciencia argentina (capítulos I, VI, y VII). De ahí que aquellas dos partes, accidentalmente unidas en el informe, según aparecieron en la primera edición, hayan debido ser separadas al hacer esta edición definitiva, que bajo el nombre de La restauración nacionalista contiene lo que directamente le atañe: el problema de las humanidades modernas (historia, geografía, moral e idioma), correlacionadas en sistema docente para una definición de adoctrinamiento cívico, tal como, según mi opinión (que desde entonces no ha variado), lo requieren las condiciones de nuestro país. Así es el volumen que hoy aparece, formado con los capítulos I, VI y VII de la primera edición, y separado de los que versan sobre metodología en las escuelas de Europa, con los cuales formaré otro volumen bajo este título pertinente y concreto: La enseñanza de la historia, de especial interés para los pedagogos. Gracias a esta separación podrá verse mejor cómo La restauración nacionalista no aspiraba a fundar su empresa cívica en la exclusiva enseñanza de la historia, sino en un sistema complejo de historia, geografía, moral e idioma, o sea en lo que llamé «las humanidades modernas». El cabal discernimiento de dichas ideas es de importancia para la crítica de esta obra, porque de su confusión provienen muchas absurdas objeciones que han sido formuladas contra mi sistema didáctico. Se ha dicho, en primer término, que yo pretendía hacer de la historia escolar una fábrica de pueriles leyendas patrióticas; sin embargo, todo el primer capítulo de este volumen es una réplica a esa concepción de la historia, falsa como ciencia, peligrosa como política. Se ha dicho, en segundo término, que yo pretendía dar a la historia un sitio privilegiado en los planes de estudio; sin embargo, todo el libro es la demostración de la dependencia en que la historia se halla respecto a la geografía, la moral y el idioma, hasta formar una sola disciplina dentro del humanismo. Se ha dicho, en tercer término, que yo pretendía posponer la educación física y los estudios científicos; sin embargo en el parágrafo 5 del capítulo I se emplaza a las humanidades, susceptibles de entonación nacional, entre las otras dos disciplinas, universales por definición, de las cuales no trato, precisamente porque no les discuto su importancia ni su carácter. Se ha dicho, en cuarto término, que yo pretendía crear en la escuela, por medios artificiales e intelectuales un sentimiento que nace de la naturaleza; sin embargo, en el parágrafo 3 del capítulo I establezco la diferencia que hay entre el patriotismo instintivo, que es sentimiento natural, y el nacionalismo doctrinario, que es método social, del propio modo que en el último capítulo insisto sobre la ineficacia de la escuela como hogar de la ciudadanía, si no la rodea en la sociedad una atmósfera colectiva impregnada de idénticos ideales. Con estos esclarecimientos precisos, espero que mis nuevos lectores no repetirán la confusión en que algunos lectores de hace dos lustros incurrieron dándose a la innecesaria tarea de refutarme. Por aquí llegamos a la oportunidad de otra confidencia que concierne al tema y al nombre de La restauración nacionalista. Si hubiera atendido solamente a su doctrina didáctica, este libro pudo haberse llamado Las humanidades modernas; pero tales disciplinas (diversas del humanismo clásico y de las ciencias físico-naturales) habían sido estudiadas en mi obra en cuanto son resorte pedagógico de un ideal filosófico más vasto; la nacionalidad como órgano de civilización por donde el libro se desdobló ante mi espíritu, descubriendo su faz política y su intención polémica. Atento a ello, hube de llamarle La restauración idealista, o bien El renacimiento nacionalista; pero desistí de ambos nombres y de los dos hice un tercero, el que adopté, prefiriéndolo con juvenil simpatía precisamente por su tono alarmante, inactual y agresivo. Yo tenía veinticinco años cuando viajé por Europa, y apenas dos años más cuando estas cosas pasaban. Además, mi propósito inmediato era despertar a la sociedad argentina de su inconciencia, turbar la fiesta de su mercantilismo cosmopolita, obligar a las gentes a que revisaran el ideario ya envejecido de Sarmiento y de Alberdi; y a fuer de avisado publicista, sabía que nadie habría de prestarme atención si no empezaba por lanzar en plena Plaza de Mayo un grito de escándalo. Ese grito de escándalo, eficaz en su momentánea estridencia, fue el nombre de La restauración nacionalista, que no corresponde estrictamente al contenido de la obra y que habría de atraerme, como me atrajo (¡oh, bien lo sabía de antemano!), todo género de arbitrarios ataques. Lo menos que algunos pensaron fue que yo preconizaba la restauración de las costumbres gauchescas, la expulsión de todos los inmigrantes, el adoctrinamiento de la niñez en una patriotería litúrgica y en una absurda xenofobia. Después se ha visto que tal cosa está en oposición a mi pensamiento; pero ha sido necesario para ello que el tiempo pasara, que la serenidad volviese, que se leyera bien lo que al respecto digo en el capítulo final, y que ilustres