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miércoles, 29 de octubre de 2014

Fernando de la Rúa: "Declaración sobre la Privatización de YPF" (junio de 1992)

El quórum que debe poner le oficialismo, son ellos los que deben dar quórum. De esto se ha hablado durante todo el día, pero acá lo importante son los fundamentos del ¿Por qué? ¿De que se trata? Porque sino, esto de votar o no votar, estar o no estar. ¿Por qué esta resistencia radical? De haber señalado esto en función de cada sector del Justicialismo ponga su quórum y discuta esta ley.
Nosotros una gran resistencia, y es porque la ley es muy mal y muy perjudicial en la forma que esta hecha. Una ley que de cualquier valuación de YPF o por lo menos una gran amplitud sobre la forma de la valuación puede ser hecha. Un 10%  de las cosas que se vendan para los trabajadores de cada sector que se enajena. Y el famoso asunto para los jubilados, miré es sobre las acciones de YPF que se van a vender después de enajenados los activos principales o sea que sus valor va a ser muy reducido. No es como aquello que se decía que todo lo producido iba a ir a los jubilados, además permite una gran concentración en las áreas que se van a conceder, debilita los derechos de las provincias, en fin es pésima.
Una ley de responsabilidad histórica del Justicialismo, nosotros marcamos aquí las disidencia.
Una medida excepcional de no estar, y no es no trabajar porque al contrario es una tarea muy intensa, mucho más difícil y hemos dado todo el debate y los fundamentos y lo seguiremos dando hasta el momento de la votación. Pero es una actitud política, parlamentaria excepcionalísima frente a la gravedad de las circunstancias que esta ley que implica.               

      






















Fuente: Fernando de la Rúa: "Declaración sobre la Privatización de YPF" (junio de 1992)
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lunes, 27 de octubre de 2014

Antonio Salonia: "Superación de antinomias" (1992)

El año 1958 fue para alquilar balcones, o para ubicarse, por seguridad, detrás de sólidos parapetos. Así podían eludirse golpes y pedradas. Las bataholas en las calles se armaban a cada rato. ¿Las causas, o las excusas? Muy sencillo: nada más y nada menos que la libertad de enseñanza, la batalla del petróleo y otras decisiones rotundas que apuntaban al cambio de estructuras. Se había lanzado la política del desarrollo nacional y se le había mojado la oreja al statu quo. Reaccionaron duramente los intereses creados.
La libertad de enseñanza era vieja en el país. Lo nuevo era instituirla en el orden universitario. Implicaba terminar con el monopolio estatal, aunque sin crear dicotomías inéditas. La sociedad debía protagonizar su responsabilidad montando y sosteniendo el funcionamiento de universidades. Para ayudar a crecer al país en el sentido del desarrollo.
No opero la falsa antinomia «enseñanza libre-enseñanza laica». Muchas de las universidades privadas fueron -y son- laicas. Tampoco se correspondieron con la realidad la denuncia apocalíptica de «entrega al imperialismo» que hicieron las izquierdas, ni de sumisión a los intereses del «clericalismo» que vino desde esas mismas zonas rojas de la ideología y desde reductos anacrónicos del liberalismo. El desafío era abierto a todos los sectores sociales. Por supuesto que los católicos crearon sus universidades, y también los no catolicos. Todos desde la misma plataforma cultural, con sus perfiles propios y con sus aportes configurando y enriqueciendo la identidad nacional. Ahora es conquista definitiva. Hasta para los que fueron sus opositores furiosos que, gracias a Dios, también maduraron. En 1958 no habían tenido ojos para ver y apoyar a los visionarios.
Algo semejante ocurrió con la idea pionera de la participación social en el ámbito educativo. Aunque sin barullo, ni piedras en el aire. Solo una suerte de escándalo en los círculos de -especialistas-, de los que creían -y muchos siguen creyendo- que la educación pertenece a la soberanía absoluta de docentes y pedagogos. En la gestión Frondizi-MacKay se trajo la idea de que debía arrimarse a los representantes de los sectores sociales para que ayudaran a reflexionar y resolver los problemas educativos. Se creo el CONET, Consejo Nacional de Educación Técnica. Su cuerpo colegiado de conducción lo integraban representantes de la docencia, del empresariado y de los sindicatos. La sociedad activa, co-responsable de la gestión y del planeamiento, y acorde con los objetivos del desarrollo. Tremenda heterodoxia, pero apertura de nuevos rumbos para la organización educativa del país. Hoy -más de treinta años después- es una de las grandes innovaciones de los tiempos actuales, valida para todo el sistema.
Cuando nos toco poner el hombro a estos desafíos teníamos treinta años, fuerza para levantar montanas y fe insobornable en el país y en su destino. Lo que la Argentina fue perdiendo y necesitamos recuperar hoy.




























Antonio Salonia
Profesor en Letras, periodista y educador nacido en Mendoza; subsecretario de Educación de la Nación (1958-1962); ex Ministro de Educación del Gobierno del Dr. Carlos Saúl Menem.



Fuente: "Superación de antinomias" en La Propuesta Desarrollista, (1992).


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viernes, 24 de octubre de 2014

Moisés Lebensohn: "Línea Combatiente" (25 de abril de 1953)

Señores Convencionales:

Si fuera necesario acreditar ante la conciencia del mundo, mediante un testimonio gráfico e irreversible, la presente situación argentina, bastaría describir este cuadro. He aquí, delante de nosotros, los escombros que trajo la barbarie argentina revivida en el Régimen que humilla la nacionalidad. Y he aquí también, bajo el mismo techo, la Unión Cívica Radical, expresión civil y viríl de la conciencia argentina, dispuesta a restaurar las condiciones de libertad que constituyen la dignidad y el decoro del hombre.

El precio de la sangre
Nunca mejor que en estos momentos podremos iniciar nuestras deliberaciones bajo el eco de las notas de nuestro himno. El habla de la larga lucha, que no nace con el nacimiento de nuestra patria, sino que se remonta a miles de años atrás, cuando el primer hombre comenzó a erguirse contra el despotísmo para afianzar la dimensión y la latitud de sus derechos.
En un desfiladero, alguien tenía un garrote para imponer su ley -la ley de la fuerza, del poder-, y alguien, nuestro antepasado primitivo y remoto en la lucha por la libertad, se irguió sobre sus dos plantas y afirmó su derecho a ser, él, una criatura humana. Han pasado millares de años, todo el tránsito de la historia. Y cada sector de esa libertad, que constituye el decoro del hombre contemporáneo, se conquistó al precio de la sangre y del sufrimiento de generaciones íntegras.
Nadie conoce el nombre ni el pensamiento concreto de los primitivos en la lucha que nosotros representamos en esta hora grave de la vida argentina. Sin embargo, paso a paso, en todo el desarrollo de esta hazaña histórica que es la conquista de la libertad, se fueron jalonando los triunfos y las derrotas, y gracias a ellos advino un mundo humano; un mundo del siglo XX, un mundo en que la criatura humana estaba protegida en sus fueros y revestida de todo lo que constituye la dignidad de nuestra época.
El hombre, trabajosamente, al cabo de siglos, fue elaborando las estructuras sociales, políticas y económicas que lo liberaban de la coacción y de la fuerza. El ingenio del hombre libró durante esos siglos la lucha para resguardar la libertad de conciencia, y logró que el alma, la tierna alma naciente del fruto de sus amores, se realizara conforme a la ley de su hogar, y no conforme a la imposición del poder.
¡Cuántas gentes murieron en el cadalso! ¡Cuántos fueron quemados en la hoguera!
¡Cuántos perecieron en guerras seculares para afirmar los principios de la libertad de conciencia!
Nosotros somos los merecedores de ese patrimonio. Y he aquí que en la Argentina la lucha de nuestros antepasados remotos por dar libertad al espíritu del hombre, se está frustrando. Y he aquí que estamos nosotros para responder a la sangre y a la memoria de nuestros antepasados y para recrear las condiciones de la libertad de conciencia.

La división del poder.
El ingenio del hombre fue dividiendo el poder. No quiso que el estuviera concentrado en la sola mano del discrecionalismo, que representa la manifestación concreta del régimen despótico. Quiso que hubiese un cuerpo que sancionase las normas que rigen la vida colectiva, y que hubiese otra entidad de derecho público que aplicase esas normas, y que hubiese otra, en fin, cercana en magnitud a la divinidad misma, que se encargara de dar a cada uno el sector de justicia que le corresponde. Y así el hombre dividió los poderes.
Y he aquí que en la tierra argentina todos los poderes han sido resumidos en una sola persona. Existe un Poder Legislativo, pero es la ficción y el fantasma del Poder Legislativo, porque no es más que el ejecutor de las órdenes del Ejecutivo. Existe un Poder Judicial -ese poder que he señalado como cercano a la divinidad misma, porque debe proteger nuestra vida, nuestro honor, nuestro nombre, todo nuestro ser-, pero ese poder, que los hombres deben desempeñar como un sacerdocio, está ligado, vinculado, subordinado para los más viles menesteres de la represión, a las decisiones del Ejecutivo.

