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jueves, 9 de abril de 2015

Bernardo de Irigoyen: "La figura de Alem" (5 de julio de 1896)

Las cenizas de los hombres que, como el doctor Alem, personificaron ese conjunto de virtudes cívicas y privadas, que dignifican la vida, arrojan luces que alumbran el desenvolvimiento libre de los pueblos. La acción del tiempo, lejos de extinguirlas las conforta, para que sirvan de estímulo y de ejemplo a las generaciones que se suceden en el orden de la humanidad. No estoy llamado a pronunciar el elogio fúnebre del doctor Leandro N. Alem. Están designados los ciudadanos que deben perfilar en este acto los contornos de esa figura acentuada que representó en épocas recientes las manifestaciones y los anhelos de la opinión nacional.

Algunos de esos oradores dibujarán probablemente los primeros esfuerzos de aquel joven, que destituído de influencias y de favores, se incorporó airosamente al movimiento literario y científico del país. Aquel acto fué ya la profecía de su figuración política. Ocupó pronto un puesto prominente, entre Gallo, Del Valle, Goyena, López y otros igualmente esclarecidos, y tuvo poderosa influencia en los acuerdos y trabajos políticos de aquella agrupación, brillante por el talento de sus hombres, los que parecen destinados a ausentarse prematuramente del escenario de la vida.

Otros escribirán los variados accidentes de la existencia de Alem y referirán la espontaneidad con que, cuando la dignidad de la patria pareció en peligro, abandonó las reflexivas tareas del foro, para defender valientemente en los campos de batalla la integridad y el nombre de la Nación. y después de haber formado dignamente algunos años en las filas del ejército nacional, tornó a esta capital, para actuar con ardimiento en nuestras contiendas internas, conquistando ya en aquellas luchas el prestigio de que ha vivido acompañado, fuera próspera o adversa la situación en que lo colocaron los acontecimientos. Más tarde, debate con notabilísima ilustración en los parlamentos de la Provincia y de la Nación las altas y ruidosas cuestiones administrativas y constitucionales, que apasionaron en aquellos días el sentimiento nacional, y se aleja después de la escena pública sin reparar si son muchos o pocos los que lo acompañan, porque la soledad nunca abatió su espíritu ni debilitó sus patrióticos ideales.

Y no faltará alguno que al trazar esos rasgos biográficos, recuerde aquellos días críticos, en los que, aproximados los partidos tradicionales de la República, interrumpieron el espontáneo retraimiento de Alem, designándolo para presidir el levantamiento popular de julio, en favor de las libertades constitucionales del país. El aceptó sin vacilaciones la confianza que se le discerniera: tomó el puesto que le señalaran sus convicciones, el voto de sus amigos y de sus adversarios, y permaneció desde entonces fiel al espíritu, al lenguaje y al programa de aquella revolución, esencialmente nacional por los levantados designios que la decidieron.

Pero la revolución no fué como se ha dicho, una pasión de su alma ardiente, ni una veleidad genial. El creía sinceramente que las ideas que ha seguido sosteniendo formaban parte del plan sancionado por el sentimiento y por las necesidades constitucionales de la República y aceptado deliberadamente en 1890 por la Unión Cívica en el acto fundamental de su convocatoria.

La verdad, el desinterés, la pureza de propósitos, el amor a las instituciones que garantizan el destino de las naciones, la integridad política en la más alta acepción de la palabra; estas fueron las cualidades que constituyeron su ascendiente y su poder. Vivió desde sus primeros años identificado con el pueblo, que lo miraba como verdadero representante de sus aspiraciones y de sus derechos.

Nada podía ofrecer a los que lo acompañaban en las largas y espinosas luchas que dirigiera; y sin embargo, grandes colectividades en la capital y en la República los siguieron; con incontrastable abnegación, y desde el infausto momento de su muerte, el pueblo permaneció agrupado en torno de sus restos, como pidiendo todavía inspiraciones a su probado patriotismo o esperando órdenes de la autoridad moral que invistiera en toda la República, fundada en el título de sus acrisolados servicios, de la incorruptibilidad de su carácter y del poder atrayente de sus generosos ideales.

Leandro Alem baja a la tumba envuelto en su tradicional austeridad. Rodéanlo, sin embargo, los honores y demostraciones que el país unánimemente le acuerda, y este hecho enseñará a nuestra posteridad que los grandes caracteres se imponen al respeto de los pueblos y que la pobreza de un ciudadano ilustre reviste en ciertas situaciones el esplendor de la grandeza, que la historia se encarga de perpetuar. Saludemos con amor y recogimiento los despojos mortales de este amigo esclarecido y que su memoria se grabe en el espíritu y en los buenos recuerdos de la patria.








Fuente: Bernardo de Irigoyen: "La figura de Alem" (5 de julio de 1896) publicado en el Diario La Prensa.

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