exégetas europeos enseñaran a mis compatriotas la verdad, mostrando de paso la injusticia que con este libro se cometía. En efecto, cuando La restauración nacionalista apareció en 1909, un largo silencio sucedió a su aparición de un extremo a otro del país. Los principales diarios de Buenos Aires ni siquiera publicaron el habitual acuse de recibo. Las más altas personalidades de la política y las letras guardaron también un prudente mutismo. El Gobierno de la Nación, a quien había presentado gratuitamente la obra, no consideró del caso agradecérmela, aunque fuera con una nota trivial. Predominaba en toda la República esa actitud de escepticismo y egoísmo que el último capítulo del libro señala en un cuadro recargado de sombras pero no exento de verdad. Salvo unos pocos amigos míos muy queridos, nadie se solidarizaba públicamente con la nueva doctrina. En cambio me llegaban por buenos medios los rumores de la murmuración injuriosa, y al fin la prensa de partido empezó a hablar, pero en descrédito del autor y del libro. Una mano diligente fue recogiendo lo que entonces se escribiera. He revisado en estos días ese cuaderno de recortes, y me ha producido una impresión de comicidad al ver cómo, partiendo de diversas posiciones, coincidieron en sus ataques La Vanguardia, marxista; La Protesta, ácrata, y El Pueblo, católico. Era la tácita colisión de los intereses heridos. Luego osaron protestar algunos periódicos burgueses de colectividades extranjeras confusamente alarmados. Sobre todo ello, que no era crítica, sino reacción pasional, predominaban los más crasos errores en la interpretación de mis ideas. Yo guardaba silencio, como lo he guardado hasta hoy, dejando que la opinión pública se despertara. Aquellas injusticias yo me las había buscado con el agresivo título de mi obra; así ha de endurecerse la lanza en la moharra para herir más adentro; así ha de aguzarse el barco en la proa para hender más fácilmente las densas aguas del mar. En ello estábamos cuando empezaron a sonar las primeras palabras de justicia, y éstas llegaban de los más altos pensadores europeos. A los comienzos del año 1910, La Nación publicó varios artículos de Unamuno que comentaban mi libro: «¿Cómo no he de aplaudir estas predicaciones idealistas de Rojas –decía el solitario de Salamanca–, yo que apenas hago otra cosa que predicar idealismo? ¿Y cómo no hericardo-rojas-la-restauracion-nacionalista-pena-lillo-ed_MLA-F-139422926_1169  de aplaudir su nacionalismo, yo que, como él, he hecho cien veces notar todo lo que de egoísta hay en el humanitarismo? He de repetir una vez más lo que ya he escrito varias veces, y es que cuanto más de su tiempo y de su país es uno, más es de los tiempos y de los países todos, y que el llamado cosmopolitismo es lo que más se opone a la verdadera universalidad». En diversos pasajes, Unamuno parteaba y esclarecía mis ideas fundamentales sobre historia, sobre humanismo, sobre cosmopolitismo, sobre patriotismo, sobre cultura, aplaudiendo siempre la tesis del libro, que tendía simplemente, según él «a fundar la durable y verdadera independencia espiritual», declarando que el autor de La restauración nacionalista continuaba la obra de Sarmiento, Alberdi, Mitre y otros grandes conductores de su pueblo, aunque esa obra revisa el ideario de dichos antepasados. «Bien, amigo Rojas –exclamaba por ahí el vasco intrépido–, bien, muy bien. Y si la ironía canalla se ceba en usted como alguna vez se ha cebado en mí, y en una u otra forma lo llaman macaneador lírico o cristo, mejor para usted. No haga caso de la envilecida malicia metropolitana. Aspiremos a que se nos ponga bajo el divino nombre de Quijote. ¡Bien, muy bien, amigo Rojas, y firme y duro en la pelea, que siempre se gana!» Todo esto dicho con frases tomadas a mi propio libro y publicado en La Nación, pero hablando como si hablara sólo conmigo y no con sus lectores, alborotó el avispero e hizo un inmenso bien a la difusión y a la comprensión del libro. Tras de los repetidos y detonantes artículos de Unamuno en La Nación, apareció en La Prensa un extenso estudio de Ramiro de Maeztu, datado en Londres, ciudad universal. «El asunto de La restauración nacionalista –afirmaba Maeztu– es y será por muchos años el eje de la mentalidad argentina. Y diría que de la mentalidad universal desde que los griegos realizaron el maravilloso descubrimiento de la idea de que en un Estado, fundado en la libertad de sus miembros, el problema fundamental de la cultura es el de la sociedad, el de la coexistencia armónica de los ciudadanos, el del ideario común que hace fecunda esa convivencia.» Luego el esclarecido autor de La crisis del humanismo, entre glosas de certera exégesis y franca adhesión al sistema docente y a los propósitos civiles de mi obra, decía del escritor argentino entonces mal comprendido en su país: «¿Necesitaré expresarle mi aplauso al verlo alistarse en una bandera que es forzosamente la de cuantos hombres de cultura ha habido en el mundo?, ¿necesitaré recomendar el examen atento de su informe si digo que ya no es posible la existencia de un pueblo inconsciente, sobre