El resguardo institucional de la libertad.
El hombre no se conformó con dividir los poderes. Quiso que hubiese muchas entidades de derecho público y concibió, dentro de nuestro sistema institucional, que frente al poder nacional, en cada sector de la vida argentina, hubiese una unidad histórica resguardada en su autonomía política y en su autonomía económica. Y el hombre reconoció las provincias e instituyó el régimen federal. Y dentro de cada provincia, quiso también que se dividiesen los poderes, porque en ese balance y en esa limitación residía la libertad del hombre.
Y no se conformó con esto. En su lucha de siglos concibió que hubiese otra entidad apegada a él; el poder municipal. Quiso que en cada sitio existiese una autoridad local que fuese expresión del pensamiento y estuviera ligado a su propia vida; e incluso dividió esa autoridad en tres sectores -un legislativo, un ejecutivo y aun un judicial- porque así garantizaba la libertad.
Y quiso por encima de todo eso, que rigiesen normas escritas capaces de movilizar los esfuerzos de todos los individuos que actuaran concertadamente, conforme a los principios que constituyen la ley de la nacionalidad. Y sancionó todos los códigos que prescriben las reglas fundamentales de nuestro derecho positivo.
Y no se detuvo allí. Quiso también que en la base de su organización estuviese la conciencia pública, el país, el hombre, vigilante, atento, actuando como recipiendario de todas las impresiones, escuchando todos los juicios y decidiendo, con los plebiscitos cotidianos de la opinión pública, cuál debía ser la marcha de todos los organismos que había previsto y creado el ingenio humano, a través de los sacrificios de millares de años, para liberar esa cosa frágil y tan falible que es una criatura humana.
Y todo eso, compatriotas, ha perecido en la tierra argentina. No existe división de poderes, ni federalismo, ni vida comunal. No existe la constitución, porque su vigencia ha sido suspendida y actúan poderes de guerra emplazados contra los propios nacionales, cuya libertad es superior y anterior a la constitución. No existen las corrientes vivificantes de la opinión pública, porque la prensa ha sido monopolizada por el Régimen y los medios técnicos de expresión del pensamiento popular están cancelados.

La lucha por los ideales de la nacionalidad.
Estamos los argentinos como hace miles de años. Un desfiladero, la fuerza bruta, y un hombre que se pone de pie para iniciar esta marcha eterna hacia la liberación y la expansión de la dignidad humana.
Este es nuestro papel, el altísimo papel que está desempeñando la Unión Cívica
Radical. Yo no veo ya la bandera de nuestro partido con los colores del 90. No la veo siquiera con los colores que en nuestras Provincias encabezaban las columnas revolucionarias del 93, colores que aun permanecen en nuestros distintivos para señalar nuestra militancia política. Los olvido, diluyo esos colores y no veo más que la bandera de la nacionalidad.
La Patria no existe. En cualquier otro sitio la Patria puede ser una mera expresión geográfica, pero en la Argentina es, no una porción de tierra, sino un contenido moral y un sentido histórico ligado a la idea fundamental de la libertad. Los forjadores de nuestra nacionalidad no quisieron crear un país más. Cuando el Gran Libertador descendió con sus tropas en las playas de Pisco, dijo una frase que es el lema de los argentinos: «Nuestra causa es la causa del género humano». Argentina se concibió como ámbito que sirviera de base a esta Patria del género humano.
Nosotros estamos en la lucha y en la pelea por realización de los fines y los ideales de la nacionalidad. Nuestra bandera en este momento es la bandera de la República y quienes se alzan contra el sentido de libertad y contra los contenidos profundos que dieron nacimiento a nuestra Patria, son perjuros del sentimiento de la Argentina.

La cita con el destino.
Esta de ahora tiene un sentido superior a la lucha de la emancipación nacional.
Nuestros predecesores pelearon contra las presiones del despotismo que habían nacido en tierras extrañas, cuando aún reinaba en el mundo una concepción política que no era concepción política elaborada durante siglos, pero implantada después, con el sufrimiento y la esperanza de los hombres. Los que ahora quieren recrear el despotismo son, desgraciadamente, los hombres en este suelo y en este siglo, cuando cabría esperar que nuestro país cumpliera su cita con el destino alumbrando la esperanza de todos los desvalidos de libertad en el mundo, y no negando ni clausurando de este modo las más altas vivencias de la historia argentina.
Argentina ha tenido una cita con el destino. Vivimos el momento de la crisis de la conciencia argentina y de la conciencia universal. Hay una gran rebelión en el mundo. El proceso, que se inicia en América con la emancipación, alcanza hoy a los pueblos extendidos sobre todas las latitudes. Allí, en África y en Asia, cientos de millones de hombres que estaban relegados a una condición subhumana, ganan su independencia y cumplen un siglo después que nosotros la gran lucha por construir unidades nacionales. El mundo debate la contextura del futuro, hace crisis un sistema económico y se alzan dos grandes banderas. Una es la bandera que pretende afirmar las libertades políticas en el mantenimiento del régimen colonialista que, para satisfacer las necesidades del imperialismo económico, condena al sufrimiento a millones de criaturas humanas, que son tan hombres como nosotros pese a la distinta pigmentación de su piel. Y hay también otra bandera, que pretende instaurar una economía al servicio del hombre, pero en abominación de las libertades políticas y civiles, sin las cuales la vida no merece ser vivida.
Frente a la fuerza económica del privilegio y frente a los zares rojos del Kremlin,
Argentina tenía una cita con el destino. Desde aquí debió lanzarse una gran bandera para la humanidad: la economía al servicio de los hombres, los pueblos libres, las nacionalidades realizándose en plenitud y hermandad, y la Argentina peleando como un adalid de la conciencia universal para impulsar esta marcha del mundo.
Pero, para desgracia nuestra, en el momento de nuestra cita con el destino, he aquí que las estructuras del Estado argentino están en manos de hombres que no sienten el ideal nacional de dignificación de la criatura humana, que están manejando tendencias e ideales extraños al sentimiento nacional, que hablan de Estado potencia y pretenden someter a los pueblos hermanos a la dictadura y a los desvaríos de quienes detentan la cosa pública argentina. Y así están naufragando las grandes banderas. Y así se están quemando las grandes etapas. Y así Argentina está violando los sueños de los fundadores de la República y desertando de la que nuestro gran conductor -Hipólito Yrigoyen- señaló como función eminente de la Unión Cívica Radical y de la Argentina misma: la construcción del mundo de mañana.

Integración latinoamericana.
Debemos encabezar la marcha del continente americano. Para liberarnos de los procesos de la opresión económica, necesitamos integrarnos en una unidad económica con los países vecinos. Pero, con un régimen como el actual, ¿cómo puede la Argentina realizar este proceso de integración económica, si la integración económica está vinculada a la integración espiritual? ¿Cómo los hombres de estos países, que ven y que conocen mejor que nosotros los padecimientos de nuestra tierra, pueden aceptar conexiones íntimas y profundas con nuestra economía, si por ser nosotros el país más fuerte entre los países vecinos, habrían aquellos de caer también en condiciones de dependencia espiritual frente al régimen antiargentino y antiamericano que, levantándose en las orillas del Plata, pretende extender sobre las naciones hermanas, no ya el predominio de su economía, sino hasta el predominio de su concepción antinacional de la vida?
Y cuando era llegado el momento de lograr la vinculación profunda de nuestras economías, y de crear un gran mecanismo gracias al cual nuestro país y los países vecinos pudieran enfrentar la crisis mundial con las fuerzas de una economía potente, he aquí que la negación de los ideales argentinos debilita el papel americano de nuestro país y frustra, quizá por esta generación, el cumplimiento de una gran aspiración que lanzada por Bolívar, constituye uno de los grandes objetivos de la Unión Cívica Radical: la unión de los países latinoamericanos, para que ellos, organizados sobre la base de la comunidad espiritual y de una comunidad económica al servicio de la dignidad del hombre, creen un subcontinente en el que la esperanza del nuevo mundo tenga asiento y su expresión, y donde se reflejen las ilusiones, la dicha y la fe de todos los desvalidos de la tierra.