todo si se trata de un pueblo regido por instituciones democráticas?» Después del juicio de Maeztu, que ratificaba el de Unamuno, la batalla parecía ganada por mi libro, al menos en el terreno de la discusión filosófica, cuando por ese mismo año 1910 llegó desde Montevideo otra voz latina bien conocida de nuestra juventud: la voz de Rodó, que me decía: «…He leído ya La restauración nacionalista, y ahora la tengo a estudio, no sólo porque el tema me interesa, sino porque su libro es de aquellos que, después de leídos, merecen ser estudiados, es decir, leídos de nuevo y con reflexión… Ya sabe usted cuánto concordamos en cuestiones fundamentales y con qué simpatía debo acompañarlo en su tesis –el carácter nacional de la enseñanza– opinando, como opino de antiguo, que hay necesidad vital de levantar sobre la desorientación cosmopolita y el mercantilismo una bandera de tradición y de ideal. […] Deseo que en su país se mida y atienda toda la importancia de su patriótico esfuerzo». Luego, pues, según, la opinión de los más altos maestros de cultura en los pueblos hispanoamericanos, La restauración nacionalista no preconizaba una regresión a la barbarie. Unamuno, Maeztu y Rodó escribían en español; su palabra podía parecer sospechosa. Necesitaba ver yo tranquilizados a los socialistas y a los extranjeros aquí residentes, que continuaban sin entender mi libro y entonces fue cuando Enrico Ferri, socialista italiano, y Jean Jaurés, socialista francés (dos maestros a quienes yo no conocía personalmente), vinieron a dar conferencias en el Odeón, ofreciéndonos, a mí y al país, la sorpresa de comentar este maltratado libro, manifestando explícita adhesión a mi doctrina didáctica y a mis ideales políticos. Ferri, en septiembre de 1910, dijo en su conferencia: «Ricardo Rojas, che e stato in Europa a studiarvi la condizione delle scuole, ha publicato un uso informe che e chiamato: La restaurazione de la coscienza nazionalista. Ebbene, in quel volume noi abbiamo trovato la presenza di un chiaro e preveggente pensiero e la visioine netta del dovere che alla Argentina s’impone. E noi tutti abbiamo interesse che l’Argentina, non avendo saputo premunirse a tempo, dovesse titornare al periodo della sua febre politica, non solo essa ne risentirebbe il danno,ma esso si repercuterebbe sull’Italia, su tutte le nazione; perche tutti risentono l’influenza di un morbo che si manifesta in un punto dil gran corpo sociale. Ecco perche quando noi veniamo qui, non lo facciamo sottanto per voi che pure amiamo, ma lo facciamo anche per noi…». Y Jaurés, en septiembre de 1911, dijo en su conferencia: «L’internacionalisme n’est pas le cosmopolitisme. Pour être vigoureuse l’action internationale supose des nations conscientes. Le cosmopolitisme est un deraciné qui n’a que des interêts flottantes […] S’il est ansi, comment, avec les elements multiples dont vous disposez en Argentine, ne constituez-vous pas une democratie nationale la plus claire la plus une… “Vos universités se preoccupent du probleme. J’ai entendu quelques-uns de vos maîtres dire que ce serait le rôle du haut enseignement argentin de constituer la nationalité argentine en offrant á tous un ideal commun… Vous savez que des maîtres de votre pays ont été delégues par le Ministere de l’Instruction Publique, pour étudier, en Europe, la façon dont etait l’enseignement de l’histoire… Ansi vous pouvez el devez dire –suivant la definition de Ricardo Rojas– qui l’enseignement national habitue les esprits á s’interesser au passé et à l’avenir de al Nation…”». La conferencia de Ferri se publicó en la Patria degli italiani; la conferencia de Jaurés en Le Courrier Francais; y aquellas dos autorizadas opiniones me rehabilitaron a los ojos de muchos socialistas y de muchos extranjeros que en el primer momento habían recibido con alarmas mi obra. Las polémicas y comentarios provocados por La restauración nacionalista dentro y fuera de la República han sido tantas, que no cabría en este prólogo la enunciación de toda su bibliografía. Con sólo el material llegado a mis manos podría formar un grueso volumen, que no carecería de interés para la historia de las ideas argentinas, y que a la vez sería precioso documento de cómo el ideal enunciado en un libro pudo propagarse o transformarse en una interpretación colectiva. Esta obra, nacida en disidencia con una tradición intelectual y con un ambiente político inmediato fue primeramente negada, incomprendida, discutida; pero finalmente se dividió la exégesis en una versión fiel, y en otra, que bajo el nombre de nacionalismo, se apartaba sin embargo de ella. Este libro es llevado y traído, desde hace dos lustros, en nuestros debates políticos, estéticos y pedagógicos, pues todos estos problemas son discutidos en él. Si algunos lo invocan para fines de utilidad banderiza o de violencia xenófoba, no es mía la culpa, ni puedo yo evitarlo. Hay una diferencia fundamental entre lo que es la doctrina de esta obra como iniciación teórica de nacionalismo y lo que puedan ser las interpretaciones ajenas en los varios matices de la acción militante. Me interesa que se