La economía desarmada.
Las grandes frustraciones no consisten sólo en esto. El país esperaba una profunda reforma agraria. Y basta dirigir la mirada hacia el campo: Una economía desarmada y el mantenimiento del régimen de injusta e irracional distribución de la tierra. Muchos hombres dejaron sus hogares ante la privación económica creada por los mecanismos del Régimen y afluyeron hacia las grandes ciudades. Por cada latifundio que se ha dividido, como expresión homeopática destinada a la propaganda, se han recreado varios latifundios que son el patrimonio donde vierten sus capitales los oligarcas de nuevo cuño, nacidos al abrigo de las ventajas proporcionadas por el régimen. Y he aquí que nuestros campos despoblados están esperando la realización de su gran esperanza.
Si dirigimos la mirada al contorno industrial de Buenos Aires -centro de la
macrocefalía que destruye la armonía de la vida argentina-, en el que se suman seis millones de habitantes, vemos el quebrantamiento de una industria, que no se realizó sobre bases serias, sino como una empresa de aventura.
En los años de prosperidad, del 47 al 49, aumentan los salarios y suben los índices de nivel de vida. Pero, debido al proceso de inflación, los hombres no pueden invertir sus economías en el ahorro, que constituye el depósito de las épocas florecientes. Y tampoco pueden levantar su casa, su hogar, porque las condiciones de la edificación de viviendas están perturbadas en la Argentina por el desarrollo fantasioso del programa de construcciones oficiales. Los hombres apenas si pueden comprar las pequeñas cosas que sirven para ornar su vida. De este modo, al abrigo de la necesidad inmediata, se forma una pequeña industria de quincallería, en la que trabajan 200, 300, 400 mil hombres. No es la industrialización seria, recia, que exige el país. Creada sobre el sacrificio de todos los argentinos, es una industria oportunista, porque sus capitales provienen del dinero emitido por el Banco Central y de los préstamos del Banco Industrial. Y ahora, esa industria, que ya no puede vivir y que se está extinguiendo lentamente, plantea un dramático problema: el problema de la reconvención del trabajo de esos 200, 300 o 400 mil hombres, de ese millón de habitantes de Buenos Aires, que tendrán que marchar hacia el campo o trabajar en nuevas industrias cuya creación no se advierte como será posible en el estado de depresión económica y social en que se sume el país.
Esta es la gran crisis que afronta la Argentina. No existe una industrialización seria. El Radicalismo no se opone a la industrialización. El ansia como proceso indispensable para el logro de la emancipación económica argentina. Pero nuestra industrialización tiene que apoyarse sobre dos bases fundamentales: transporte y la autosuficiencia energética.
Si examinamos el problema del transporte, encontramos que existe una crisis profunda de estructura, derivada no de la nacionalización de los ferrocarriles, sino de la
peronización de los ferrocarriles, que ha subvertido su organización interna, que ha entregado los puestos de comando a militantes políticos y que ha privado a la red ferroviaria del necesario proceso de renovación mediante la incorporación de nuevas máquinas, porque las divisas que constituyen la garantía del poder adquisitivo argentino en el exterior, fueron despilfarradas por un Régimen que no tenía vueltos los ojos al país.
Y si dirigimos la mirada hacia la energía, comprobamos que la provisión argentina de combustible ha disminuído y el aprovechamiento integral de la energía hidroeléctrica  que debió realizarse con carácter de epopeya- apenas se encuentra en su comienzo. El país, en consecuencia de ella, ha tenido que intensificar su importación de combustibles, al extremo de que el año pasado debió invertir más de mil millones de pesos en comprar el petróleo y el carbón de piedra indispensables para el sostenimiento precario de su industria y de su energía termoeléctrica.
La nacionalización de los yacimientos de petróleo, esa bandera radical que concibió Yrigoyen con acierto preciso y visión clara de las necesidades del porvenir, fue arriada en 1930, cuando el gobierno nacional cayó por la acción de columnas militaristas de las que formaba parte el actual Presidente de la República, quien acaba de confesar esta verdad en un momento de desconcierto y desasosiego. Y continúa arriada. Desde 1930 hasta ahora, en los yacimientos de petróleo argentino no está la bandera de nuestra Patria, sino las banderas extranjeras, que marcan el sometimiento del combustible básico para el desarrollo nacional a las exigencias y a los intereses de los grandes monopolios internacionales.

Una mano tendida hacia los trabajadores.
Este proceso se integra con el sometimiento de los sindicatos. El señor Presidente de la República acaba de dirigir su palabra a un grupo de militantes sindicales, pretendiendo enlazar la suerte del sindicalismo argentino a la suerte del Régimen que él encabeza.
Saben los trabajadores argentinos que en los gobiernos de la Unión Cívica Radical existieron las garantías, el aliento de la organización sindical y el impulso de todas las fuerzas políticas de la República, necesarios para asegurar el pleno desarrollo de sus defensas profesionales.
Saben los trabajadores argentinos que éste es el partido de Hipólito Yrigoyen, quien supo gobernar con una mano puesta sobre el libro de la Constitución, para cumplirla y hacerla cumplir, y la otra extendida para estrechar la mano cálida de todos los trabajadores de nuestra tierra.
Saben los trabajadores que éste es el partido en cuya lucha se expresan todas las reivindicaciones sociales y económicas de la nacionalidad. Cuando nuevamente gobierne la Unión Cívica Radical, los sindicatos argentinos serán más fuertes que nunca. No dependerán del poder político. Podrán visitar al Presidente de la República de igual a igual, como la expresión del poder sindical, sin que el Presidente de la República elegido por la Unión Cívica Radical jamás pretenda uncirlos ni someterlos al vilipendio de ninguna expresión de baja política.
La Unión Cívica Radical no dice que va a respetar las actuales conquistas otorgadas a los sectores obreros, porque ellas están colocadas sobre las bases falibles de un régimen monetario que se maneja de acuerdo con los caprichos del poder. La Unión Cívica
Radical va a crear las condiciones sociales y económicas de fondo para que el trabajo argentino tenga posibilidades de plena redención, y para que la economía argentina esté al servicio, no de los poseedores, sino de las exigencias del desarrollo nacional y del bienestar.
Saben los trabajadores argentinos que nuestras «Bases de Acción Política» enuncian un derecho que es para nosotros un compromiso de observancia ineludible. Los queremos a ellos, a los trabajadores, actuando en el primer plano de la conducción de la economía, es decir, no sólo beneficiándose con la participación en las utilidades, sino también interviniendo en la codirección de todas las empresas. De esta manera los hombres del trabajo emergerán de la supeditación en que hoy se encuentran, por no disponer de los medios de producción, y estos últimos serán puestos al servicio de la República y al servicio de la condición humana de todos los habitantes del país.

La vida del hombre argentino.
Estas no son meras palabras. Estos no son compromisos de carácter electoralista.
Esta es la historia vivida y sufrida por los hombres de la Unión Cívica Radical en una larga lucha que tiene más de sesenta años. Esta es nuestra prédica sacrificada y éstas son las banderas que hemos sostenido con sangre de nuestros corazones. Nosotros no hemos esperado estar en el gobierno para defender esta causa, ni la defendemos tampoco por pertenecer a un sector social determinado. La defenderemos porque nuestra bandera suprema es la vida de los hombres. Queremos que todo en la Argentina -economía, estructura social, estado político- esté subordinado a la vida del hombre argentino como supremo objetivo, como finalidad suprema de la existencia nacional.

Somos una permanencia histórica.
Con estas grandes banderas enfrentamos el retorno del despotismo, que está delante nuestro en expresiones y en actos que revelan la ausencia de toda serenidad.
Frente a la tentación del odio, frente al mandato de la violencia, la Unión Cívica Radical responde con serena y reflexiva energía. Si nos lanzáramos a la contestación del ataque, desataríamos la guerra civil en la vida argentina. Si fuéramos un episodio transitorio, podríamos disputar esa guerra civil. Pero nosotros somos una permanencia dentro de la vida argentina. Cuando no exista sino el recuerdo de estas épocas nefastas, estará la Unión Cívica Radical como contextura y la estructura fundamental de nuestra Patria.
Porque representamos una comunidad histórica, tenemos que cuidar la solidaridad, la unión, la concordia entre los argentinos. Debemos fortalecer los vínculos que pueden arraigar en nuestra Patria, y no los factores de disociación, de humillación, de persecución que pueden debilitar a la Argentina en el concierto interno y en el orden internacional. Por eso dirigimos un llamamiento supremo. ¿Cómo es posible que se hayan extinguido hasta el último reflejo de patriotismo en los hombres que tienen la responsabilidad de la conducción del país? Al plantear este angustioso interrogante no me refiero sólo al Presidente de la República. El Régimen actual se ha apartado del derecho y ha colocado los poderes del estado en el terreno de la fuerza y de la violencia. Quienquiera represente una fuerza en el país tiene la responsabilidad de este trágico momento argentino.
La Unión Cívica Radical no conspira, porque su prédica, su posición y su historia no la vinculan a episodios que necesiten disimularse en las sombras de la noche. La Unión Cívica Radical cumplirá su deber serenamente, reflexivamente. Aunque se cierren los caminos, esta fuerza histórica sabrá realizar todos los sacrificios que sean imprescindibles para que de la tierra argentina no desaparezcan los caracteres, ni los símbolos ni los fines que dieron origen a la nacionalidad. Lo hará seria y responsablemente, porque la Unión Cívica Radical, cuando asumió la suprema responsabilidad de la protesta armada, supo hacerlo, no en las sombras de la noche, sino por la acción valerosa y pública de sus autoridades constituidas, como ocurrió en todos los episodios históricos que jalonan su trayectoria cívica.
Somos una comunidad política al servicio de la nacionalidad. Estamos armando nuestras filas, armando nuestra moral. Y podemos mirar hacia adelante con fe en el porvenir. Porque nosotros tenemos fe en nuestro papel y en el hombre argentino. Hasta en el hombre argentino que cree ser nuestro adversario. Sabemos que nos bastará acercarnos a él y estrecharnos contra la palpitación de su corazón, para que él se sienta radical como nosotros. Como nosotros nos sentimos, junto con él, parte necesaria para la realización de la Patria.