perciba esta diferencia, y guardo sentimientos de gratitud para todos aquellos compatriotas que en diversas formas han contribuido a la difusión y defensa de mis verdaderas ideas. No pongo aquí sus nombres, porque siendo ellos numerosos lamentaría omitir a algunos. Yo había sentido la primera intuición emocional de este libro cuando era un adolescente, al venir de mi provincia mediterránea a Buenos Aires, y Rojas Ricardo experimentar, como hijo de El país de la Selva, el primer contacto con la ciudad cosmopolita, informe y enorme; habíalo concretado después en doctrina al contemplar el espectáculo de civilizaciones seculares en pueblos homogéneos tal como las describí en mis Cartas de Europa; y por fin habíalo desarrollado dialécticamente a propósito de nuestra educación, obedeciendo a una voz interior que me mandaba escribirlo. Este sistema de ideas, que por azar apliqué primero en La restauración nacionalista a nuestros problemas de educación, lo apliqué luego a nuestra formación étnica en Blasón de Plata, a nuestra emancipación democrática en La Argentinidad, a la evolución de nuestra cultura en la Historia de la Literatura Argentina, y preparo dos libros nuevos en que lo aplico a nuestra economía y a nuestra estética, fundamento y coronamiento de la vida civil. Con ello habré aclarado del todo muchas ideas de las que sólo hay esbozos en La restauración nacionalista, incorporando más directamente su espíritu a los problemas actuales de la política y del arte, según lo he venido insinuando desde años atrás en fragmentarios trabajos, como El Arte americano y Definición del nacionalismo, que serán también reunidos en series y presentados al lector en volúmenes análogos al presente. Muchos son los amigos jóvenes que me han solicitado la reedición de este libro y de los otros que anuncio. A esos jóvenes, y a tantos discípulos ignorados, dediqué mi pensamiento en tales obras; a ellos les corresponde, por consiguiente combatir los equívocos populares sobre nacionalismo e indianismo, evitando que sea dogma regresivo o agresivo lo que debiera ser manantial viviente de cultura, en continua superación de justicia social y de belleza. Este libro y los demás que con éste se relacionan, permiten probar que no he formulado mi doctrina para defender a una clase social contra otra, ni para espolear los odios arcaicos de la xenofobia, ni para aislar a mi nación entre otras de América, ni para cristalizar nuestro pasado en los ritos de la patriotería, sino para dar a nuestro pueblo de inmigración (según me entendieron Unamuno, Maeztu, Rodó, Ferri, Jaurés y tantos comentadores eminentes) una conciencia social que haga de la Argentina un pueblo creador de cultura en el concierto de la vida internacional, a la cual pertenecemos. La buena fortuna lograda en doce años por La restauración nacionalista explica por qué hablo de ella con desusada inmodestia; es queme parece no estar hablando de mí, ni de cosa mía. El mensaje que ella anunció es hoy divisa de muchas conciencias. Estado de alma individual, ha tendido a hacerse estado de alma colectiva. La prensa, la Universidad, la literatura, las artes, la política argentina sienten ahora la inquietud de los problemas aquí planteados. Los trabajos de renacimiento idealista que proyecté en las «conclusiones» del libro han venido realizándose desde 1910, bajo los auspicios de diversas instituciones sociales. Seguir el desarrollo de estas ideas en la cultura local, queda fuera de mis propósitos en este prólogo; pero entretanto puedo decir, ante semejante espectáculo de fuerzas espirituales en plena labor, que La restauración nacionalista ya no me pertenece y que ella ha sido como predio comunal, en donde cada uno entró a cortar su leña. Mi actitud personal ante cada hecho importante, ha señalado las diferencias o concordancias que yo notaba entre las ideas del libro y los hechos de la ajena interpretación, como se lo verá en otros volúmenes. Harto ha cambiado el ambiente de nuestra patria y del mundo, desde los días ya lejanos en que escribí este libro henchido de ánimo juvenil. La reforma electoral de 1912 ha transformado nuestra política, y empezamos a practicar la democracia representativa. La guerra mundial de 1914 ha transformado la vida internacional, y empezamos a ver el ocaso de ciertos prestigios europeos. La revolución rusa de 1917, ha transformado la ilusión del internacionalismo revolucionario y empezamos a revisar los dogmas del marxismo. Tan profundos cambios, unidos a otros de nuestro progreso social, hacen que muchas frases de La restauración nacionalista –frases de simple valor polémico– hayan perdido su actualidad. Hoy no las escribiría, pero he creído que tampoco debía tacharlas en esta reedición. Así estos capítulos reaparecen fieles a su texto inicial, de no ser algún retoque para salvar erratas o para hacer más claro mi pensamiento. Larga es la senda abierta al nuevo ideal de los argentinos, y he creído que por buen trecho en el resto de la jornada, aún podría alumbrar a muchos jóvenes a la luz que hace doce años encendí en estas páginas.



























Fuente: Ricardo Rojas. La Restauración Nacionalista. Informe sobre educación. Buenos Aires: La Facultad, 1922
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sábado, 19 de julio de 2014

Ismael Viñas: ¿Por que fui un mal Juez? (2008)

Sinopsis:
Los hechos de la Patagonia Trágica son sucesos que aún hoy a casi cien años de distancias repercuten por su explosividad y como se manejo el conflicto en el contexto del acceso del primer gobierno elegido por el Pueblo a partir de 1916 conmovieron las bases de las estructuras de poder de quienes durante mas de 40 años usufructuaron el poder para sus propios fines de clases. Esto dejó mucho resentimiento ante cualquier motivo de perturbación social las fuerzas del Régimen buscaban a toda costa acorralar al gobierno del Dr. Hipólito Yrigoyen. Sumado el triunfo de la Revolución Rusa en
1917 exalto aun más los ánimos de un cambio de sistema en un mundo totalmente convulsionado por la Primera Guerra Mundial.
No se trata de justificar ninguna represión ya que la muerte de un ser humano es tan deleznable en cualquier parte del mundo. Solo tratamos de esclarecer los hechos a través de documentos fidedignos y comprobar por nosotros mismos los hechos y así poder llegar lo mas cerca de la verdad para que el lector saque sus propias conclusiones con los documentos en la mano.
Tanto David como su hermano Ismael más conocidos por ser fundadores de la Revista
Contorno, fueron hijos del Juez Federal Ismael Pedro Viñas que intervino en los sucesos de la Patagonia Trágica.
Les acercamos este trabajo publicado en “Memorias de mis Padres, Parientes y
Amigos” de Ismael Viñas editadas por Nelson Montes-Bradley en 2008.





