Las tareas urgentes.
Tiempos nuevos imponen nuevos deberes. El Radicalismo no es una fuerza política. Es una fuerza nacional.
En nombre de las angustias del hombre contemporáneo, los poderes fascistas tomaron la conducción del Estado, exactamente en la Argentina como en Europa, y su primera tarea, una vez que el hombre hizo la opción, la misma opción del 24 de febrero, entre la libertad y la justicia social, fue incomunicar totalmente a los seres humanos.
Cada hombre está aislado en sí mismo y sólo tiene conexión con los centros del poder. Nuestra tarea inmediata, urgente, candente, consiste en recrear los vínculos que permiten a los hombres comunicarse entre sí. Este es uno de los grandes papeles de la
Unión Cívica Radical. Su primera tarea es el acercamiento de los argentinos, cada uno de los cuales constituye un mundo apartado. Hay que ligarlos entre sí. Tenemos que extender vertiginosamente la organización partidaria a lo largo y a lo ancho del país. Tiene que haber, en cada centro de población urbana o rural y en cada barrio de cada ciudad, una organización representativa de nuestra función nacional. Tiene que haber en cada actividad social una organización del partido. Tiene que haber, dondequiera que las personas convivan en la comunidad del trabajo, un hombre que esté vinculado a la organización del partido, para que, en el momento de la gran crisis que pueda avecinarse, no dependamos de la restricción ni de la supresión de los medios de comunicación, sino que estemos ligados en el conocimiento, en la información, en la decisión de los organismos que el partido tiene que crear, como deber imperioso, en esta época.
Y tenemos que tener presente otra consigna fundamental, que a veces olvidamos explicablemente.
Estos fenómenos de regresión, esta reaparición del despotismo, se viste con ropaje moderno y toma como cobertura los sufrimientos y las esperanzas de los hombres del trabajo. Ellos no creen que en la democracia puedan realizarse la eliminación de sus angustias. Tenemos que probar, con todos los medios posibles, cómo en la democracia puede construirse un deseo muy humano de justicia y de respeto para la condición de los hombres, afirmándose entre todos los sentimientos el de la libertad. Si nosotros no cumplimos esa tarea y nos dejamos sobrellevar por la apariencia ventajosa de ciertos aliados circunstanciales, habremos incurrido en la peor deserción, y habremos favorecido, en el terreno en que el régimen ansía más, las aspiraciones del sistema que está humillando a la Argentina.
Nuestra lealtad con los hombres del trabajo, nuestra claridad doctrinaria, nuestra penetración en los puntos de vista para la construcción de un mundo, de un mundo mejor en la Argentina, son condiciones fundamentales para la victoria. Tenemos que ligar nuestra lucha por la libertad a la lucha por la supresión de las causas de fondo que trajeron ésta y las anteriores dictaduras: la pobreza, la incultura, la falta de desarrollo económico y social, la gravitación de los factores nacionales e internacionales del privilegio. Estos son nuestros enemigos, porque detrás de esos enemigos de fondo aparecieron las expresiones políticas del conservadorismo pasado y del fascismo presente, que están rigiendo la vida argentina.
Tenemos que eliminarlos de cuajo y para siempre, combatiendo no sólo sus consecuencias, sino también las causas que las provocaron, y creando las condiciones económicas, políticas, sociales y culturales de una auténtica democracia con hondo sentido humano. Este es el gran papel de la Unión Cívica Radical.

La unidad nacional.
Yo quisiera terminar. Pero antes me siento en el deber de señalar, como causa profunda de nuestra acción, la necesidad de lograr la unidad de nuestra Patria, proclamada y reclamada siempre por el Régimen.
Hay dos tipos de unidades nacionales, dije ya alguna vez. La primera es la unidad que implica el sometimiento de todos los hombres a la voluntad del poder. La unidad nacional de Hitler: un pueblo, un Estado, un conductor. La unidad de Mussolini: una multitud aborregada, ocho millones de camisas negras, un hombre que habla desde un balcón creando un imperio artificioso. La unidad nacional de Rosas: las cartas encabezadas por un lema, un cintillo en todos los pechos, un luto en todos los sombreros.
Y hay otra unidad nacional. La unidad nacional de las grandes democracias contemporáneas, que nace de la convivencia armónica, del amor fraterno a ideales que son expresión del genio nacional. La unidad nacional de Inglaterra, que peleaba contra las fuerzas del mal y soportaba estoica la agresión de los Stukas y de las bombas Zeta, en tanto que su parlamento deliberaba y demostraba, en su vivencia de la libertad, cómo las instituciones de ese pueblo admirable, aún en ese momento, estaban funcionando con regularidad, al tiempo que realizaba una profunda reforma en las condiciones de la vida social inglesa. La unidad nacional del pueblo norteamericano, que, mientras enviaba millones de sus hijos a morir en los campos de batalla de Europa y desplegaba el máximo de esfuerzo en sus fábricas, poniendo en tensión toda su economía, realizaba elecciones, discutía y debatía en comunidad todos los problemas de la República.
Escoja el Sr. Presidente la unidad nacional que quiera para la Argentina: la unidad nacional de la humillación, del aplastamiento de todas las circunstancias, del arrasamiento de todas las voluntades libres, o la unidad nacional que constituye la grandeza y el honor de los pueblos que marcan la máxima excelencia de la civilización contemporánea. Nosotros tenemos tomada nuestra posición. Queremos la unidad que nace del respaldo de todas las opiniones de la vivencia de los ideales que dieron forma y sentido a nuestra nacionalidad.
Pero advierta el Presidente de la República cuál fue el final trágico y azaroso de todos los regímenes que quisieron fundar la unión sobre la fuerza. Recuerde cuál fue el final del dictador de Alemania, cuál fue el final del dictador de Italia, cuál fue el final del dictador de la Argentina. Si traemos este recuerdo, no es con un carácter personal. Frente a los grandes procesos históricos, la suerte de un hombre poco interesa. Pero para que cayera Hitler, Alemania tuvo casi que perecer, y en cada casa, semidestruída, una cruz negra tuvo que recordar que uno de sus hijos entregó su vida por los desvaríos de quien detentaba la suma del poder.
No alzamos palabras fuertes, alzamos palabras firmes.
Nosotros luchamos por el sentido argentino de la vida, con fé profunda en nuestra causa y con una decisión inquebrantable. Mientras el Régimen revela su impotencia, no puede gobernar sino por la fuerza, y no se atreve a enfrentar un sólo acto público de la
Unión Cívica Radical, nosotros estamos más serenos y seguros que nunca. No alzamos palabras fuertes, alzamos palabras firmes, porque la nuestra es una decisión que proviene de la historia y del convencimiento de que estamos cumpliendo un deber superior a nuestras vidas y un mandato que viene de más allá de las tumbas de nuestros antepasados.
Trabajaremos, lucharemos y sufriremos juntos, compatriotas radicales, compatriotas argentinos. El esfuerzo no será estéril. De ese sacrificio está naciendo una vida nueva. Todo parto es laborioso, demanda sangre, requiere sufrimiento. Ahora está produciéndose en la Argentina el nacimiento de la Patria soñada, siempre irrealizada, de la Patria que nosotros legaremos a nuestros hijos como una esperanza para toda la humanidad.

Lucha Integral en Todos los Frentes






















Fuente: Discurso pronunciado por el Dr. Moisés Lebensohn en el seno de la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical, el 25 de abril de 1953. 
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miércoles, 15 de octubre de 2014

Oscar Torres Avalos: "La Hora del Pueblo" (1992)

Los antecedentes mediatos de la Hora del Pueblo se registra en la Asamblea de la Civilidad, en 1962, cuando Ricardo Balbín era presidente del Comité Nacional del radicalismo y Arturo Mor Roig el secretario. Luego, entre 1967 y 1968, a través de Zavala Ortiz, Facundo Suarez y Arturo Illia, se estableció un programa de coincidencias con Jerónimo Remorino, delegado de Juan Perón, quien desde Madrid dio su expresa aprobación.
Frente al gobierno de Levingston, en 1970, se presento una situación política de gran tensión, porque el presidente no dio señales de apertura; por el contrario, sus pasos iban dirigidos a organizar un movimiento hacia su mandato, prescindiendo de los partidos políticos. Tan así es que fueron utilizados personajes de la vida política argentina, como Oscar Alende, a quien se le facilitaron los canales de televisión para que hablara en favor de Levingston. El ministro del Interior, Cordón Aguirre, tomo contacto con políticos como Juan Trilla. La crisis se agudizo, porque el tiempo estaba maduro para alcanzar la solución política que Levingston no daba.
Los partidos políticos trataron de llegar a un acuerdo para alcanzar la salida democrática. Las cabezas del peronismo y del radicalismo convinieron una declaración junto con otros partidos. En ella intervinieron Balbín, por la Unión Cívica Radical; Jorge Daniel Paladino, encabezando al justicialismo; el Partido Socialista, representado por Jorge Selser; el Partido Demócrata Progresista, con Horacio Thedy; el Partido Conservador Popular, con Vicente Solano Lima, e intervino a titulo privado y con carácter independiente el escribano Rawson Paz, que estaba vinculado a grupos de la revolución de 1955, representantes de la ideología de Pedro Eugenio Aramburu. Esta primera declaracion aparece a fines de 1971 Paralelamente se producía en las Fuerzas Armadas una marcada diferencia de criterios entre los altos mandos y Levingston, situación que hizo crisis en marzo de 1971 y que provoco el alejamiento de este y la asunción de Alejandro A. Lanusse, comandante en jefe del Ejercito.
La Hora del Pueblo cumplió un papel impulsor de la salida institucional, e indirectamente, sin acuerdos ni pactos escritos, había total coincidencia en el sentido de institucionalizar democráticamente el país. De ahí en adelante, la Hora del Pueblo represento la decisión de la mayoría respecto a la política argentina, en cuanto a que proclamo la necesidad de buscar soluciones a través de las instituciones republicanas. Por eso desarrollo su filosofía estableciendo reglas de juego para el futuro político, que Balbin sintetizo de esta manera.

«El que gana gobierna y el que pierde colabora desde la oposición».

La amistad de Balbín y Perón quedo coronada en los hechos, y el caudillo radical supo destacarla con mucha emoción en su despedida fúnebre al presidente fallecido, en el ámbito del Congreso Nacional.






















Fuente: Oscar Torres Avalos: "La Hora del Pueblo" (1992)
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sábado, 11 de octubre de 2014

Tulio Halperin Donghi: "El Enigma Yrigoyen" (1997)

Lo que quisiera conversar hoy con ustedes tiene que ver con un proyecto que estoy tratando de llevar a cabo, y que es una suerte de antología de escritos políticos argentinos. La colección se titula, me parece que demasiado ambiciosamente, "Biblioteca del Pensamiento Argentino". A mí me toca el período que va desde la Ley Sáenz Peña hasta 1943-1945 y dentro de ese período, naturalmente, hay una figura central, una figura de una importancia enorme por el impacto que su presencia tuvo en el curso de la historia argentina. Me refiero naturalmente a Hipólito Yrigoyen.

Hipólito Yrigoyen fue siempre una figura muy problemática, muy difícil de interpretar y que hizo sospechar a muchos que lo que ellos creían acerca de la Argentina, acerca de las tradiciones políticas argentinas, acerca de las tendencias políticas argentinas, simplemente estaba equivocado y que había, en el desarrollo de la política argentina, y, más aún, de la vida argentina, algo de misterioso que de pronto se revelaba en la presencia central de una figura tan extravagante, es decir, tan alejada de las pautas que se esperaban de un dirigente político. Una figura que en medio de ese carácter atípico, sin embargo, mostraba un dominio del campo político incomparablemente más eficaz que el de cualquiera de sus rivales. Esto es lo que quisiera discutir hoy como "El enigma Yrigoyen".

Para entender por qué Yrigoyen aparecía como tan enigmático es necesario volver un poco más atrás y recordar de qué manera había sido prevista, no diría planeada, la transición hacia la democracia que significaba la implantación de la Ley Sáenz Peña. En el momento en que se produce esa transición había en el fondo una considerable vaguedad, una considerable imprecisión en torno a cuáles iban a ser los efectos de esa ley; si esa ley iba efectivamente a eliminar el predominio de los partidos que existían hasta ese momento, que, como todos estaban de acuerdo, no eran partidos, ya que habían perdido toda coherencia; o si, por el contrario, esos no-partidos que, sin embargo, habían tenido un dominio muy grande del estado y de los mecanismos de representación política, estaban demasiado arraigados en la máquina del estado, en la máquina electoral, para que su predominio fuera amenazado por la transición. En lo que no había demasiada discusión era en cuál era la alternativa que iba o no a reemplazarlo. Esa alternativa era lo que se llamaba "los partidos nuevos". En los debates parlamentarios todos hablaban de los partidos nuevos. ¿Cuáles eran esos partidos nuevos? En términos muy generales, se los caracterizaba como partidos de ideas, que quería decir que eran partidos programáticos, partidos que se organizaban en torno a un cierto programa de cambio y que se prometían implantarlo en el caso de tener éxito. Esos partidos nuevos a veces se mencionaban por su nombre, eran el Partido Socialista, la Liga del Sur y la Unión Cívica Radical; pero cuando se ve cuál era el perfil que se atribuía a esos partidos nuevos se advierte que el único partido que es realmente un partido nuevo según esta concepción es el Partido Socialista. De todas maneras, la mirada es tan panorámica que se cree que, de alguna manera, los otros partidos, con las condiciones en las cuales se desarrolla una democracia de sufragio universal, si no son ya partidos programáticos, van a tener que serlo. En esto se encuentra a veces, en esas discusiones, uno de los argumentos para confiar en que la transición democrática no traerá consigo una transferencia de poder de los partidos ya existentes a los partidos nuevos, porque los partidos nuevos necesariamente van a organizarse en torno a programas de cambio social relativamente significativo y radical y la Argentina es, desde ese punto de vista, un país esencialmente conservador. Esos programas, lejos de atraer el favor del electorado, lo van a ahuyentar. Por lo menos no van a conseguir apoyo suficiente para obtener mayorías electorales para ninguno de los partidos nuevos.

Nos encontramos aquí, desde luego, con una serie de anticipos que preparan para una decepción muy fuerte porque, efectivamente, el más importante de los partidos nuevos no es un partido nuevo. La Unión Cívica Radical, en el fondo, es el único partido que sigue siendo auténticamente un partido, aunque pequeño, en el marco de los partidos tradicionales. Es decir, es un partido que no es nuevo en ese momento ­data de 1892­ pero es más nuevo, por ejemplo, que el Partido Autonomista de los "pellegrinistas"; es menos nuevo, es más viejo. Además, es un partido cuya dirigencia tiene un pasado, que es el pasado de la vieja política. De tal manera que aquí hay ya un espacio para la decepción, pero la decepción que va a venir es mucho más seria que ésta, es una decepción que surge del éxito que Hipólito Yrigoyen obtiene en el marco de las nuevas normas electorales. Aquí creo que, en parte, es una decepción que viene de la visión no basada en ninguna experiencia de lo que significa el paso a una democracia de sufragio universal. Por ejemplo, Lisandro de la Torre estaba convencido de que las máquinas electorales que controlaban las situaciones provinciales no se estaban preparando como correspondía para esa metamorfosis porque no estaban aceptando un programa de reformas que las transformara en partido de ideas. Había un elemento que De la Torre no consideraba, y que parece, sin embargo, bastante obvio, y es que esa transformación de los mecanismos electorales obligaba a una cosa mucho más pedestre pero imprescindible que era transformar máquinas políticas destinadas a movilizar a un grupo muy pequeño en situaciones no competitivas en máquinas políticas capaces de disputar la mayoría del electorado con sus rivales. Lo más curioso de esta ceguera de De la Torre es que mientras él ignora esa necesidad cuando presenta un programa de transformación nacional, la advierte perfectamente cuando funciona políticamente en la provincia de Santa Fe. La Liga del Sur adopta una organización que es una organización calcada de la Unión Cívica Radical de la que proviene De la Torre, es decir, una organización que crea comités permanentes, prácticamente en todos los pueblos donde esperan poder contar con algún apoyo. De tal manera que hay aquí un elemento para la sorpresa, por el éxito de Yrigoyen, que viene de algo muy sencillo, y es que Yrigoyen sabe perfectamente, y desde el primer día, que hay que hacer eso. De tal manera que él ve la transición como una transición que se da en la creación de un partido cuya organización le permite acceder al nuevo electorado del sufragio universal. Aquí nos encontramos con algo que creo que tiene mucho que ver con el éxito político de Yrigoyen, y que va a hacer ese éxito tan irritante, su enorme capacidad organizativa.

En 1893 Yrigoyen lanza al radicalismo provincial a la revolución y esa revolución son ochenta y cinco revoluciones que estallan simultáneamente en ochenta y cinco cabezas de partido. Todo esto él lo ha logrado en un partido que se ha formado en 1892. De tal manera que encontramos aquí a un organizador formidable. ¿Cuáles eran sus métodos de organización? Eran métodos anteriores a los de un moderno partido de masas pero métodos que iban a sobrevivir luego en otras experiencias democráticas. A este respecto, una anécdota me parece muy relevante. Rómulo Bentancourt, el creador de Acción Democrática de Venezuela, que se reprochaba haber inventado a Carlos Andrés Pérez, decía que hacer elegir presidente a este último le había costado tomar un café con cada uno de los votantes de Venezuela. Es decir, en medio del nuevo sistema de propaganda por televisión y demás, había ciertos métodos organizativos que hacían política de masas con procedimientos anteriores a la política de masas y ése era, evidentemente, el mecanismo tan exitoso que Yrigoyen había puesto en movimiento. De tal manera que hay un elemento que explica la irritación frente a Yrigoyen y es simplemente el éxito. En el fondo, la Ley Sáenz Peña atribuye un tercio a la oposición porque nadie creía que en una representación proporcional el radicalismo iba a conseguir un tercio de los votos, de tal manera que es ese éxito el que prepara ya a los adversarios políticos de Yrigoyen para contemplar su gestión de un modo poco caritativo.

Pero hay otras transformaciones que Yrigoyen trae consigo y que hacen que a esa irritación se acompañe la perplejidad. Desde muy pronto Yrigoyen, efectivamente, comienza a ser visto como una figura enigmática. No se sabe, por ejemplo, si es tonto. A veces lo parece pero cuando se ve en su funcionamiento político se advierte que, en este caso, la tontería es un elemento muy eficaz de éxito. Por otra parte, no se sabe si cree en lo que dice. Muchos de sus adversarios caritativamente dicen que, obviamente, no puede creer porque es un galimatías sin sentido o si, por el contrario, es un manipulador de sus crédulos seguidores que son admiradores de la poesía de Almafuerte y que entonces están listos para admirar el equivalente en prosa de la poesía de Almafuerte.