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miércoles, 16 de julio de 2014

Elpidio Gonzalez: "Radicalismo no hay más que uno" (10 de junio de 1947)

Tres Libertades sin las Cuales no Hay Vida Democrática

Enorme expectativa produjo el anuncio de que en la Casa Radical hablaría hoy, martes, después de un largo silencio, una figura patriarcal del radicalismo: don Elpidio González, ex vicepresidente de la Nación, y ex ministro de Hipólito Yrigoyen. En las filas partidarias hubo verdadera conmoción. Don Elpidio González tiene algo que decir al partido y al país sobre la hora, por tantos motivos inciertos y difíciles. Qui ha querido obtener del viejo líder radical algunas declaraciones acerca de las preocupaciones que lo inducían a hablar. Tarea difícil, porque don Elpidio se resiste naturalmente, se ha resistido siempre, a la publicidad y a las declaraciones periodísticas. Entiende que lo que debe decir tiene que ser dicho desde un solo lugar: la tribuna radical.
Pero accede, al fin, confesando que “se sale de sus normas", al adelantarnos algunas afirmaciones generales.
Dar precisiones sobre problemas concretos y actuales es, a su juicio, tarea de las autoridades del radicalismo. Y don Elpidio, voluntariamente, ha rechazado todos los cargos directivos que la U. C. Radical le ha ofrecido últimamente, para ocupar un simple puesto “de filas”.

Democracia y demagogia

Abordamos el problema de la posición actual del radicalismo frente al gobierno y don Elpidio González zanja la cuestión con una definición general que, a su juicio, contiene todas las respuestas posibles:

—Los hombres del actual gobierno desarrollan una política demagógica y el radicalismo es democracia.
“Vivimos — agrego — una hora materialista y demagógica; y los males que el país soporta — subraya — son fruto natural de esa política demagógica. Por otra parte —se apresura a señalar—, el materialismo de la hora no es un fenómeno circunscripto a nuestro país, sino común a casi todos los países del mundo. La lucha esta entablada en todo el mundo entre las fuerzas materialistas y las fuerzas del espíritu. La Unión Cívica Radical es en el país — concluye — la genuina representante y depositaria de las fuerzas espirituales”

Un solo radicalismo

Don Elpidio ha llegado al tema que parece por sobre otros preferir: la esencia de lo radical. Y prosigue, con sencillez, no exenta de cierta espontánea sentenciosidad:

—Unión Cívica Radical no hay mas que una sola. Y hoy esta frente al gobierno. El radicalismo —continuó — no es una fuerza electoralista, sino una fuerza ciudadana creada para servir a la Nación. El radicalismo es una fuerza principista. No persigue los gobiernos como fines. Para la U. C. R. los gobiernos son medios de servir al país y no fines. El radicalismo — concluye luego — es indivisible; y no admite calificativos ni agregados que lo achiquen. Sus principios son aquellos en los que descansa la moral misma; y sus hombres no se saldrán de lo que les fijara Hipólito Yrigoyen. En las definiciones que fijó Yrigoyen en materia de política internacional, social y económica encontraran hoy los radicales soluciones para todos los problemas que plantea la hora actual.