Ahora bien, Yrigoyen es entonces, desde muy pronto, desde 1916, un enigma pero un problema, una figura irritante para todos sus rivales de la derecha, sus rivales conservadores, pero también sus rivales de la izquierda. Los socialistas sólo se consolaban pensando que en el fondo la formación de una democracia es un proceso educativo y que es necesariamente un proceso lento; que efectivamente lo que estaba ocurriendo eran los primeros errores en un camino que gradualmente iba a llevar a opciones más razonables. De todas maneras, tampoco ellos podían entender demasiado bien por qué Yrigoyen lograba despertar esas adhesiones que, efectivamente, despertaba. Si esto era un enigma, un problema, un factor irritante, tardó bastante tiempo en transformarse en el problema central de la política argentina. Por el contrario, la primera presidencia de Yrigoyen fue considerada por sus enemigos una presidencia muy poco brillante. Aquí hay un elemento que hay que tener en cuenta. Sólo gradualmente comenzó a urdirse la leyenda de la edad de oro administrativa que había sido la etapa conservadora. A partir de 1916 el reproche que aun sus adversarios conservadores le hacen a Yrigoyen es que el tránsito al sufragio universal no ha mejorado el nivel político característico de la vieja república oligárquica; un reproche que no carecía de fundamento pero que al mismo tiempo era bastante limitado. A Yrigoyen le reprochaban en el fondo que no fuera mejor que ellos y, por otra parte, ese reproche era un elemento relativamente marginal en la visión de los problemas que la Argentina enfrentaba porque inmediatamente después de la elección de Yrigoyen, a partir de 1917, comienza un período de movilización social muy considerable que, en realidad, dura hasta 1921 y tiene, por una parte, sus causas, si ustedes quieren ser, digamos, marxistas vulgares. Tiene que ver con el hecho de que luego de un período de muy intensa crisis de desocupación la economía comienza a florecer, a expandirse y requiere más fuerza de trabajo. Los trabajadores descubren que simplemente su posición negociadora es más fuerte por ese solo hecho y, además, hay un proceso inflacionario. De tal manera que ellos tienen motivos para entrar en conflictos y tienen también la sensación de que ahora es menos contraproducente de lo que ha sido en la etapa anterior. Al mismo tiempo, como ustedes saben, hay una inspiración ideológica que viene, en parte, de las esperanzas que las potencias aliadas se dedican a fomentar sobre el cambio social que va a venir luego de su victoria y, en parte, de la Revolución Rusa. Las dos influencias, curiosamente, no se distinguen demasiado en ese momento. Incluso a Ingenieros uno lo encuentra algunas veces diciendo las posiciones de Wilson y Lenin, es decir, Lenin es una especie de Wilson más malhumorado.

Todo eso crea una situación en la cual el problema central es el problema del conflicto social y lo que se les reprocha a los radicales es, a lo sumo, que no sean lo bastante militantes en defender la causa del orden establecido en el conflicto social. Es un reproche que tiene sus altibajos porque hay momentos en que los radicales, por cierto, son bastante militantes en esa defensa y otros momentos en que no. De tal manera que sólo cuando el conflicto social se aquieta a partir de 1921, y se aquieta en el fondo porque, por una parte, termina el breve auge de posguerra y, por otra, viene una estabilización de precios, la fuerza de trabajo se siente menos fuerte y tiene menos motivos para activar. Sólo entonces comienza a verse que de pronto hay otro problema, es decir, que la transición al sufragio universal no sólo es problemática porque tiene como consecuencia un estado que está menos "jugado" en el conflicto social, sino que es problemática en sí misma porque está cambiando los rasgos mismos de la vida política. Hay aquí entonces el comienzo de una doble reacción. Por una parte, una reacción a Yrigoyen y, por otra, una reacción que se hace cada vez más abierta, cada vez más decidida, a la democracia de sufragio universal.

Luego de esta introducción bastante larga llegamos finalmente a nuestro enigma, es decir, a Yrigoyen. ¿Por qué Yrigoyen era tan problemático? Porque, efectivamente, él introduce un estilo de interpelación política totalmente nuevo que, por otra parte, hace escuela. Al respecto, yo quisiera comenzar comparando un texto que es esa biografía oficiosa que en cada campaña presidencial presentaba el candidato. El predecesor de Yrigoyen en las elecciones, Roque Sáenz Peña, había tenido a su servicio un autor de primera fila. Este autor era Paul Groussac.

Paul Groussac escribió una muy curiosa presentación de Sáenz Peña que, en típico estilo Groussac, subraya todo lo que en Sáenz Peña lo hace merecedor de su sincero afecto, pero agrega que ese aspecto no le impide ver, naturalmente, las fallas del candidato. Señala que es un hombre más respetado por sus virtudes, por su entusiasmo, que por la agudeza de su inteligencia; que es un hombre, por otra parte, como dice en frase deliciosa, que no hay ley que él obedezca con más placer que la "ley del menor esfuerzo". Me parece que aquí vemos no sólo la presencia de una pluma incontenible (porque Groussac sin duda no se sentó a escribir pensando decir esas cosas) sino, además, la presencia de todo un sistema político muy curioso. Hay una frase de Montesquieu en donde él dice que la única igualdad verdadera existe en las aristocracias y entre los aristócratas. Yo creo que eso es lo que se refleja también en este texto de Groussac. Groussac es el igual de Sáenz Peña pero no sólo eso, escribe para un público de iguales con los cuales no se trata de ocultar nada, todos son tan partícipes de los secretos del príncipe como él. De tal manera que tratar de decirles que Sáenz Peña es un pensador agudo sería ofensivo. Por lo tanto, ese texto que resulta tan poco chocante, que es la pieza de resistencia en los dos volúmenes que la Unión Nacional publica luego, una vez elegido Sáenz Peña, bajo el título de Roque Sáenz Peña , es perfectamente adecuado a ese contexto.

Hay otro texto que presenta a Yrigoyen. Ese texto es de Horacio Oyhanarte y se llama El Hombre y, antes de la elección de Yrigoyen, alcanzó una sexta edición. Es un texto que cambia totalmente el modo de dirigirse al protagonista, de hablar del protagonista, y, al mismo tiempo, el modo de dirigirse al público:

[...] Pero vamos al encuentro del hombre, iremos a tomarlo donde lo ha colocado la historia como en un altar, en su Sinaí, entre los escombros humeantes del parque. En la mañana formidable el estampido de los cañones despertó a la urbe soñolienta. ¡Por fin!, dijo la ciudad bendiciendo la hora; ¡Por fin!, respiraron los pechos de las madres angustiadas y el sollozo de los niños (dormidos). ¡Por fin!, clamó el coraje y el odio y el extravío y la virtud. Era la lluvia sobre la tierra reseca y resquebrajada, era la providencia sumándose al mundo y señalando con su índice de misterio el camino de un nuevo calvario. Cada disparo tenía un eco en la conciencia colectiva [...].

Ahora bien, lo más curioso de esto es que en esta presentación grandiosa del hombre, sólo al final se advierte que no se trata de Yrigoyen. Efectivamente, cuando dice "[...] él era la revolución, por eso estaba allí, por eso lo rodeaba la tragedia, por eso sus botas rotas se manchaban de sangre humana y sus barbas níveas alzaban como un relente el humo de la pólvora [...]", el mero dato de que las barbas níveas nunca fueran parte de la figura de Yrigoyen permite descubrir que aquí ha estado hablando, no se sabe por qué, de Leandro N. Alem. Inmediatamente pasa a hablar de Yrigoyen:

[...] si fuéramos a definir en una fórmula al Dr. Hipólito Yrigoyen diríamos que es el máximum del talento dentro del máximo del equilibrio mental. Ya sabemos lo difícil, lo providencial que importa que se realice este dualismo, esta verdadera entelequia. Cuando ella aparece concretada en la frente de un hombre, ese hombre es un iluminado que lleva en sí el fuego que caldea y el freno que contiene. La vela hinchada del ideal y el timón que la orienta, es a la vez fuerza y serenidad, empuje y resistencia, terquedad gloriosa, empecinamiento magnífico, fuego y luz, lluvia y germen... [...] el mayor talento corresponde a la vez al mayor desequilibrio mental. De ahí, sin duda, la teoría de la escuela positiva de que el genio y el talento sean una anormalidad. El genio y el talento suelen elevar tanto más en sus radicaciones cuanto más caen en las trivialidades; a la manera de esas montañas que más se elevan hacia el infinito cuanto mayor es el hachazo de sus abismos. Su estilo ­de pronto pasa sin advertencia a otro tema­, es como el trasunto de su propia individualidad, severa, sin afectaciones ni protocolo. Se lo reconoce en su envoltura intelectual como en su vestimenta civil, parco, sin una sola cosa más de la necesaria. Así es también en todas sus modalidades. Trabaja, sueña, piensa, vive, combate y guerrea por su patria a la cual le dedica sin limitaciones desde la preocupación más leve hasta el insomnio más mortificante. Mira allá lejos donde el horizonte se esfuma en interrogaciones [...], etcétera.

No voy a infligirles mucho más porque es de una monotonía notable. De todas maneras, como ustedes ven aquí, esto es un texto que establece una relación totalmente diferente, en primer lugar entre Oyhanarte e Yrigoyen y, por otra parte, entre Oyhanarte y sus lectores. Aquí, el igualitarismo aristocrático ha desaparecido por completo. Por una parte, Oyhanarte se posterna ante Yrigoyen, pero, por la otra, se envuelve en algo del prestigio de Yrigoyen cuando se vuelve a los lectores. Esto es sólo un comienzo. Oyhanarte va a ser luego un político muy importante dentro de la administración radical y su estilo, en buena medida, anticipa lo que será el estilo de Yrigoyen. Este estilo, en mi opinión, ha alcanzado su punto más alto en un telegrama que Yrigoyen envía a Marcelo Torcuato de Alvear, que es su embajador en Francia en 1920, y que debe actuar como representante argentino en la Liga de las Naciones. Yrigoyen le da a Alvear instrucciones precisas. Estas instrucciones son que debe presentarse en la Asamblea de la Liga de las Naciones simplemente al efecto de decir que si la Liga de las Naciones no se abre a todas las naciones de la Tierra, la Argentina se rehúsa a integrarla. Alvear parece anonadado por esas instrucciones y escribe, en una prosa que uno no esperaría del Dr. Alvear, que todos conocimos como uno de los más sensatos de nuestros presidentes, el siguiente poema en prosa:

Sobre la ruta pensativa el maestro marchaba solo y la ruta aclaraba ante su gesto. A su alrededor, desplegando sus pasiones anárquicas, la multitud se agitaba creciendo en las alarmas de su noche de inconsciencia y sus discípulos ansiosos lo seguían y no comprendiendo y temiendo la tempestad, hablaban entre sí. Entonces, el que entre todos el maestro quería y creía más leal en su fe, más valiente también [...]

(Ginebra, 3 de diciembre de 1920).

Aquí nos encontramos con esas transiciones a las que la prosa radical va a tener que acostumbrarnos porque después de esa evocación casi de Cristo predicando en Galilea, pasa a fecharlo y dice:

"¡Maestro, daos cuenta!, marchamos hacia el abismo. El mundo alrededor nuestro edifica la ciudad de bronce mientras nosotros vamos al desierto. Ya estamos solos, lejos de los pozos, lejos de los fuegos del vivaque. Entre nosotros mismos lo han dicho. ¡Maestro, daos cuenta!"

A esto sigue el telegrama de respuesta de Yrigoyen que es, evidentemente, un modelo mucho más complejo de prosa que Alvear ha logrado sólo imitar de una manera casi sobria:

Arrastrada por la eterna corriente de los destinos de la vida, flotando por el misterio insondable que la conduce, la balsa de la humanidad deriva hacia la aurora que día tras día despunta gloriosa en el corazón profundo del hombre. Tumulto, tumulto de la historia de los mundos de la ignorancia. Sobre la balsa nos peleamos por el oro de un reflejo que nadie jamás ha podido vivir y nos devoramos los unos a los otros y nos empujamos todos al abismo en la alucinación colectiva del espejismo cualquiera de la hora. Clamor, clamor de agonía de los mundos de lo efímero. Profesión íntima de mi espíritu fue siempre guardando silencio en la solitud, meditar el querer las cosas del océano.

¿Qué quiere decir esto? Probablemente lo sabría el Dr. Yrigoyen.

En la actitud hierática del elegido, portador de la canastilla de mimbre en donde el alma del fuego ancestral sobre su lecho de arcilla se despierta al devenir, durante treinta años seculares, en la angustia muchas veces pero siempre también en la certidumbre, he cobijado bajo el viento de demencia de los míos, la chispa argentina de las forjas de la epopeya; y sordo, sordo mis propias entrañas al alboroto de los que huyen en pánico o se rehúsan a la ofrenda mística de su ser, siempre he ignorado el gesto que renuncia y no he nunca vivido de mi propia vida sino las indomables rebeliones de mi (sub-subhumano) en humildad profunda frente a las cosas de lo absoluto, esperando que la razón inmanente esclareciera en nuestro juicio de pastores y de rebaños.

Ahora bien, lo curioso es que esto que parece una divagación, o trata del destino de la humanidad o no trata de nada. En realidad, cuando se la lee con mucho cuidado, se advierte que es un mensaje muy preciso al Dr. Alvear.

¿Cuál es la etapa que debemos emprender ahora? Reencarnado el querer redentor que desde el alba selló nuestra historia con el sello de eternidad de las razas liberatrices, es en vértigo de un mundo que se enloquece en un dédalo de violencias instintivas y se derrumba en un caos universal de rebeliones puramente impulsivas que no responden a ningún orden humano de previsión secular y no tienen otro fin colectivo que la satisfacción inmediata de necesidades torturantes; es cuando en los confines tenebrosos de la inconsciencia humana se va condensando formidablemente la tormenta apocalíptica de la guerra social ignominiosa en la violencia suicida de una civilización que sólo ha sabido complicar la vida sin resolver ninguno de sus problemas. Es en la hora universal supremamente histórica que es la nuestra, a nosotros argentinos, que ya que somos los únicos a vivir actualmente la fe creadora de nuestros abuelos, en voluntad de hermanas resurrecciones, les digo, irradiad sobre el mundo en afirmación del ideal viviente de nuestros padres, la gloria de nuestras reconquistas que son la estrella única de las reconquistas posibles del alma occidental.

Se advierte, en primer lugar, que Yrigoyen está convencido de que el radicalismo ha vuelto a las fuentes de la nacionalidad argentina y gracias a ese milagro se ha constituido en lo único que queda de salvable, que va camino de la redención, en todo el mundo occidental. Este optimismo, por otra parte, todavía se mantiene en un nivel muy general, una perspectiva de historia universal y de filosofía de la historia:

[...] pues vosotros, los que debéis aquí daros cuenta, cerrad los ojos, tapad los oídos; esto es, aislaos de la batahola de las cosas del momento en que todos, renunciando a las glorias del gesto noble, rodamos como despojos y perdemos la clara visión en lontananza del fin supremo de nuestros esfuerzos. Sumergiros en aguas profundas en donde ya no repercute la eterna tempestad de las ondas superficiales. ¿No sentís ascender una marea? ¿No sentís que en el corazón de la Nación abismos de abyección se despiertan a la luz y ya claman a los cielos su querer de redención? ¿No sentís en marcha el mismo devenir? En verdad, cosas han muerto que nunca más han de resucitar y cosas han resucitado que habrán de vivir eternas. Mañana, pasado mañana tal vez, pero algún día, fatalmente, en alguna vuelta del camino argentino los pueblos comprenderán. Pero tal vez haya usted un tanto olvidado de los tiempos en que vivimos juntos el espíritu puro de la acción y del sacrificio. Tal vez se ha ya un tanto enredado en las cosas que exigen ser resueltas y prestándose a ellas en una hora, tal vez. Pero no, no es posible. Sólo necesita usted sentirse menos solo. Quiero pues al amigo, hacer aquí el mayor de los sacrificios, apelar al juicio de otras de las verdades que son el alma de mi ser y la antorcha de mi vida. Oiga el eco si sus oídos son sordos al timbre de la voz. El pueblo argentino firma la seguridad de mis convicciones en demostraciones consecutivas y en las reiteradas renovaciones de la representación pública. Así como en el momento actual asistimos a una verdadera irradiación de sentimientos patrios que vibran entusiastas de un extremo a otro de la República en resonancia de júbilo tal que lamento que usted no se encuentre aquí para experimentarlas con nosotros a la vez que enterarse de los aplausos que recibimos de los pueblos de todos los ámbitos de la Tierra y de los juicios de hombres más caracterizados en las representaciones actuales del mundo, que diariamente nos llegan en la forma más expresiva y encomiástica.

Es decir, esto de nuevo parece bastante vago pero me parece que tiene una frase que no tiene nada de vago:
"[...] el pueblo argentino afirma la seguridad de mis convicciones en demostraciones consecutivas y en las reiteradas renovaciones de la representación pública". Es decir, este larguísimo mensaje tiene un núcleo filosófico y un núcleo de promesa y amenaza. Es decir, "les quiero recordar que los radicales ganan elección tras elección y usted elige".

Efectivamente, tanto en su nivel más alto, como en su nivel más pedestre, este telegrama de Yrigoyen tiene total éxito porque he aquí la prosa de Alvear:

París, 6 de enero de 1921.
Maestro, creo en ti porque tus razones son profundas y para nosotros intangibles, porque tú vives la visión de la obra futura donde no somos en el crisol de la historia que hierve, más que metales en fusión, carbones y escoria. Cualquiera sea el camino, ciertamente seguiremos. Maestro, creo en ti.

Alvear.

Es decir, Yrigoyen ha rehecho una relación que es, por una parte, una relación yo diría de casi Maestro Sen a discípulo, pero, por otra parte, es una relación totalmente autoritaria de patrón del barco a uno de sus seguidores, relación en la que trabaja con una habilidad extrema porque, efectivamente, ha convencido a Alvear de que es su discípulo dilecto, que por lo tanto podrá seguir siéndolo después de esta pequeña tentación pero, al mismo tiempo, que para seguir siéndolo tiene que seguir efectivamente siendo su discípulo. Se entiende muy bien por qué la clase política argentina podía ver este intercambio ­que por otra parte podía ver en los diarios­ con un cierto desconcierto, porque ningún otro movimiento político se organizaba a través de estas definiciones de la relación entre su único dirigente y sus seguidores.