El problema internacional

El cronista acucia al viejo político en procura de definiciones menos generales. Lo lleva a los problemas internacionales de la hora y recuerda que otra figura saliente del radicalismo tuvo hace poco para Qué palabras muy claras. Y don Elpidio hilvana entonces, pausadamente, sus puntos de vista:

"El mundo — dice — aun se agita con los problemas derivados de la guerra. La hora reclama de los pueblos una gran serenidad para afrontar la solución de los mismos y para construir las bases de una civilización que aleje toda posibilidad de futuras guerras y cimente definitivamente en la legalidad, en el derecho, y en la igualdad de las naciones la estabilidad de una paz duradera en el mundo.
"Solo dentro de un estado de derecho lealmente practicado y respetado podrán las naciones adquirir capacidad para afianzar una solidaridad basada en ideales de justicia y no en momentáneos intereses o conveniencias materiales”

La libertad

"Creo — agrego luego —, sin temor a equivocarme, que el principio de la libertad es y será siempre la medula misma de la vida de los pueblos. Nos lo expresa a cada instante la historia. No es solo el resultado de la filosofía cristiana, sino la razón de ser de la vida, que nos impone como norma esencial de la personalidad humana, la libertad; libertad de economía, libertad de asociación y libertad de enseñanza, he ahí los tres principios primordiales que deben regirnos. Mientras ellos no estén afianzados no podrá decirse de ningún país que tenga asegurada las condiciones esenciales para el verdadero desenvolvimiento de su vida institucional, ni que este en condiciones de cumplir con su finalidad de realizar la felicidad de los pueblos.
“Y por encima del progreso material, del adelanto de la técnica, de las acumulaciones económicas, debe pensarse en el impulso del ideal creador, en el esfuerzo del perfeccionamiento individual. Y en la formación — subraya — de una conciencia depurada de sensualismo que permita a las nuevas generaciones alejarse del materialismo, que generalmente corrompe.
"La juventud de hoy debe ser orientada hacia una concepción de la vida que al darle la capacitación para realizar su destino, les infunda un renovado sentido ideal. Cualesquiera que fueren las dificultades que tenga el país para transformarse y organizarse dentro de los principios democráticos que deben regirlos, ellas serán vencidas, si todos los argentinos, y sobre todo las nuevas generaciones, se inspiran únicamente en el ideal de una argentinidad forjada en la autenticidad de los principios de la Constitución Nacional"

La reorganización

El cronista lleva luego al ex ministro de Irigoyen a los problemas que preocupan actualmente al radicalismo: su reorganización, en primer término.

—La reorganización, una reorganización profunda y amplia, ha sido siempre la práctica radical, cada vez que se ha tenido que emprender una nueva campaña y cuando, al terminar la lucha, ha sido necesario iniciar otra etapa. Una reorganización realizada con toda amplitud y sin exclusiones de ninguna especie, que abra las puertas de la U.C.R. a las nuevas generaciones, es además, hoy, el anhelo de toda la masa ciudadana; y en esta hora quizás mas que en ninguna otra resulta inexcusable. Cuanto mas pronto se haga y mayor amplitud y profundidad se le de, tanto mejor.

Respecto de los problemas de orientación del radicalismo don Elpidio González tiene una definición terminante:

"El radicalismo debe mantener una absoluta intransigencia de principio y de doctrina, sin que en su reconstrucción se hagan exclusiones de ninguna clase. Lo que importa es la doctrina".

El cronista aborda, por ultimo, el tema de la actuación futura del entrevistado en la acción militante del partido. Don Elpidio se muestra ajeno y desinteresado de ese aspecto de la acción radical. No ocupa ningún cargo partidario ni lo ocupara, agrega:

"He renunciado a todos los cargos directivos — termina — porque entiendo que puedo ser mas útil a la unidad del radicalismo desde las filas mas modestas. Mi renuncia ultima, como todas las mías, fue decidida después de hondas meditaciones y es definitiva. Ocupare, eso si, donde quiera que el partido me lo pida, una tribuna radical que se me ofrezca".






























Fuente: Revista Qué Sucedio en 7 dias, Año II, 10 de junio de 1947, N°45 
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