Había otra razón en realidad para que Yrigoyen se transformara cada vez más en el problema, y era la razón que él daba. Es decir que era constantemente refrendado por éxitos electorales, situación que se hizo evidente a partir de 1926 cuando, de pronto, lo que se creía que era el techo del radicalismo yrigoyenista, se advierte que era sólo el comienzo y que comienza otra marea electoral que terminará por arrasarlo todo y lo va a entronizar a Yrigoyen en 1928.

Esto transforma a Yrigoyen en el gran problema y aquí comienza a desarrollarse ­ya desde antes­ una literatura anti-yrigoyenista que no es menos notable que la literatura yrigoyenista. Hay quienes se transforman en especialistas en el tema, pero son muchos los aficionados al tema. Yrigoyen, hasta tal punto se transforma en la figura del escándalo, que nos llama la atención, por ejemplo, encontrar en la Historia de la Facultad de Medicina de Eliseo Cantón un discurso de más de una página donde él entra a considerar los problemas que se crea un país cuando su presidente, evidentemente, va camino de la demencia como el resultado tardío de una Sífilis mal curada en su juventud. Por otra parte, el presidente así atacado es llamado, rutinariamente, "El Tirano". Era un tirano de un tipo muy especial. Siempre se consideraba que, al fin y al cabo, las páginas en que el Dr. Cantón expresaba su opinión sobre el Dr. Yrigoyen habían sido impresas con fondos del Tesoro Nacional. Un tirano bastante permisivo. De todas maneras, esta literatura comienza por ser una literatura que toma a Yrigoyen por tema. En este sentido, uno de estos escritores inagotables sobre el tema es un político jujeño que comienza en la fila del radicalismo, Benjamín Villafañe, que publica en 1923 un libro titulado Yrigoyen, el último dictador, que es un ataque violento contra Yrigoyen, al que acusa de los peores crímenes, es decir, robo, asesinato, etc., con una imprecisión notable porque nunca menciona en qué consiste eso.

Lo curioso es que en la segunda mitad de la década, cuando Yrigoyen avanza así, irresistiblemente, hacia casi la totalidad del poder, ocurre una suerte de esbozada metamorfosis en el radicalismo y hasta cierto punto en Yrigoyen mismo. De pronto, el radicalismo comienza a mostrar algunos de los rasgos exteriores del famoso "partido de ideas". Toda la preparación de la victoria de Yrigoyen en 1928 se organiza en torno a un tema que es programático; es un tema muy bien elegido por Diego Luis Molinari y es el tema del petróleo, la defensa del petróleo nacional. No sólo eso, sino que la defensa nacional contenía ciertos principios en los que Yrigoyen había insistido, que eran que entre el radicalismo, que era una empresa de redención nacional, y sus opositores, que eran, en el mejor de los casos, representantes de intereses sectoriales y, en el peor y más frecuente, herederos de la pasada corrupción, no podía haber ninguna coincidencia programática. Es decir, podían existir pero eran irrelevantes. Había ahí un abismo político que no podía cruzarse. En cambio, lo que vemos en las discusiones en torno a la nacionalización del petróleo es que los representantes radicales van a abandonar su estilo habitual de conflicto. Así, no van a utilizar las reticencias de los socialistas, que dicen que no se oponen pero en el fondo se oponen a la nacionalización del petróleo, por la sencilla razón de que temen que eso sea la fuente de nuevos empleos que expandan la máquina radical ­en lo que quizás no se equivocan del todo­. Entonces, a pesar de que Repetto señala que él es partidario de la nacionalización en términos generales, se opone a esto, se opone a aquello, y, en suma, se opone a todo. La respuesta radical es que los gratifica enormemente que, salvo algunas pequeñas cuestiones de detalle, una figura tan experta como la del Dr. Repetto también los apoya.

Nos encontramos aquí, entonces, con una transformación muy curiosa que en cierta medida parece haber llegado también a Yrigoyen. Yrigoyen nunca había sido enormemente claro en sus tomas de posición y en su extrema vejez no parece haber ganado mucho en claridad, pero de todas maneras hay un trabajo de Arturo O'Connell sobre la misión D'Avernon. Él cuenta ahí que el embajador inglés le anticipó a lord D'Avernon que iba a oír de Yrigoyen unas expresiones de amor desaforado por Gran Bretaña tan extrañas que lord D'Avernon podría creer que, en el fondo, el Dr. Yrigoyen estaba esperando algún tipo de recompensa monetaria, pero que llegar a esa conclusión era peligrosísimo; que si intentaban sobornarlo Yrigoyen nunca se lo perdonaría y, aunque increíble, lo que el decía parecía ser totalmente sincero.

¿Cuáles son las razones que da Yrigoyen? Una es que ha entrado en una especie de obsesión antinorteamericana. La otra es muy curiosa y es que él quiere hacer algo por el gobierno laborista inglés porque al fin y al cabo el laborismo inglés es un partido que es el equivalente inglés de la Unión Cívica Radical. Ahora bien, ¿qué ha ocurrido aquí? Yo creo que en una lenta adaptación al clima de discusión política que se desarrolló en la década del veinte, Yrigoyen empezó a incluir elementos nuevos, elementos que venían de una cultura política diferente, en su visión de la política (y con esto me acerco a terminar, no se asusten ustedes), pero esa innovación era muy superficial. Entonces, me parece que lo más curioso de la extrañeza que causaba Yrigoyen era que, en el fondo, Yrigoyen representaba una versión extrema, casi una extrapolación de una visión de la política que era bastante vieja en la Argentina. Yo creo que las tentativas de mostrar que Yrigoyen era un heredero de la tradición rosista, me parecen totalmente carentes de fundamento. Pero había otra tradición más cercana en la que al fin y al cabo Yrigoyen se había formado. Yrigoyen había sido una figura de una relativa importancia en las filas del autonomismo porteño en una época en que, por cierto, todavía no había desarrollado sus preocupaciones por la pureza del sufragio que luego lo iban a caracterizar. Él era comisario de Balvanera y su tío, Leandro Alem, ganaba elecciones en Balvanera con una eficacia considerable. ¿Cuál era la cultura política en la cual ese tipo de dirigente de segunda fila se nutría en la Argentina? Era una cultura política que yo creo que estaba hecha de editoriales de diarios. ¿Y qué decían esos editoriales? Esos editoriales, en primer lugar, reflejaban un culto sin fisuras a una tradición democrática que llevaba adelante la identificación con la voluntad popular como la fuente de toda salud y constantemente presentaba como elemento positivo al pueblo. Es decir, "el pueblo terminará por limpiar estos establos de Augías", etc. Era una literatura muy notable teniendo en cuenta que el pueblo muy sensatamente no votaba. Las elecciones eran disputas entre máquinas electorales. Personalmente me ocupé de estudiar unos anuncios apocalípticos de José Hernández que anunciaban que finalmente el pueblo iba a barrer con las iniquidades mitristas. Llega el día de las elecciones y los mitristas ganan por la formidable movilización de seiscientos votos en toda la ciudad. Lo notable es que pasa eso y Hernández no está ni sorprendido ni afligido, es decir, vuelve a decir "ya vendrá el pueblo".

Ése es el núcleo del mensaje de Yrigoyen. Era una muy modesta visión de la política que era la que mantenía, dinamizaba, esas máquinas que en el fondo tenían esas ilusiones y las pequeñas ventajas quedaban. Una máquina electoral, por otra parte, bastante frugal. En ese sentido, yo creo que la visión más penetrante de Yrigoyen entre las de todos sus adversarios curiosamente es la del texto de Carlos Sánchez Viamonte, El último caudillo, en la cual hay una observación que me parece perfectamente válida; es decir que Yrigoyen era cronológicamente un hombre de la generación del 80, pero un hombre para el cual la generación del 80 no había existido. Es decir que él vivía espiritualmente en 1870 y que hasta casi el fin él había vivido con los valores, con la retórica, pero una retórica que era algo más que retórica, que era fe, porque Yrigoyen creía realmente ­como le decía a Alvear­ que cada victoria radical era un mojón en el camino hacia la redención.

Quisiera hacer una última consideración que es la siguiente:

La reorientación de Yrigoyen hacia una misión más moderna, cercana a la visión de partido de ideas, lejos de favorecerlo lo perjudicó, porque de alguna manera en un contexto en el cual los choques de ideas ya se encarnaban en choques de grupos sociales, las ideas avanzadas que a comienzo de siglo eran consideradas un rasgo de elegancia política intelectual, comenzaban a ser ideas peligrosas. Entonces, cuando Yrigoyen cae no se le reprocha no haber hecho nada, no se le reprocha haber mantenido un discurso totalmente vacío y haber hecho política por la política misma; se le reprochan las ocho horas, se le reprochan accidentes de trabajo, se le reprocha esto y aquello. Yrigoyen finalmente ha aprendido cómo debe ser un político moderno y ese tipo de político moderno tampoco es lo que sus adversarios quieren.

































Fuente: Versión desgrabada de la conferencia dictada por Halperin Donghi en la Universidad Nacional de Quilmes en octubre de 1997 en Instituto Nacional Yrigoyeneano.
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